Italia, sin Gobierno
Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 03 de marzo de 2013, 18:35h
Las urnas italianas no han aclarado el futuro del país, aunque no se puede decir que no haya vencedores ni vencidos. Está claro que el Partido Democrático no ha ganado las elecciones, que Berlusconi no las ha perdido y, sobre todo, que sin Beppe Grillo y el Movimento 5 Stelle no se gobierna. Y no es cierto –como afirman muchos medios transalpinos- que los italianos hayan votado a favor del “caos”, de la frivolidad o de dos bufones. Estas son posturas miopes, que ponen de manifiesto el desconocimiento de Italia. Las elecciones han confirmado que una parte considerable de italianos está harta de la Casta política y de los partidos tradicionales, mientras otra gran FETTA ha votado a favor del inmovilismo y del populismo barato, en defensa de los peores elementos del viejo sistema. Un voto anti político (aunque el mensaje berlusconiano es más antipolítico que el de Grillo) contra el descredito, o a favor del inmovilismo: ni Berlusconi está derrotado definitivamente, ni Bersani ha obtenido la victoria que los sondeos pronosticaban, ni Mario Monti alcanza la fuerza y el poder que se suponía. En lo que concierne a la centro-izquierda, es evidente que Bersani no resulta atractivo entre los electores de izquierdas, lo que probablemente anticiparía la toma de riendas por Matteo Renzi y su discurso de renovación progresista. Y, en el caso de la derecha, sus electores prefieren quedarse con el cavaliere y sus promesas, en lugar de hacerlo con Monti y su pragmatismo.
Ahora se habla de urnas llenas de rabia, de ira de los italianos: puede que sí, pero no se ha tratado sólo de un voto grito de protesta, sino de la expresión del deseo de cambio, certificando la distancia existente entre el país real y el país imaginado por los políticos italianos. Mientras la gente mostraba su hartazgo y malestar (bastaba con ver la Piazza San Giovanni en Roma en el último día de campaña, repleta de gente), los políticos italianos defendían sus escaños, sin haber comprendido cuánto era necesario recortar el sistema y cambiarlo. Cambiar la política italiana sin tener que esperar que hacerlo ahora, obligados por la “rebelión” de millones de italianos. Puede que Beppe Grillo como cómico haga más gracia que Berlusconi y como político parece dar más miedo, pero no es un extraño demagogo, sino un hombre capaz captar las evidentes señales de descontento, encarnando el deseo de cambio. Lleva años criticando a la clase política italiana y, a diferencia de Berlusconi, no niega la crisis italiana, sino que escucha a los italianos. Grillo ha sabido no sólo interpretar este ansia de cambio, sino también prometer la participación popular. Pese a que las señales de alarma sonaban desde hace meses, incluso años, los partidos tradicionales las han entendido tarde, siempre de espaldas a los italianos y sin escuchar la calle. Por eso, los italianos se han sentido traicionados y ofendidos por una clase dirigente egoísta y miope, involucrada en numerosos escándalos e interesada en perdurar en el poder: han priorizado su propia supervivencia, ignorando los problemas ciudadanos. No han entendido que en Italia hay una parte –cada vez más numerosa- de gente que no puede más, dispuesta a apoyar a un “bufón shakesperiano”, que, aunque no promete nada de constructivo, quiere hacer “limpia” de la Casta. A esto tenemos que añadir la baja participación en las elecciones, con un alto número de votos nulos o en blanco (más de 2 millones).
Para muchos italianos, se ha tratado de un voto a favor del cambio, contra las disfunciones e ineficiencias del sistema; contra los escándalos, la corrupción y el “mal gobierno”: lo que antes parecía insostenible, ahora resulta insoportable. Y tras el voto, los italianos no consideramos imposible crear un Gobierno, sino inútil. Resulta espinoso augurar el futuro: el PD intentará pactar con Grillo pero será difícil que lo consiga (sobre todo porque esto supondría una vuelta a la lógica de siempre), aunque sería deseable que el Movimiento de Grillo asumiera ya una postura responsable. También se debe descartar una alianza PD-Berlusconi (supondría el fin de la izquierda italiana tras 20 años demonizando al cavaliere y el triunfo de Grillo) o la convocatoria de nuevas elecciones tipo Grecia (estamos en el semestre blanco del Presidente de la República…). Izquierdas, derechas y nuevos partidos deben cambiar el sistema, comprendiendo que está en juego la gobernabilidad del país y el futuro de Europa. Parece muy difícil augurar la próxima historia de Italia: hay que proponer cambios con responsabilidad y coraje, sin miopías o prejuicios, ni demagogia o mesianismos. Grillo ha aglutinado este hartazgo, la indignación general, pero Italia no puede seguir pendiente de los labios de un jefe político, que un día promete una cosa y el otro insulta. Un líder que parece decidir todo –más centralismo democrático que nueva democracia de base- y que, entre otras cosas, no ha sido votado expresamente por nadie. Los partidos tradicionales no pueden cortejar a quien denigraban y les denigra, sino que deben obligarles a confrontarse con la realidad y asumir sus responsabilidades. No basta con segundar el punto ácrata de los italianos o querer destruir el sistema, sino que se trata de reformarlo, apelando a la responsabilidad de todas las fuerzas políticas. No se debe convertir este drama en farsa o considerar que la ingobernabilidad sea el mejor escenario, hacen falta propuestas, ideas y valor. Sólo así Italia podrá salir de esta y alejarse del nefasto berlusconismo...
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Politólogo
Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset
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