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Se va, se ha ido, un Hombre Bueno

Alfonso Cuenca Miranda
jueves 28 de febrero de 2013, 20:38h
Hombre, algo que algunos habían –habíamos- olvidado pues Benedicto XVI, como cualquier Papa, no es sino y, sobre todo, un hombre, de ahí su grandeza. Y como hombre, con su sufrimiento físico y espiritual, hemos de entender su renuncia. Su decisión ha sido la más humana posible y, al mismo tiempo, la más elevada, revestida de sacralidad, y así han de entenderlo la mayoría de los cristianos. La decisión no ha sido fácil, es más, ha sido terrible. Las horas de deliberación, de angustia, de temores, de vacilaciones y, finalmente, de resolución, constituyen el particular Getsemaní de Karl, un hombre, no lo olvidemos. La excepcionalidad de la renuncia a ser el Vicario de Dios en la Tierra da fe de la dureza del momento vivido por un hijo de Adán.

Bueno, pues la bondad ha iluminado siempre sus actos, algo indiscutible incluso para aquellos que no han estado de acuerdo con cada uno de ellos. La grandeza de su decisión –sobrecogedora para la mayoría de nosotros- es tal que ha dejado sin argumentos a sus otrora detractores. Un Papa honesto, sobre todo intelectualmente, lo cual es aún más admirable considerando su estatura en ese aspecto, ciertamente imponente, como atestigua su amplia obra. Benedicto representa, sin duda, lo mejor de la tradición católica, lo que ha hecho de la Iglesia una de las principales constructoras de la Humanidad –pese a quien le pese-, entroncando directamente con el vigor y la energía de los primeros Padres de la Iglesia.

Las especulaciones de todo tipo difundidas por unos medios de comunicación prestos a trivializar o banalizar cualquier gesto estridente en la atonía imperante no deben distraernos de lo importante: la conducta ejemplar –de las que estamos tan ayunos en la actualidad- de un gran hombre que, probablemente, ha entrado ya en vida en la Eternidad.

Y, sin embargo, Benedicto no se ha ido. Cual Cincinato apostólico seguirá todavía entre nosotros, aunque sólo será noticia –hagámonos a la idea- el día de su muerte. En un mundo en el que sólo se desea mirar a los ganadores, a los que quieren y saben conservar el poder, la fama, el dinero…, su pequeña grandeza no pasará inadvertida y su semilla será germen futuro de inmensas praderas de sal.
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