Va de espías
jueves 28 de febrero de 2013, 20:28h
La novela negra –en sus diferentes versiones, policiacas, de misterio o de espías- ha tenido una eclosión importante en los últimos años, de manera que inspectores, comisarios, jueces de instrucción o brigadas de la Guardia Civil, forman parte de nuestros héroes contemporáneos de ficción.
Los novelistas aseguran vivir de su imaginación, pero visto lo visto han de volver sus ojos hacia la realidad … porque supera con creces la ficción. Al menos en España (bueno, es verdad, Italia tampoco está mal).
Empecemos en serio. Manuel García Pelayo definió el Estado contemporáneo como Estado de partidos, de forma tal que éstos se reparten sin escrúpulos todos los centros de poder público en cualquier nivel y aspiran a extender su dominio sobre los privados.
Estos partidos, avasalladores controladores de todo lo que se mueve, sienten una desmedida pasión, a su vez, por controlarse entre sí. En la hasta ahora tranquila isla catalana (en la que, de pronto, algunos han espabilado para sacar a flote un montón de basura compactada durante años) una empresa que suscitaba la confianza recíproca de los dos partidos mayoritarios conseguía encargos de ambos para espiarse entre sí y a su vez a terceros partidos con aspiraciones. Incluso se dice que algún Director General de la Comunidad conseguía favores metódicos para espiar gratis. El círculo se cierra con el espionaje de los trabajadores de la agencia de detectives (que no cotiza en el tebeo de Pulgarcito) al empresario, que ha perdido la memoria y hasta el oremus.
La gran oreja o la oreja mayor es tema recurrente en la novela de ciencia ficción (Ray Bradbury o George Orwell por todos), hecha realidad antes del tiempo previsto por los pioneros detectores de la evolución de la humanidad. No hace mucho la extraordinaria película de “La vida de los otros” la ha actualizado, pero en una sociedad totalitaria. Nosotros nos proclamamos orgullosamente democráticos, pero aplicamos técnicas idénticas. Incluso está extendido entre los españoles el temor (justificado) a que sus conversaciones sean escuchadas por la oreja mayor Sitel, poderosísimo aparato que algunos sostienen es activado hasta sin autorización judicial. Bueno, además del teléfono móvil, también se duda de las flores y de los saleros art deco de los restaurantes. Se ha instalado, en la sociedad democrática, una enorme desconfianza y nadie se ha encargado de hacer algo por recuperar la fe en que las garantías, frente a la desviación del poder y la arbitrariedad, sean, de verdad, incondicionales escudos protectores del individuo y de su intimidad, mande quien mande.
Los dedicados a conocer ilegalmente lo ajeno –que es una forma de robo con fuerza en las personas que no en las cosas- beben, seguro, de una buena fuente, la del más maquiavélico y egoísta personaje político de la historia contemporánea. Un personaje que pasó de activo protagonista de la Revolución francesa en el grupo de la montaña a Ministro de Policía en el Directorio y luego con Napoleón, el ínclito Fouché.
Nada mejor que la cita de su biógrafo Stefan Zweig quien narra cómo, a los pocos meses de que este ser amoral alcanzara el Ministerio de Policía, “sus benefactores observan sobresaltados, sorprendidos y ya indefensos, que no sólo vigila hacia abajo, sino también hacia arriba; que controla a los otros ministros, al Directorio, a los generales, la política entera. Su red se extiende a todos los cargos e incumbencias, en sus manos desembocan todas las noticias”. Su complicada máquina de control universal, sostenida por una red de espías-agentes-confidentes, le permite amasar mil informaciones y es que “la información lo es todo; en la guerra como en la paz, en la política como en las finanzas”. Nuestra oreja ministerial “a veces promueve las conspiraciones, a veces las frena, a veces las crea artificialmente, a veces las descubre con estrépito; siempre juega un doble, triple, cuádruple juego, y engañar y confundir por todos los lados, en todos las mesas, se convierte en su pasión. Nadie ve con tanta exactitud, gracias a una vigilancia de mil cabezas y mil oídos, todos los pliegues de los acontecimientos, nadie sabe más de las debilidades y puntos fuertes de los partidos y las personas que este observador frío y calculador sentado en su aparato de registro”.
Hemos sustituido el personaje por el comando … de aprendices de Fouché. ¡Qué Dios nos guarde!
|
Catedrático y Abogado
ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial
|
|