www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Sexing

José María Herrera
sábado 02 de marzo de 2013, 18:44h
En esta columna hemos hablado del dogging, del tupper sex, del porno para mamás, de los entrenadores sexuales, del intercambio de parejas, no del sexing. La razón de mi demora es lingüística: todavía no existe unanimidad respecto del vocablo que debe designar esta nueva práctica sexual, desconocida para el gran público, aunque de moda en el mundo de la farándula. ¿Recuerdan a la concejala Hormigos? Esta señora se grabó a sí misma en una escena subida de tono. Su propósito era enternecer a alguien. La cosa salió mal y las imágenes acabaron en la red. ¿Sexing? No exactamente. El fin de aquella tórrida grabación era privado. Una fatalidad quiso que todos tuviéramos acceso a ella. Para que hubiera habido sexing la protagonista debería haber estado interesada (presuntamente, por supuesto) en que las imágenes se divulgaran. Esto es obligatorio: han de ser escenas escabrosas, pornográficas incluso, protagonizadas por particulares que no se dedican al negocio del sexo y que, cuando se enteran de que fueron grabados, ponen la misma cara de estupefacción de una viuda que acaba de enterarse de que está embarazada. “Ignoraba que hubiera otra persona más en la cama”, se suele decir en estos casos sin demasiada convicción. De todas formas, no basta con lo anterior para hablar de sexing. El otro requisito indispensable es que al menos una de las personas pilladas con las manos en la masa goce de cierta popularidad, cualquiera que sea el motivo. No digo que el juego no llegue en el futuro a todos los usuarios de facebook, pero de momento está reservado a personajes de la farándula (modelos, deportistas, actores, políticos), y en particular a famosos de capa caída, a los que un pequeño escándalo viene muy bien a fin de relanzar sus carreras.

Mantenerse en la cresta de la ola es difícil y algunos son capaces de recurrir a cualquier cosa con tal de conseguirlo. El asunto del sexo no es sólo de lo más socorridos, sino también de los más económicos. Tan fácil como grabar un video casero y colgarlo en la red. Hace un par de años todavía bastaba con recurrir a gente de la familia, novios y esposos principalmente. Hoy ya hay que echar mano a los extras para llamar la atención. Claro que tampoco esto es un problema: aunque los recortes no han llegado ni pueden llegar al mundo de la pornografía (no me obliguen a explicar por qué), siempre es fácil encontrar algún aficionado dispuesto a trabajar voluntariamente. En Sudamérica, donde nos llevan mucha ventaja, los fotógrafos han conseguido sorprender a los famosos en situaciones que hubieran sonrojado al autor del Kama Sutra. Eso sí, todos siempre peinados y depilados, vistiendo lencería de escaparate y muy concentrados en sus labores de dación, recepción o succión.

A mí, ya se lo pueden imaginar ustedes, el asunto me importa un ardite. Si algo me inquieta es la velocidad con que se está borrando la línea divisoria entre lo público y lo privado. Y no lo digo por los famosos, gremio que carece de credibilidad, sino por los jóvenes, que ni siquiera constituyen un gremio. La generación que ha crecido viendo reality shows y chateando a través de los teléfonos móviles tiene dificultades para comprender el concepto de pudor. Acostumbrados a que cada cosa que pasa por sus cabezas salte inmediatamente a la red, un ámbito donde reina una indiferencia general que suscita la impresión de anonimato, muchos publican cuanto les sucede sin pensar en la posibilidad de que en un futuro tengan que pagar por ello. No me refiero a las pasiones infortunadas por las que se nos castigará en el infierno, sino a cualquier cosa, por tonta e insignificante que parezca. Una grabación colgada en Internet es como el recuerdo de un episodio traumático: borrarlo es dificilísimo. Verdad que este argumento convence poco cuando el destinatario es un joven con toda la vida por delante. Nadie preocupado con su índice de popularidad ve problemas en que su vida privada se convierta en dominio público. Al contrario, el problema es pasar desapercibido, algo que se parece mucho a la muerte. Pero: ¿podremos soportar en el futuro nuestro propio pasado?

La memoria es tan importante como el olvido. No acordarse de nada es tan terrible como recordarlo todo. La gente normal no está ni en un caso ni en el otro. Como decía Edna O´Brien, “los ciudadanos estables no padecen de una memoria persistente”. La técnica, sin embargo, puede cambiar esto radicalmente. No se trata sólo de que alguien que pasa por nuestra vida pueda llevarse como recuerdo unas imágenes que luego quizá divulgue afrentosamente, es que todo lo que hacemos va quedando archivado y en cualquier momento podemos encontrarnos de bruces con un pasado que no reconocemos. Los hurgadores de cubos de basura tienen un porvenir muy grande, y también la gente capacitada para manipular la información. La recomendación que hacía Quintiliano a los mentirosos (mendacem memorem esse oportet) se extiende hoy a la totalidad de las personas. Olvidarse de que el presente se va a convertir pronto en pasado en un mundo que no olvida nada es arriesgarse a sufrir mucho. Alguien dijo una vez que el pasado te persigue como un loro que únicamente supiera decir una palabra. Ahora que habíamos conseguido librarnos del superego y la mala conciencia, aparece la técnica y nos llena otra vez de culpa.

Una empresa norteamericana, Raytheon, ha desarrollado un sistema de rastreo a partir de datos colgados en la red que permite predecir los movimientos de los individuos con un grado de precisión asombroso. El sofware encargado de ello, de nombre Riot, pretende servir a la consolidación del sistema de seguridad de los Estados Unidos. No en vano, Raytheon es uno de los grandes holdings armamentísticos del mundo. Las pruebas que se han hecho demuestran que el programa funciona. Pronto habrá máquinas que sepan de nosotros mucho más que nosotros mismos y alguien inventará un simulador del juicio final, el juicio final virtual, una especie de psicostasis cibernética: en un platillo de la balanza nuestro corazón, definido idealmente por algún comité de expertos, en el otro, los hechos de nuestra vida, fielmente recogidos y archivados rastreando las redes.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios