Madrid
Cristobal Villalobos Salas
lunes 25 de febrero de 2013, 20:35h
Madrid, que como ciudad apenas es nada, decía Umbral, ha sido, y es, mucho para la literatura.
Me paseo por el Madrid literario: el barrio de los Austrias, con sus tabernas y rincones centenarios, algunos más andaluces que la propia Andalucía; Huertas, y su siglo de Oro, el Ateneo, con sus señores mayores que dormitan en salones vigilados por retratos de hombres ilustres, el Círculo de Bellas Artes, con su sombra de cheka siniestra, y el gallardoniano palacio de Cibeles, “Nuestra Señora de las Telecomunicaciones”, como le pusiera Trotski, y su Arturo Barea haciendo radio mientras caen las bombas nacionales desde la línea del frente.
Desembarco en la capital un veintitrés de febrero, día en el que se repiten año tras año las mismas imágenes bochornosas y los mismos reportajes de siempre desde hace más de tres décadas. Me paseo por la Carrera de San Jerónimo, mientras dos manifestaciones rodean la zona; por un lado, en Sol, los de Telemadrid cantan sus despidos: a doscientos metros, separados por un número de policías y turístas inmensamente superior al de manifestantes, aparecen varios centenares de señores de la CGT, envueltos en unas banderas republicanas que se ven añejas tan cerca de la rapidez de la Gran Vía.
Tras enseñar “la papela”, el carné de prensa -así me dice Nieto que lo llama Raúl del Pozo-, los antidisturbios de guardia nos dejan cruzar por delante de los leones del Congreso, Daoiz y Velarde, so pretexto de ir al Palace. Hoy el Patronato provinciano de turno no celebra ningún ágape y me imagino al Estado Mayor de la policía temblando mientras se espera la llegada de “la autoridad militar competente”, entre el bramido de los teléfonos y el humo de los cigarros.
Se ven los nervios en las caras de los manifestantes, de la policía, de los políticos... En La Latina nos cruzamos con la bella Paula Prendes, levitando sobre unos enormes tacones que disimulan su esbelta pequeñez; detrás pasa media hinchada del Sporting de Gijón dispuesta a dejar seca la ciudad. Nos vigila el helicóptero de la policía nacional, que es como ese mosquito pesado que no para de zumbarte en la oreja y te impide conciliar el sueño.
El poblachón manchego que pintara Solana resume en sí mucha España, muchas Españas, Umbral otra vez, y es también el caleidoscopio y el termómetro de una nación cargada de complejos, inseguridades y trastornos de personalidad. Una España complicada que no se entiende a sí misma.