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DESDE OTRA ORILLA

Novelas Ejemplares: Los "Oscars" y su circunstancia

sábado 02 de marzo de 2013, 11:03h
Tengo por costumbre casi inmemorial la de tragarme la retransmisión de los “Oscars”, hasta este año formalmente conocidos por los Premios de la Academia, en su integridad, desde que empieza el desfile por la alfombra roja hasta que se conoce el nombre de la mejor película. En total, más de cuatro horas. Incluso en su longitud me parece una espectáculo fascinante por lo que deja ver y por lo, que de manera involuntaria, no deja ver sobre Hollywood y sus adherencias. Y es que, para comenzar con el desfile, y aunque parezca mentira, actores, actrices, directores y demás miembros del gremio son en ese momento más ellos que en ningún otro de sus carreras. No llevan guión preparado, lo que les sale de la boca, por muy ensayado que lo tengan, es pura espontaneidad y los que esperan algún galardón apenas pueden ocultar su impaciencia o su ansiedad. Luego, claro, está la feria de las vanidades, que cada cual lleva como puede, y que se traduce en miradas aburridas -aquí estoy porque no he tenido más remedio- o en la mecánica repetición del nombre del modisto de turno: un Carolina Herrera por aquí, un Oscar de la Renta por acá, Prada, Armani, Christian Dior y tantos otros. Unos y unas resultan mas favorecidos/as que otros/as pero es evidente que todos han puesto de su lado lo mejor para cumplir a la perfección con las reglas de la etiqueta y, hasta donde saben y pueden, del buen gusto. La Academia es la Academia y allí no se va de cualquier manera. Sin corbata, qué menos, y a lo “grunge” por ejemplo. Todavía hay clases.

Claro que en la exhibición concurren especímenes esplendorosos. Confieso que en la sesión de este año me ha quitado el sueño Charlize Teron, la actriz sudafricana, majestuosa cual estatua en su deslumbrante vestido blanco y en su atrevido corte de pelo a lo “garcon”. No le iba o venía nada en la fiesta salvo una breve y evocadora versión de baile de un clásico de los años treinta, en donde supo moverse en el escenario cual si de nueva Cyd Charisse se tratara. Pero por allí también andaban Catherine Zeta Jones, y Ane Hathaway, y Jennifer Lawrence, y Meryl Streep, y Helen Hunt, y tantas otras de buen ver y buen hacer, a las que nunca está de más echar un vistazo fuera del cuadrilátero de la pantalla y ver si tienen compañía o van acompañadas de su mamá, o solas, que también se lleva mucho, en una masa en la que el número de estrellas acaba por igualarlas y en algún sentido convertirlas por un momento en indefensas víctimas del asalto popular y mediático.

Me entretuvo mucho “Argo”, la película de Ben Afleck, pero me parece que en el año de “Lincoln” o de “Zero Dark Thirty” cualquiera de las dos hubiera sido mejor merecedora del premio máximo que la historia de los rehenes refugiados en la embajada canadiense en Teherán. Dicen que los de la Academia se la tienen jurada, más por envidia que por otra cosa, a Steven Spielberg. Dicen también que la historia de la muerte de Bin Laden, tal como se narra en la película de Kathryn Bigelow, se ha visto afectada por la queja de los senadores americanos que elevaron el grito al cielo para denunciar que en la cinta se dé por supuesto que la práctica del “water boarding” —una forma extrema de interrogatorio que muchos equiparan a la tortura- había arrojado informaciones valiosas en la búsqueda del jefe de Al Qaida. Dicen también que la capacidad de agitación de George Clooney, productor de la película de Afleck, ha inclinado decididamente la balanza a favor de su obra. Quién sabe. Al final el voto es secreto y sus motivaciones ignotas. Pero es una pena que ninguna de esas dos poderosas creaciones haya conseguido obtener uno de los premios mayores.

Porque si el de la mejor película recayó sobre “Argo” el del mejor director fue a parar a las manos del versátil director americano-taiwanés Ang Lee, por la “Vida de PI”, donde brillan con luz propia los efectos especiales pero que no pasa de ser un blando dechado de buenas intenciones. Los” Oscars” de 2013 quedarán como los del año en que el suspense del “trhiller” se impuso a la grandeza de la épica. Para eso a lo mejor hubiera sido preferible premiar a” Skyfall”, la última entrega de James Bond, dirigida por Sam Mendes, un prodigio narrativo. Pero ya sabemos que al agente 007 como mucho le toca el “Oscar” a la mejor canción. Que naturalmente se lo llevó Adele.

Entre premio y premio, como todo el mundo sabe, un presentador que suele hacer gala de saberes varios ameniza la velada con una más o menos imaginativa puesta en escena de monólogos, chistes, números de baile y ocurrencias del estilo. Esta la vez la nada fácil tarea recayó en Seth Mac Farlane, un conocido cómico dado a la broma acerada y subida de tono. Como también suele ocurrir, su actuación ha dividido al personal entre partidarios y detractores pero en mi particular recuento no fue ni mucho menos de lo peor contemplado. Mantuvo el ritmo, no le faltó el ingenio, bordeó el límite de la sal gorda —esa canción dedicada a los “boobs” femeninos dejó a muchos/as sin aliento- pero sobre todo hizo lo que el canon manda: reírse del mundo allí reunido. No hizo prédicas políticas ni filosóficas, no criticó al gobierno, no levantó la bandera de los oprimidos ni ensalzó la sabiduría de los ricos. Y tan respetuosos fueron los “Oscars” con el poder constituido que fue la misma Michelle Obama, en una aparición sorpresa, la que desveló el nombre de la película premiada. Ben Afleck, eso sí, aceptó el galardón con un viva a Canadá conspicuamente ausente, o casi, en la película. Y Daniel Day Lewis, el inevitable “Oscar” a la mejor interpretación masculina por su encarnación del presidente americano en “Lincoln”, demostró que sabe decir cosas con sentido sin papeles. Tampoco los demás los utilizaron: la Academia ya los tiene prohibidos. Pero no se anduvieron por las ramas aunque la inspiración les faltara y todo se quedó en agradecimientos a mamá y besos a los niños. Como debe ser. Para eso estamos en Hollywood. ¡Ah! Y Charlize Teron. Una señora de bandera
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