Placer y dolor
sábado 09 de marzo de 2013, 18:33h
La facultad de sentir nos acompaña desde que nacemos. Por eso apenas reparamos en nuestras sensaciones salvo que sean particularmente intensas. Placer y dolor parecen cumplir la función de recordarnos que estamos vivos. Esto no significa que no se vean influidos por la historia y la cultura. En épocas hedonistas como la actual abundan las personas que, a la vez que no soportan ningún dolor, necesitan fuertes estímulos para disfrutar de la existencia. En otras épocas era corriente lo contrario. Yo sospecho, sin embargo, que a la hora de la muerte la mayor parte de los seres humanos acaban comprendiendo que estar vivos, abiertos de par en par a la realidad, constituye el mayor placer de cuantos existen.
La ciencia ha solido dedicar más esfuerzo al fenómeno del dolor que al del placer. Se explica porque necesitamos remedios contra el sufrimiento, no contra el goce. Desde 1985 hay incluso una asociación internacional consagrada a su estudio y tratamiento. Cosas tan útiles como la “escala analgésica para el cáncer” se deben en parte a los desvelos de esa institución. No me consta, sin embargo, que haya algo semejante dedicado al placer. Este es un orden que no interesa a los filántropos. Cada cual tiene que arreglárselas como pueda. Mientras que el dolor es estudiado desde diversos puntos de vista (atendiendo a su duración, a su localización, a su patogenia, a su intensidad, etc.) el placer es un asunto sobre el que suele hablarse al buen tuntún. Quizá este sea el motivo por el que goza de tanto predicamento la palabra “orgasmo”, una palabra que parece querer decir mucho pero que, en realidad, no suele significar nada.
Dolor y placer son experiencias subjetivas y, por tanto, inaccesibles. Podemos colegir de la conducta de una persona o de las reacciones de su cuerpo que está sufriendo o gozando, no la medida en que lo hace. La intensidad (y la intensidad es aquí la auténtica clave), depende tanto del estímulo como de la predisposición individual. Hay personas que resisten cualquier dolor y otras que ni siquiera soportan el más ligero placer. Piensen en los orgasmos del cine, escandalosos e histriónicos. Naturalmente, hay mucho de costumbre en todo esto. La creencia en que un estímulo agudo ha de producir forzosamente una sensación similar es errónea. Todos hemos oído decir a los toreros que en el momento de la cornada no sintieron nada. Por lo mismo, son absurdas la condena moral del placer (o el elogio del dolor) y la identificación de placer y dolor con bien y mal. Igual que una grave enfermedad puede presentarse sin avisar, un dolor crónico no necesariamente es síntoma de una enfermedad incurable.
Respecto del placer, y mientras no existan estudios científicos adecuados, habrá que arreglárselas con el sentido común. Esto es un problema. Piensen, por ejemplo, en el pobre juez al que le toque examinar el reciente caso del maestro gallego de primaria despedido por obligar a sus alumnos a masajearle los pies a cambio de mejorar sus notas. Todos estaremos de acuerdo en considerar su conducta un abuso execrable, pero ¿cuál es la naturaleza jurídica de ese abuso?, ¿se trata, como han sugerido algunos periodistas, de abuso sexual? La rapidez con que aquí se asocia sexualidad y placer resulta muy peligrosa, sobre todo porque no es lo mismo acusar a alguien de pedofilia que de cara dura. Veremos en qué queda la cosa.