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Hugo Chávez, ¿mortal o inmortal?

sábado 09 de marzo de 2013, 18:34h
Quizá los animales no sepan de antemano que van a morir, que son “mortales”, y sin embargo, cuando la muerte al fin se les presenta, parecen aceptarla con naturalidad. Lo contrario ocurre con el ser humano, que si de un lado sabe y anticipa su propia muerte y vive, según la conocida expresión de Martin Heidegger, “hacia la muerte”, del otro lado la elude no sólo a través de los mil paraísos que han diseñados las religiones sino también mediante los avances prodigiosos de la medicina, que ya le aseguran la longevidad y que, a través de ella, hasta le permiten soñar con el día en que alcanzará la inmortalidad.

¿Podríamos concluir entonces que nuestra contradicción central como seres humanos, mitad animales y mitad soñadores, es saber la muerte y al mismo tiempo rechazarla? Esta contradicción se acentúa a medida que aumenta el poder de quien la padece. Por eso cuenta la tradición que a los emperadores romanos, dueños de un omnímodo poder, solía acompañarlos un esclavo cuya obligación era susurrarles de vez en vez al oído “recuerda que eres mortal”.

La historia de los emperadores romanos demostró que con frecuencia no pudieron resistir la tentación de creerse inmortales. La presunción de que los poderosos son al fin y al cabo mortales prevalece en las repúblicas que por eso les acuerdan plazos breves de poder, de unos pocos años, al término los cuales debe venir, sí o sí, la alternancia. La paradoja de las repúblicas es que, pese a darles a los presidentes o primeros ministros plazos tan cortos de gobierno, pueden durar siglos y resultar, en los hechos, inmortales. Sumando breves períodos de cuatro años de mandato por vez, por ejemplo, la república norteamericana ha durado sin interrupciones desde 1787 hasta nuestros días: más de doscientos años.

Frente a la modesta pretensión republicana de formar una cadena temporal prácticamente incesante, a la que adhieren las democracias exitosas de nuestro tiempo, aparecen de tanto en tanto los caudillos que sueñan con una suerte de inmortalidad personal, desafiando a la muerte. Uno por uno, y ya se llamen Ortega en Nicaragua o Correa en Ecuador, los Castro en Cuba o Evo Morales en Bolivia, todos estos autócratas latinoamericanos portan consigo la silenciosa pretensión de la inmortalidad. Alguien nos dirá que es una pretensión absurda, que es un mito, porque es irracional. El hecho es que estas dictaduras sin término, sin un fundamento racional como pueden tenerlo al contrario las repúblicas, están ahí, delante de nosotros, hasta que la muerte, inevitable, les diga “basta”. Cuando esto ocurre, como acaba de ocurrirle en Caracas a Hugo Chávez, no por eso cesa la lucha entre el impulso irracional y el sentido común. En estos días se gritaba en las calles de Caracas “¡Chávez vive! ¡La lucha sigue!”, mientras algunos de sus partidarios difundían el rumor de que los norteamericanos lo habían envenenado, porque sólo así podían pararlo. De una manera o de la otra, aún muerto, Chávez alcanzaría de este modo, por vía indirecta, la inmortalidad que se atribuye a los mártires, si no fuera mediante reelecciones sucesivas mientras estaba con vida, a través de la transformación de su figura en un mito indestructible una vez muerto.

Se nos dirá que alguna vez el pueblo chavista tendrá que bajar a tierra. Porque el hecho es que después de vivir hipnotizados por un caudillo presuntamente inmortal, los venezolanos tendrán que reconciliarse con la realidad, y lo que les dice la realidad es que, si han conseguido algunos avances sociales gracias en parte a que viven sobre un mar de petróleo, todo lo demás les queda por hacer, desde la industrialización todavía inexistente hasta las instituciones de una república democrática fundada en el consenso y no en la hipnosis colectiva de un caudillo al que se tenía por imperecedero. Pero el caudillo inmortal se les acaba de morir, dejando a su pueblo el cruel dilema de elaborar nuevos mitos o, al fin, madurar. De mantener a toda costa la ilusión hasta que la realidad vuelva a golpear a las puertas, o de trazarse un plan de vida duro aunque viable como el que se han trazado, tanto en América como en Europa, las democracias que ya han alcanzado la mayoría de edad.
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