www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Elites extractivas

José María Herrera
sábado 23 de febrero de 2013, 18:30h
La fama la tiene Norteamérica, pero no hay duda de que el país de las oportunidades es el nuestro. Por más personas que haya entre España y la pared, buscando un trabajo que no encuentran, también son numerosas las que han logrado aquí desarrollar carreras meteóricas, inconcebibles en otros lugares del mundo. ¿Dónde se ha visto que gente sin competencia de ninguna clase se encarame masivamente a los más altos puestos de responsabilidad? El elenco de los que han saltado de la nada a lo alto del escalafón social, integrándose en eso que ahora se llama “elites extractivas”, resulta asombrosamente largo. Consideren la lista de imputados, presuntos y sospechosos de larga duración que pueblan las portadas de los periódicos: chicos de los recados, jugadores de balonmano, indocumentados con año y medio de medicina o de derecho, bedeles de instituto, gañanes metidos a tesoreros, una legión de discapacitados que, sin embargo, ha monopolizado todos los resortes económicos, políticos y culturales del país. ¿No deberíamos sentirnos orgullosos de pertenecer a una nación capaz de ofrecer semejantes posibilidades de ascenso a sus ciudadanos?

La historia, desde luego, da muchas vueltas. Cuando Ortega y Gasset, en La Rebelión de las masas, puso en circulación el concepto de “minoría selecta”, fue criticado por elitista. La música de aquella idea sonaba horriblemente mal a oídos de los partidarios del igualitarismo y mucho más la letra. Alguien, escribió el filósofo madrileño, forma parte de la minoría selecta, inspiradora de los ideales que impulsan a las sociedades a su perfección, “cuando se exige más que a los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores”. Sin duda la definición excluía a la mayor parte de los españoles y fue postergada políticamente. Desde entonces no se ha vuelto a hablar aquí de minorías selectas. Con la democracia y el progreso, las cosas han cambiado. En estos días el término de moda, además de corrupción, sobre cuya excepcionalidad ha vuelto a insistir el presidente, es el de “elite extractiva”. César Molinas lo ha propuesto a fin de describir el modus operandi de nuestra clase política. Aunque los padres del concepto, Daron Acemoglu y Jim Robinson, pensaban en cualquier “sistema de captura de rentas que permita, sin generar riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio”-, el concepto parece que viene que ni pintado para describir lo que nos está pasando. ¿Y qué es lo que nos está pasando? Pues que al fin tenemos una minoría sin visos aristocráticos, grupos estables de poder formados por individuos que carecen de exigencias superiores, pero que están dispuestos a exigir al resto, en nombre de la democracia y el estado de derecho, lo que jamás se exigirían a sí mismos.

El concepto ha sido acogido con entusiasmo por aquellos que no comprenden la deriva de nuestra democracia. Aunque todavía está pendiente el desarrollo en profundidad de esta nueva categoría sociológica –Molinas lo ha prometido- muchos confían ya en sus posibilidades hermenéuticas. Por el momento, lo único claro es que las elites extractivas tienen una enorme capacidad de extracción. Su imaginación expoliadora es ciertamente formidable. Piensen que aquí, en España, en un plazo brevísimo de tiempo, han conseguido actuar como si el país fuera una colonia ultramarina. En términos zoológicos, estaríamos hablando de un parásito que se ha apoderado a una velocidad increíble de la colmena usurpando a la reina madre su puesto. Aunque nadie sabe cómo ha podido ocurrir esto parece que el rasgo que distingue a las elites extractivas, concebidas en esos términos parasitarios, con otros grupos de poder conformados democráticamente, es su extraordinaria capacidad para enmarañar la estructura del Estado. La estrategia, por lo visto, consiste en instaurar normas operativas muy complejas e inflexibles que impiden cualquier acción eficaz y obligan, para sortearlas, a recurrir a procedimientos que multiplican el poder y los beneficios de los encargados de su gestión. Las elites extractivas, además, no se conforman con devorar los recursos del país. Saben que para perpetuarse en su estado –el llamado “estado del bienestar”-, deben apoderarse también del pensamiento de la gente. No controlar la mente de las masas, por sugestión como Hitler o por terror como Stalin, sino extraerla de cuajo, dejarla vacía. Ya he hablado en otros artículos de las estrategias de lobotomización ligadas, por ejemplo, a la organización pedagógica de la educación o al uso de un lenguaje insignificante (poner en valor, empoderamiento, implementar, gobernanza, estado de derecho, todos y todas) que despoja el discurso de sentido y reduce al absurdo cualquier debate, incluido el de la nación. Son cosas interesantes y habrá que estar atentos al futuro de estos estudios porque la ciencia, también la sociología política, avanza que es una barbaridad.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios