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crónica económica

El mensaje del “indignado” Stephane Hessel

miércoles 27 de febrero de 2013, 20:24h
Su nombre nos habría pasado desapercibido este 27 de febrero de 2013. Algún redactor, quizás, habría reparado en que se había muerto el último de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos redactado para las Naciones Unidas. Si no ha sido así es por un artículo largo, publicado en forma de libro, que ocupa apenas quince páginas, y que se titula “Indignaos”. A pesar del título, es un pasquín sobre política. Lo de hablar de política desde los sentimientos es una innovación que alcanzó su apoteosis bajo el socialismo alemán en los años 30’, del que Hessel fue una víctima.

El pasquín es muy interesante, porque recuerda, a los despistados, todos los tópicos que la izquierda europea ha hecho suyos. Los mercados son una dictadura, a pesar de que están basados en una red, compleja, eso sí, de acuerdos voluntarios. Esa dictadura sólo se puede frenar con más política, es decir, con la decisión sobre qué podemos o no podemos hacer y, sobre todo, que tenemos que hacer obligatoriamente, por parte de los políticos elegidos democráticamente.

La misión de los políticos no es sólo responder a los electores. Sino cumplir un determinado programa. Ese programa pasa por el reconocimiento de los derechos individuales. La libertad de expresión, reunión y demás. Pero también pasa por la provisión (ya no reconocimiento) de “derechos económicos, sociales y culturales”, como decía el propio Hessel. Es decir, pasamos de los derechos “negativos”, es decir, de aquéllos que, según los pensadores liberales, pertenecen a la persona por nacimiento, a los derechos “positivos”. Es decir, una pretensión de recibir un conjunto de bienes y rentas (educación, sanidad, pensiones, bienes culturales).

Es decir, que pasamos del reconocimiento de ciertas dignidades de la persona y la pretensión de que nadie las viole, a la satisfacción de ciertas necesidades. En una sociedad libre, esa satisfacción se realiza por el mercado. La persona que quiere cubrir esas necesidades ofrece algo a cambio. Es lo que Hessel llama dictadura. Pero de lo que él habla es de otra cosa. Que sean otros quienes entreguen bienes o servicios (por medio de los impuestos) para que los titulares de esos derechos positivos reciban lo que los políticos definan como derechos. Así como los derechos de la persona, que surgen del reconocimiento de que uno es dueño de sí mismo, tienen un ámbito limitado, los derechos positivos que defiende Hessel no tienen límite. Puesto que las necesidades humanas, en principio, son ilimitadas.

Eso de que unos (o todos) necesiten un conjunto de bienes pero otros los provean se explica mejor si se parte de un hecho que Hessel veía como axial a su forma de pensar: La diferencia entre ricos y pobres, que cada vez es mayor. Esto es así, necesariamente. Hay un límite mínimo de pobreza, marcado por la muerte por inanición. Mientras que por arriba no hay límite teórico. A medida que una sociedad progresa, habrá más riqueza y, por tanto, ese límite máximo se irá desplazando más y más hacia arriba. El problema político de Hessel es que unos pagan y todos reciben.

Además de cuestiones éticas en las que no vamos a entrar, la cosmovisión de Hessel tiene sus problemas. ¿Quién produce esos bienes que prometen los políticos? Y ¿Por qué? ¿Qué les lleva a producir? ¿Quién los distribuye? ¿Con qué criterio?

El siglo XX ha girado en torno a estas preguntas. Las respuestas las han ofrecido los políticos, pero las ha dispuesto la realidad. Y la realidad, sorda a los mensajes de Hessel, le ha quitado la razón una y otra vez, una y otra vez. La desilusión. El cansancio. Y el aburguesamiento. Fin de las ideologías, lo llamaron.

Hasta que, en el año 2010, Stephane Hessel escribió un artículo. El artículo no hablaba de ideas, porque las que recogía venían ya masticadas y digeridas por el siglo XX, del que él ha sido testigo casi por completo. Hablaba de una actitud. Y como no cabe ya la ilusión, porque no hay nada con lo que ilusionarse, porque no hay nada fuera del capitalismo, Hessel se ha conformado con la indignación. Con un pataleo que deben protagonizar (volvemos a las primeras décadas del siglo XX), los jóvenes. Él, Stephan Hessel, está ya cansado. Pero ya descansa.
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