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Stephane Hessel: el hombre que se “cargó” el 15-M

sábado 02 de marzo de 2013, 18:46h
La muerte de Stephane Hessel ha venido acompañada de los habituales tópicos que ya le acompañaron en vida: su lucha, su compromiso, su vida ejemplar… y su influencia sobre los movimientos sociales que tomaron calles de Europa en 2011, en concreto, por hablar de España, el 15-M.

Yo a Hessel le he acabado cogiendo una manía enorme y no voy a cambiar de postura simplemente porque haya muerto. Creo que la vinculación de Hessel al 15-M, la propia simplificación de las protestas bajo el nombre de “los indignados” para asociar a los manifestantes al libro fue casi obscena y un ejemplo más de miopía intelectual de la prensa de este país. Miopía, todo hay que decirlo, que fue muy bien acogida por muchos de los jóvenes de Sol, Plaza de Catalunya y otros lugares de España que se lanzaron a decir “sí, somos los indignados” supongo que por la necesidad de pertenecer a algo, de tener un punto de unión con los demás y ganarse un buen titular.

Algo muy adolescente.

Yo estuve en Sol desde el 17 de mayo. No como acampado pero sí como invitado habitual. No recuerdo que nadie hablara entonces de Hessel ni de su libro. De hecho, yo acababa de leer el “Indignaos” por curiosidad la semana anterior y me había parecido de una mediocridad alarmante. Era complicado hacer un libro tan corto y tan malo, tan lleno de tópicos. Cuando las protestas del 15-M se asentaron bajo lo que yo sigo considerando dos parámetros clave al menos en la primera semana: 1) La cuestión generacional, y 2) La conciencia de determinada clase media de que iba a dejar de serlo inmediatamente, jamás vi relación alguna con el libro de Hessel y di gracias a Dios.

Otra cosa fueron los periódicos. Es complicado ser periodista y explicar algo que no está en tu rutina de lugares comunes porque al fin y al cabo la vida en España y especialmente la sociopolítica es terriblemente previsible y aburrida, incluso dentro del caos. Comoquiera que en Francia, la combinación de antiamericanismo y antisionismo rancio sí había prendido mecha con varios grupos de autodenominados “indignados”, la prensa española decidió hacer lo mismo y reducir a todos los manifestantes a un adjetivo.

¿Qué demonios quería decir “indignado”? Sí, obviamente, los que estábamos en Sol estábamos de alguna manera enfadados con “el sistema”, sea eso lo que sea, pero aquella primera semana al menos las concentraciones eran un punto de unión, de sentido común y casi de celebración frente a la mediocridad que imponía la enésima campaña electoral rodeada de insultos, simplezas y mentiras. Aquello no consistía en quemar contenedores y lanzar cócteles molotov. Aquello no era Batasuna, como se intentó convencer desde numerosos medios de comunicación a sus lectores para que no simpatizaran con algo que podía llegar a ser peligroso para los intereses electorales concretos de partidos concretos.

La etiqueta sirvió para que cualquier loco de cualquier país hiciera una barbaridad diciendo que estaba indignado y el estigma cayera sobre Sol como si nada. Sirvió para que Hessel viviera su minuto de gloria, acompañado por los IgnacioEscolar y Alberto Garzón de turno, y todos los intelectuales cínicos del país despacharan las protestas apelando precisamente a la vacuidad del libro que las inspiraba… ¡cuando no las inspiraba en absoluto! El 15-M no tenía nada que ver con Hessel. No recuerdo a nadie que hubiera leído ese libro ni recuerdo una sola conversación al respecto. Éramos precisamente una generación que estaba harta de recibir órdenes, harta de obedecer hasta los 40 años y con necesidad de hacer una terapia de grupo televisada por medio mundo. Eso éramos. ¡Cómo se puede pensar que un grupo así tenía como libro de cabecera un panfleto que titulaba en forma de imperativo!

Los analistas se quedaron más tranquilos reduciendo el 15-M a Hessel porque Hessel era muy reconocible. Muchos de los manifestantes, como ya he dicho, se condenaron al aceptar la etiqueta y llevarla con orgullo, aun sin saber de qué iba; otros, desgraciadamente, se liaron a quemar contenedores y zarandear políticos. La mayoría nos fuimos a casa o nos echaron a porrazos. Para los cínicos intelectuales y guardianes del orden que mencionaba antes seguíamos siendo unos inmaduros, estúpidos, que no teníamos ni idea de lo que iba el mundo y además con el codo roto. Los Felip Puig de turno sonrieron orgullosos y el paro juvenil siguió subiendo, subiendo, subiendo… sin que nadie tenga ya ganas de siquiera levantar la voz al respecto.

Guillermo Ortiz

Escritor, analista y profesor

GUILLERMO ORTIZ es licenciado en filosofía. Ha colaborado con revistas digitales como El Semanal Digital, Factual o JotDown Magazine así como en medios culturales como Neo2 o Cuadernos Hispanoamericanos.

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