Corinna, Ingrid, “la otra”
miércoles 06 de marzo de 2013, 20:27h
Hay mañanas en las que uno se levanta peleón, no se sabe si por falta de sueño o porque tuvo un dormir tan agitado que durante el proceso algún cable acabó por cruzársele. Es consciente, entonces, de que lo más sensato sería asegurarse de no llevar en los bolsillos objetos punzantes – por fortuna, aquí no puede comprar cualquiera un rifle en la tienda de la esquina – y de mantener la boca cerrada, aunque, al final, por h o por b, le puedan los tambores que llaman a la batalla. Si ha logrado salir de casa sin soltar un bufido a su pareja, a los críos, al perro o al gato, ya tiene un gran paso a su favor pero más vale que no baje la guardia, porque en esta vida siempre hay alguien que dice o hace algo inoportuno en el momento más inapropiado. Hay también días, como hoy, en los que una, como yo, no debería sentarse frente al ordenador para escribir una columna. Aún así, consciente en plenitud de que estoy a punto de adentrarme en un jardín de espinas, acabo de cerrar la cancela del mismo a mis espaldas y me dirijo al movedizo destino que me espera, sin encomendarme primero a todos los santos y completamente desarmada. Porto conmigo sólo palabras, las mismas que pueden condenarme al peor de los castigos para quien escribe: el de que no le lea ni un alma.
En todo caso, la meta está tan resbaladiza como trillada. Me refiero al asunto Corinna, conocida en el argot de escoltas y espías como Ingrid y en el castizo de toda la vida, como “la otra”. No quiero que me acusen de prejuicios que, si los hubo alguna vez, pertenecen ya a la prehistoria, por eso, llamaré Corinna a la rubia princesa sin cuento de hadas, aunque ya imaginan ustedes que a mí la jerga castiza tipo “Casa Ciriaco” sea la que más me cuaja. Sin embargo, admito que está pasada de moda, igual que la copla que cantaba Concha Piquer a propósito precisamente de eso o, más bien, de esa, es decir, de la otra. “Yo soy la otra, la otra y a nada tengo derecho, porque no llevo un anillo con una fecha por dentro. No tengo ley que me abone, ni puerta donde llamar y me alimento a escondías con tus besos y tu pan. Con tal que vivas tranquilo, que importa que yo me muera, te quiero siendo la otra como la que más te quiera”, entonaba con desgarro doña Concha, para escándalo de la sociedad de la época.
Definitivamente, es pasado, y nadie quiere que vuelva, porque eran años oscuros en los que el divorcio era demoniaco: la esposa se casaba para siempre, aguantando cuernos y cuernetas, mientras que a “la otra” se le ponía un piso del que no salía hasta el atardecer para que no hablaran, aún más, las malas lenguas. Esas que, aunque ahora hablen en otro tono pretendidamente más liberal, siguen cacareando de todo y de todos. Claro, que está el patio en España como para no dedicarse a hablar o a escribir cien sabrosos guiones para otros tantos culebrones. Y quienes por entonces no hablaban eran la esposa o “la otra”.
El caso es que, después de haber visto la película danesa “Un asunto real”, que narra el drama de la desgraciada historia de amor entre la reina Matilde y el médico de la corte y de haber asistido, en el Real, a la ópera de Donizetti “Roberto Deveraux”, que cuenta, a su vez, el desengaño amoroso de otra reina, Isabel I de Inglaterra, y con toda la que estaba cayendo por la aparición de Corinna en las portadas, me dio por pensar, maldita manía humana, en varias cosas. La primera y más obvia que, reina o plebeya, una mujer nunca reina, por mucho que se empeñe, en un corazón que no quiera ser reinado. Bendita o maldita igualdad, más que la del artículo 14 de la Constitución, lo cual no quiere decir que sea justo. La dureza de sobrellevar la pena siempre por detrás de la corona, que impide mostrar cualquier emoción en público, fue sobre lo segundo que reflexioné. Sin embargo, enseguida descubrí que lo que más me llamaba la atención era una virtud de la que siempre he sido devota, la lealtad. Es fácil ser leal con quien lo es, a su vez, contigo, pero, ¿cómo seguir siéndolo cuando el otro te ha traicionado y, para colmo, lo chismorrea todo el mundo? Me acordé entonces de Lady Di, de sus públicas lágrimas en televisión, del relato doliente de una mujer que había decidido colocar su pena y su peineta por encima de la corona, nada menos que la british. No es una crítica, ella tomó una decisión y al pueblo le gustó tanto que hasta la nombró su princesa.
En aquel caso, la lealtad fue ejercida por “la otra”, que hoy, piruetas del destino, es “la una”. Camilla no desfalleció ni cuando se airearon aquellas conversaciones telefónicas que, como poco, debieron de sonrojarla, quizás porque sabía que el amor estaba de su parte. Su silencio tuvo una recompensa que jamás podrían haberle dado cientos de titulares. Camilla no se creyó en la necesidad de explicarse, de justificarse, en definitiva, de figurar en ninguna parte fuera de su intimidad. Seguro que durante todos aquellos años tuvo ganas de contar su versión, pero jamás abrió la boca y ella sí que acabó reinando en el corazón de su amado en espera de corona. Cuentan las lenguas, a propósito de Corinna, que el monarca español está disgustado desde que aparecieron las entrevistas, las cuales, más madera al culebrón, han servido, por otra parte, para que el director del CNI haya de comparecer en comisión secreta del Congreso para explicar lo referente a esas misiones o trabajos que “Ingrid” insinúa haber realizado para España.
Corinna, por supuesto, ha salido al paso de las críticas, asegurando que sus declaraciones en diversos medios de todo el mundo tenían como único objetivo defenderse de lo que estaba saliendo a la luz a través de los famosos e.mails de Iñaki Urdangarín. Es decir, para no verse involucrada en el proceso judicial. Sin embargo, el juez Castro, que se sepa, no la ha llamado a declarar y, en todo caso, para eso están los comunicados de prensa o, si me apuran, un eficiente portavoz. Eso sí, nos habríamos quedado sin su rubia melena keratinada – es envidia, lo sé – los modelitos que le sientan como un guante, miradas de “no he roto un plato pero ya verás cuando lo rompa”, sin olvidar la pulserita de marras. No, la lealtad, como en realidad tantas otras virtudes del ser humano, no nace de la educación recibida ni del estatus social, pertenece al carácter de la persona, a su capacidad de compromiso. Y como escribió Ortega y Gasset: “La lealtad es el camino más corto entre dos corazones”. A la larga, puede que bastante más corto que el propio amor, porque éste ya sabemos que, antes o después, muda o se acaba, mientras que quien es leal, suele serlo para siempre, en las buenas y en las malas.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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