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Habemus papam

José María Herrera
sábado 16 de febrero de 2013, 16:38h
A la mayor parte de la gente le gustaría vivir hasta el final de sus días. Benedicto XVI no va a ser menos y, por eso, sueña con una vida sencilla, consagrada a los libros y la horticultura. La carga que soporta es excesiva para un hombre de su edad. Ser guía espiritual en tiempos sin espíritu debe resultar dificilísimo. A mí no me extraña que haya decidió tirar la toalla (el mismo Dios se lo debe estar pensando) y retirarse. Ha escogido un lugar modesto para hacerlo. Pocas cosas: recuerdos, algunos volúmenes y un retrato de San Policarpo. Al obispo de Esmirna se le recuerda por las palabras que pronunció cuando fue martirizado a los ochenta y cinco años, en el reinado de Antonino Pio: “!Señor, vaya tiempo me has dado para nacer!

La época en la que ser Papa era algo estupendo hace mucho que pasó. Difícilmente se volverá a escuchar aquello que dijo un Medici al subir al solio: “si Dios nos ha dado el papado, disfrutémoslo”. Pese a ello, se cuentan con los dedos de una mano los que han dimitido. Claro que los precedentes eran malos. El último que lo hizo, hace setecientos años, Celestino V, lo pagó caro. Tras cinco meses en el puesto abdicó para hacer vida de eremita. Su sucesor no se lo permitió –cantaba demasiado tanta fe- y acabó encarcelándolo. Diez meses después murió. Los forenses actuales han descubierto analizando sus restos que fue asesinado. Tal vez por eso el hermano del Papa se ha apresurado a declarar que cuando Benedicto se jubile se apartará completamente de la escena.

La renuncia está generando multitud de interpretaciones. Se ha hablado de intrigas palaciegas, de escándalos económicos, de desafección de la Curia. Pocos admiten que el Papa esté cansado. Prefieren compararlo con una fiera herida que abandona la lucha o con un zorro astuto que, antes de morir, ha encontrado la manera de poner en evidencia a sus adversarios. El Vaticano siempre fue fuente de chismorreos y no hay que hacerles demasiado caso. Los periodistas hacen con las noticias lo que los profesores con la literatura: acercarla a los lugares comunes que entiende la gente. La idea de una Iglesia corroída por las intrigas es sumamente infantil, pero este es el requisito para que una idea triunfe y se haga popular, así que no hay que extrañarse de su éxito. Yo mismo me he servido de esa tonalidad levemente amarilla en dos artículos publicados aquí que de pronto se han vuelto muy actuales: “Crónicas venecianas. El sucesor del Papa” (agosto 2011) y “Secretos vaticanos” (junio 2012).

Igual le ha ocurrido a la última película de Nanni Moretti, Habemus papam. Se cuenta en ella la historia de un Papa recién elegido que se siente incapaz de asumir la tarea y huye del Vaticano antes de ser presentado a la cristiandad. Moretti ofrece una visión de la Iglesia muy diferente de la que hemos comentado. Su colegio cardenalicio está formado por un montón de ancianos solteros y barrigudos, preocupados por los achaques y tan contentos con su situación que ni por asomo ambicionan el pontificado. La ocurrencia puede resultar chocante, pero no inverosímil. Si Flaubert estaba en lo cierto y el secreto de la felicidad consiste en ser ya feliz: ¿qué motivos puede tener un cardenal para meterse en follones? La gracia del film radica, sin embargo, en la actitud del protagonista, abrumado por la tarea que le ha caído encima. Irse a la cama todas las noches pensando en que uno es el representante de Dios en la Tierra debe ser espantoso. Moretti, sutilmente, insinúa algo que ha debido molestar a los católicos faltos de humor: el pontífice representa en el mundo un papel y el tipo elegido en la película para encarnarlo carece de talento teatral, es un hombre auténtico y, por tanto, inservible. Teatro y poder, una idea muy romana. Está bien y yo les recomiendo la película. Incluso aquellos que puedan sentirse molestos con el planteamiento tienen la posibilidad de aprender algo. Me refiero al hecho de que una persona sienta que no está a la altura del puesto para el que ha sido designado. Esto es hoy algo tan insólito, especialmente aquí, en España, donde el más molondro se considera apto para dirigir un banco, un ministerio o lo que sea, que sólo por eso vale la pena.
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