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Van Dyck, un joven, pero ya refinado y elegante artista

Pedro González-Trevijano
sábado 02 de marzo de 2013, 18:42h
No se duerman y aprovechen este fin de semana, el último, en el que podrán disfrutar de la Exposición que acoge el Museo del Prado, con el título “El joven Van Dyck”, del que nuestra pinacoteca cuenta, ¡cómo no también en este caso!, de una variada y excelente colección de obras del artista nacido en Amberes el mismo año que lo hacía Velázquez en Sevilla. Unas piezas que van de los años de 1615 a 1621, fecha en que el precoz pintor, una cualidad destacada en su día por los estudios de Ernst Kris y Otto Kurz, decide viajar a Italia, donde permanecerá durante siete fructíferos años. Pero antes, nuestro aventajado artista había pintado ya más de 160 cuadros, ¡sí, leen bien!, algunos de gran tamaño y formato. La primera impresión del espectador es, por tanto, el hallarnos ante un genio prematuro, para fijarnos, quizás acto seguido, en algunas cualidades ya vislumbrables en aquellos más que tanteos juveniles, y que definirán su pintura posterior y más conocida por el gran público: su polifacetismo, el refinamiento y la elegancia.

Un artista que toca bien, toca mucho, toca las más distintas partituras (religiosa, narrativa, de historia, de gabinete, retratos mundanos) y toca los más distintos instrumentos de su profesión (la pintura, el dibujo, el grabado, de los que tuvimos oportunidad de ver aquí en Madrid también la Exposición celebrada en la Fundación Carlos de Amberes en 2004). Unas cualidades que se explicitan como pocas en el cromático y vitalista lienzo, aunque de una época más tardía, Autorretrato con girasol (1632), y por lo tanto no recogido en la Exposición, y hoy en manos de un coleccionista particular inglés. Pero no importa: tienen la oportunidad de disfrutar de 50 pinturas y 42 dibujos que dan testimonio más que suficiente de sus juveniles años.

Los cuadros de Anton Van Dyck, aún muy joven, como atestiguan las obras en el Museo del Prado, apuntan ya elegancia y refinamiento, por más que en algunas se puedan todavía vislumbrar las lagunas, las imperfecciones y los arrepentimientos de un artista que en muchas de ellas no cuenta con veinte años. Si la pintura de Rubens es exuberante, y la de Velázquez sobria, la de Van Dyck es, sin duda, elegante. No me sorprendió pues en su día el comentario de una conocido galerista madrileño, cuando al hablar de retratistas célebres en la historia del arte, apostilló concienzudamente: si eres hombre, nadie mejor, dejando al margen a Velázquez o Goya, para pasar a la posteridad, que Van Dyck.

Unos años de formación, de tanteo y de experimentación, donde su vida y su obra no se pueden entender sin la omnipresente presencia de Rubens. Primero, su maestro, después su mentor, y a la postre, su amigo. De la amistad y empatía del genio nacido en Siegen hacia su discípulo dan prueba, a lo largo de cinco años (1617-1621), la cesión de motivos y figuras en sus lienzos, la reproducción de muchas de sus composiciones y su participación, no siempre fácil de distinguir, en el hacer de ambos artistas. En muy poco tiempo, Van Dyck se convierte, por derecho propio, en el más aventajado y querido de los discípulos de Rubens. Prueba de su allegada amistad será el retrato que realizaría de la mujer de Rubens, Isabella Brant. Con su maestro comparte el gusto por las grandes composiciones, la exuberancia de las formas, la expresividad de las figuras, la alta gama de colores, pero hay ya en el trabajo del jovencísimo Van Dyck algunas singularidades. La sombra del genio de Siegen es muy tupida, pero no impide las aportaciones más propias: su paleta es menos idealizada que la del maestro, su preferencia por las formas, en muchas ocasiones, no precisamente equilibaradas, sino sinuosas, y una paleta mucho más empastada. Aunque ya hay mucho en su bagaje de jovencísimo pintor, de Leonardo, Rafael y Ticiano. Del muy temprano año de 1615, fecha de inicio de la presente Exposición, se recoge un interesante Autorretrato, pintado con sólo quince años. Tres años más tarde, en 1618, Van Dyck ingresa en el gremio de pintores de su natal Amberes. De esa época es la obra, entre otras, de Cristo con la cruz a cuestas, encargo para la Iglesia de los Dominicos de Amberes.

Hay en el estilo de esos primigenios años del precocísimo artista, los más variados perfiles, no siempre conducidos, como no puede ser de otra forma en un periodo de formación y con la todo poderosa presencia de Rubens, por la lógica y el ordenado devenir: de un lado, no puede renunciar a su condición de pintor flamenco, y, en consecuencia, su gusto por el trabajo meticuloso, por los detalles, por su atención hasta por lo más nimio; pero, al tiempo, hay mucho de la manera veneciana de pintar en sus trazos, y por tanto, inconclusa y difuminada. Por otra parte, llama la atención su predilección por su reiterado buen gusto en muchas de sus figuras; pero, también es cierto, muchas otras irradian abiertamente aspereza, tosquedad, rudeza y hasta falta de competencia técnica en su ejecución. Pero, les reitero, estamos hablando de un pintor que no alcanza los veinte años en la mayoría de los lienzos.

De esos años destacan asimismo en la Exposición el San Sebastián atado para el martirio, La coronación de espinas, El Prendimiento, La caza del jabalí, en colaboración con Synders, experto en representaciones de animales y de caza, Retrato de una familia, san Judas Tadeo o Sileno ebrio. Aunque no menos interesantes son algunos de sus formidables dibujos, muchos de ellos tomados del natural, y a pluma. Entre ellos merece mención a parte los Estudios de un jinete y tres cabezas de caballo.

Pedro González-Trevijano

Catedrático de Derecho Constitucional

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