Primarias
lunes 28 de abril de 2008, 21:51h
Las primarias se han puesto de moda y, de pronto, han aparecido por aquí entusiastas defensores de este modo de seleccionar candidatos (no presidentes o secretarios generales de partido), típico de los Estados Unidos, donde empezaron a practicarse hace unos cuarenta años. Todavía hoy algunos estados de la Unión siguen sin aceptar este método. Esta repentina moda se debe, sin duda, al interés que ha suscitado el duelo Clinton. Obama por la nominación demócrata, pero adolece de una cierta frivolidad porque no se ha profundizado ni en el por qué ni en el sentido que tienen allí las primarias ni en sus aspectos menos positivos, que también existen. Por ejemplo, en este mismo momento cunde la preocupación en el Partido Demócrata porque, según las encuestas, la pelea interna, ha alcanzado tal grado de encarnizamiento que muchos partidarios de Clinton aseguran que jamás darán su apoyo a Obama y viceversa. Y eso, si se confirma, significaría que se brindaría en bandeja el triunfo en las presidenciales de noviembre a McCain, el candidato republicano, que contempla complacido cómo se despedazan mutuamente sus dos rivales. Como nunca en otras ocasiones, está en peligro el “todos con el vencedor” con que tradicionalmente terminaban las primarias, hasta el punto de que, a veces, el derrotado se convertía en miembro de equipo ganador como candidato a la vicepresidencia.
En contra de lo que se está diciendo por aquí, las primarias no es que sean propias de un sistema presidencialista. Se trata, más bien, de un método propio de un país, como los Estados Unidos, cuyos partidos tiene una estructura radicalmente distinta de la de los europeos. Mientras que en Europa los partidos tienen fuertes estructuras permanentes, con congresos periódicos y otras instituciones que dirigen la vida diaria del partido, allí los partidos no tienen ni esa organización ni el mismo funcionamiento. Apenas si son algo más que electoral machines (máquinas electorales) que se movilizan en exclusiva para las consultas electorales, por otra parte tan frecuentes. También es totalmente diferente el carácter de los parlamentarios o congresistas (senadores y representantes), que, gracias al sistema electoral mayoritario, sólo se deben a sus electores. El sistema norteamericano es un todo y carece de cualquier sentido “importar” un elemento del mismo para encajarlo en un contexto totalmente distinto. Como se sabe aquí lo hizo el PSOE con resultado catastrófico, ya que produjo una bicefalia inviable: no puede coexistir una legitimidad interna del partido procedente de un congreso con otra procedente de unas primarias. El choque Almunia-Borrell concluyó con la exclusión del proyecto que representaba este último. No hay que olvidar, tampoco, que aquellas fueron unas “primarias trampa”: Almunia las organizó a partir del absoluto convencimiento de que las iba a ganar. Pero se equivocó de medio a medio.
Desde luego, las primarias no son una panacea y los americanos recuerdan cómo Carter se impuso sobre sus adversarios, gracias a las primarias, para convertirse en el que quizás ha sido el peor presidente del siglo XX... por lo menos. Y hace sólo unos días un comentarista internacional, Daniel Henningger, analizaba la “ley de hierro” de las primarias demócratas, en virtud de la cual sólo obtienen la nominación los candidatos situados más a la izquierda del partido, lo que les ha llevado a repetidas derrotas: McGovern (1972), Mondale (1984), Dukakis (1988), Gore (2000) o Kerry (2004). Algo parecido le ha sucedido al Partido Socialista francés con la nominación por unas primarias de Sègoléne Royal, muy popular sí, pero incapaz de ganarle a un Sarkozy que, posiblemente, lo hubiera tenido más difícil con un adversario más rodado como Strauss-Khan. Imagino que nadie se atreverá a decir que los partidos británicos son poco democráticos: pues bien allí la propuesta de introducir algo parecido a las primarias sería acogida con sonoras carcajadas. Nadie ha recordado estos días que en el Reino Unido el liderazgo de los partidos se suele decidir en el seno de los grupos parlamentarios de la Cámara de los Comunes, el parliamentary party, según su terminología. Fueron sus colegas de la Cámara quienes elevaron a Margaret Thatcher al liderazgo y fueron ellos quienes la relevaron cuando estimaron que su momento había pasado. No todas las novedades son necesariamente buenas, por muy populares y democráticas que parezcan. Y, desde luego, las primarias no pueden proponerse con tanta frivolidad como se está haciendo.
|
Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
|
|