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El chándal de Chávez

jueves 07 de marzo de 2013, 20:38h
A Nicolae Ceaucescu, el dictador que sojuzgó Rumanía durante dos largas décadas, le gustaba hacerse llamar Conducator, el Conductor de la Revolución. Nicolás Maduro, el heredero político de Chávez, trae el título de serie, pues todo su bagaje consiste en haber sido conductor del Metro de Caracas y el seguir a pies juntillas los dictados de uno de los personajes más deplorables de la reciente historia iberoamericana: Hugo Chávez.

Nunca sabremos a ciencia cierta cuándo murió Chávez, aunque eso ahora ya poco importa. Hay quien dice que habría fallecido en Cuba días atrás, y que su camarilla ha esperado a tener las cosas más atadas para anunciar oficialmente su fallecimiento. A principios de semana, Maduro acusaba a Estados Unidos de haber “inoculado” el cáncer al caudillo bolivariano; toda una muestra de su bagaje intelectual. Y desde ayer tanto él como el resto de chavistas protagonizan un espectáculo tan bochornoso como digno de vergüenza ajena, con manifestaciones de dolor que recuerdan a las de Corea del Norte cuando murió Kim Jong Il. Eso sí, con un punto zafio marca de la casa. Y en chándal.

La izquierda global pierde a uno de sus referentes. En Europa, los Zapatero y Moratinos de turno se dedicaron a reírle las gracias y a bailarle el agua. En Iberoamérica, por su parte, fueron un paso más allá. Chávez hurtó el petróleo a su propio pueblo para regalárselo a sus paniaguados. Normal que llorase Evo Morales, y que Cristina Fernández de Kirchner se mostrara compungida -ya la consolará Garzón-. Pero es en Cuba donde más lo sienten. Fidel y Raúl Castro no ganan para disgustos, los pobres. Creían tapar un agujero asesinando a Oswaldo Payá y en esas va y se les muere el títere venezolano. La revolución no sólo necesita víctimas, también petróleo. ¿De dónde lo sacarán ahora?

Muerto el perro, falta por ver si se acabará la rabia. Quedan los parásitos, tanto del exterior -Kirchner, Morales. Castro- como los domésticos, con la pugna entre Maduro y Cabello por la poltrona chavista. Mientras, hay un país entero que mira con preocupación al futuro. Un país que hastiado de la corrupción de los partidos tradicionales cometió el error de su vida otorgando el poder a Chávez. Sí, igual que Hitler, Chávez se hizo con las riendas del gobierno a través de las urnas. Fue la última vez que respetó las reglas democráticas. Desde entonces se dedicó a prostituirlas y a empobrecer aún más a Venezuela. Cerró medios de comunicación para que nadie le tosiera en su megalomanía, expropió empresas, envenenó la convivencia internacional e hizo gala de su chabacanería con un discurso que le retrataba a la perfección. Y ese chándal...

¿Qué pasará ahora? Su foto no es tan glamourosa como la de ese otro asesino mediático, el Ché, lo cual es todo un alivio. Garantiza que en los chiringuitos del PSOE e IU que se pongan en las verbenas populares de este próximo verano tendremos que seguir aguantando las camisetas a veinte euros -el socialismo tiene un precio- del célebre guerrillero peleado con la higiene en lugar de las del fino estadista venezolano. Me quedo con la frase final que le dedica su ex mujer, Nancy Iriarte, en su carta de despedida: “el socialismo solo funciona en dos lugares: en el Cielo, donde no lo necesitan, y en el infierno, donde ya lo tienen”. Un tirano menos.
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