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Democracia, sin demócratas

Manuel Ramírez Jiménez
lunes 25 de febrero de 2013, 21:00h
Como se ha evidenciado en no pocas ocasiones, la historia contemporánea de España es historia de vaivenes, de bandazos. Nunca hemos tenido ese consenso básico que nos permitiera avanzar sin más. Sin andar mirando el inmediato pasado y con los ojos en el futuro. Y siempre, a cada paso “revolucionario”, lo primero que hemos hecho es condenar o manipular nuestro ayer político.

Bien parece que andamos ahora en etapa baja. Las cosas no están bien en los terrenos económico, político y social. La sociedad ha entrado en una situación de inquietud, con una crisis cuya solución no se vislumbra con claridad.

Tenía que ser así. Durante todo el largo proceso constituyente es posible afirmar meses de feliz contento, salvo las apariciones de los terribles atentados.

Fuimos capaces de construir la “gran casa” de la democracia, con el final de la elaboración de 1978. Es cierto. Pero faltó lo fundamental: preparar a quienes iban a habitar esa casa. Es decir, a auténticos ciudadanos con mentalidad y comportamiento realmente democráticos. Que sepamos, nadie se lanzó a esta importante empresa. Unos ocuparon el poder y otros se repitieron en lo sabido: “y tú más”, “pues antes era peor”, etc. Y para cada ciudadano la democracia era algo distinto. Sin valores previos o propios.

Hoy lo que contemplamos es una sociedad lacerada por una suerte de “amoralismo general”. No solo de los políticos, sino del conjunto de la sociedad. Presencia de caminos que a casi todo afecta. La famosa “cultura cívica” propia de las democracias más o menos asentadas parece desconocida entre nosotros. Se puede hacer y decir lo que se quiera, sin límites. Entre personas y entre regiones. La vecindad es siempre el objeto principal de la disputa. Y la “moral pública” no aparece por lado alguno.

Si alguien duda de lo expuesto, sirvan estas palabras de Artur Mas sobre el derecho a decidir: “No hay normas, ni leyes, ni Constituciones, ni interpretaciones posibles: es un tema de voluntad de la gente y de derecho, que todo el mundo debería proteger”.

Está claro. Es algo así como vivir en la selva. Pero con tigres de chaqueta y corbata. Ya vendrá el arrepentimiento, aunque para algunos esta falta de moral pública ya debería haberse cortado.

Manuel Ramírez Jiménez

Catedrático de Derecho Político

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