¡Hugo Chávez, Morituri!
Simon Royo Hernandez
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siroyorocketmailcom/6/6/17
viernes 01 de marzo de 2013, 20:02h
El culto a la personalidad que ha rodeado a Hugo Chávez es de tal magnitud que sin su figura la llamada revolución bolivariana va a correr el riesgo de desaparecer. Ya nadie le llamaba golpista, pese a su intentona, por haber pasado demasiadas veces por las urnas como para que le quedase bien el epíteto. Pero eso sí, le han llamado y le siguen llamando populista (como si los demás no lo fuesen) un calificativo indicativo de quien, con su figura y carisma, fuese capaz de arrastrar multitudes tras de sí y forjarse masivas adhesiones inquebrantables.
Fue en 1921 cuando se publicó el escrito de Sigmund Freud titulado: Psicología de las masas y análisis del yo. En ese premonitorio libro el fundador del psicoanálisis se ocupaba de aquello que podía constituir una masa psicológica que fuese cada vez más sojuzgada y subyugada por un líder. Para Freud la oposición entre psicología individual y psicología colectiva o social no es muy profunda, ya que en la vida anímica individual está siempre integrado el otro, estando por tanto la primera inmersa dentro de la segunda. Las relaciones que entabla el individuo con su entorno y sus semejantes son ya fenómenos sociales.
Freud suscribe las tesis de Gustave Le Bon acerca del alma colectiva. Según éstas, la multitud humana adquiere el carácter de masa psicológica y modifica psíquicamente al individuo, siendo la psicología colectiva a quien corresponde estudiar las modificaciones impresas a las reacciones individuales. El individuo inmerso en la masa pierde su personalidad individual y adquiere una grupal que integra a la heterogeneidad de los miembros, un alma colectiva, en palabras de Le Bon, donde predomina el inconsciente social, “la superestructura psíquica, tan diversamente desarrollada en cada individuo, queda destruida, apareciendo desnuda la uniforme base inconsciente común a todos”, dirá Freud.
Esto se producía, siempre según Freud, en tres fases o momentos fundamentales: la identificación, el enamoramiento y la hipnosis. De ahí que podamos, sin temor a equivocarnos demasiado, decir, que Hugo Chávez logró hacerse acreedor de esos tres momentos y mantenerlos vivos en su ya largo mandato sobre Venezuela; pero, repito, eso es algo que todos los políticos darían un brazo por lograr.
Si el desenlace de las enfermedades de Chávez resultase fatal habrá que preguntarse si acaso el vicepresidente de Venezuela, mucho menos carismático para la región, podrá hacerse cargo de llevar las riendas del país y si la revolución bolivariana podrá continuar sin él. Porque eso es lo malo de ser líder de las masas, que se acaba resultando una pieza tan insustituible dentro de las maquinarias puestas en marcha que no se sabe si esas maquinarias continuarán funcionando en ausencia del motor simbólico de las mismas.
El culto a la personalidad es una lacra de la política en general y de la venezolana en particular. No es necesario ser anti-chavista o anti-bolivariano para llegar a reconocer este punto. Incluso hay líderes tan carismáticos que han seguido dirigiendo países incluso después de muertos, dada la estela que dejaron. Venezuela parece estarse preparando para un fatal desenlace y los venezolanos, dudando de si acaso no tengan que irse preparando, por si tuviesen que exclamar: ¡Hugo Chávez, morituri!
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Profesor en la UNED y Doctor en Filosofía
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