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Francisco, un Papa jesuita y americano

viernes 15 de marzo de 2013, 20:20h
La elección de Jorge Mario Bergoglio, un jesuita argentino, ha sido una sorpresa para los especialistas en la Iglesia Católica que han opinado en los medios de comunicación mundiales. El nuevo Papa, cuando ejerció como arzobispo de Buenos Aires y presidente de la conferencia episcopal de Argentina, no sucumbió a la moda de la “video política”, una práctica que hace predecible la vida del hombre público y que lo convierte en rehén de la “opinión publicada”, casi siempre “quemado” pronto ante la opinión pública. El Papa Francisco no parece que vaya a dejarse manejar por los creadores de opinión, y eso puede que quiera significar que tampoco se dejará manejar por otros poderes eclesiásticos y extra-eclesiásticos.

Hacer pronósticos sobre cuáles serán los rasgos de su pontificado, por eso mismo, todavía es prematuro. Sin embargo, su condición de jesuita y americano me permiten hacer un ensayo sobre sus condiciones personales e históricas.

Es el primer Papa que pertenece a una orden creada por Ignacio de Loyola para ser un instrumento al servicio del papado, con características de obediencia militar. Los jesuitas hacían gala de un cuarto voto de obediencia al Papa, lo que les costó ser expulsados de varios países -España entre otros- por obedecer a intereses contrarios a los nacionales. Pero cuando el guipuzcoano (de madre vizcaína) fundó la “Compañía de Jesús”, formar en una compañía militar era también -y sobre todo- un oficio propio de la nobleza. Iñigo de Loyola tuvo siempre la conciencia de ser un noble de una raza de nobles originarios. Puede resultar pintoresco, pero hacia 1512, cuando Iñigo de Loyola defendió en Pamplona a su soberano, Fernando el Católico, el futuro santo tenía a gala ser miembro de un linaje de “parientes mayores” y “cabezas del bando oñacino”, lo que entonces significaba muchas cosas, la primera, un sentido de la “superioridad originaria”.

Los jesuitas son una nobleza dentro de las órdenes católicas. Es cierto que el obispo Jorge Mario Bergoglio ha sido una persona austera, que prefirió vivir con los pobres. Pero los jesuitas poseyeron siempre un rechazo aristocrático a las “vanidades” del dinero y del lujo, un rechazo a un estilo de vida que implicase “aburguesamiento”, algo que iba frontalmente en contra de las virtudes definitorias de la nobleza originaria. Un noble se distinguía con las armas y con las letras.

El Papa Francisco (y ese nombre evoca al creador de una orden mendicante) no avalará doctrinas y teorías complacientes con el llamado liberalismo económico, esa exaltación del dinero como solución a todos los problemas sociales. Aquí también encontramos al jesuita originario. La “Compañía” se creó para competir moralmente con los protestantes. Los seguidores de Lutero y Calvino -véase el libro del sacerdote Abelardo del Vigo: Economía y ética en el siglo XVI.- santificaron la vocación de trabajar para acumular (“ahorrar”) riqueza; el capitalismo está asociado -desde Max Weber- con ellos. ¿Dónde triunfaron los jesuitas, dónde reconquistaron el terreno perdido ante los protestantes? En Polonia y en Hungría, y en ambos países su triunfo fue también el de la nobleza.

¿Será un papado anticapitalista? No es posible. Además, el Papa Francisco, como jesuita, es también un intelectual, y como tal, está atento a los matices. El obispo Jorge Mario Bergoglio, cuando criticó al presidente argentino Kirchner “por sus delirios de grandeza” (una frase muy aristocrática), dijo algo que le define: “el peor riesgo es homogeneizar el pensamiento”. Es un alegato en contra del pensamiento único, sea nacionalista, capitalista, socialista, ¿ o católico? Como clérigo argentino, Bergoglio ha defendido las posiciones tradicionales de la Iglesia Católica respecto a las “leyes naturales” de Santo Tomás: divorcio, aborto, homosexualidad, y demás comportamientos anti-naturales y pecaminosos. El papel subordinado de la mujer en la Iglesia, ¿no es resultado también del pensamiento tomista (y aristotélico) sobre la inferioridad femenina?

En estos asuntos, el criterio de Bergoglio ha sido menos rígido que la mayoría de sus colegas argentinos. ¿Es consecuencia de su convivencia con un pueblo autentico de pobres, en el que la mujer y las diversas facetas del sexo tienen un significado más natural que lo que describen los tratados de moral católica, o es el tópico de la “casuística jesuítica”?

El Papa Francisco puede poner en marcha un proceso de cambios. Sobre el capitalismo, su experiencia es americana, y no europea. En Argentina, y en Brasil, los católicos han perdido terreno ante las diversas tendencias protestantes “pentecostalistas” que llegan con fuerza desde los Estados Unidos. En Buenos Aires son millones los seguidores de un cristianismo sin apenas teología, pero que defiende una ética capitalista e individual que atrae más que el mensaje de “el pobre como imagen de Jesús”. (El 10% de los argentinos son evangélicos, y del 76,5% que se declaran católicos sólo el 20% son practicantes). ¿Estará ahí la competencia entre católicos y protestantes que sería el objetivo del papado? Si esto fuera cierto, ¿qué papel dará el jesuita Papa a los “pentecostalistas” católicos, por ejemplo, a los “Kikos”, y a los grupos adaptados a la ética capitalista como el Opus Dei? ¿Y la necesaria incorporación de la mujer al sacerdocio si se quiere reconquistar las masas seducidas por los protestantes? No es fácil dar una respuesta unívoca, pues la realidad es muy móvil, es dialéctica (tesis, antítesis, síntesis y vuelta a empezar: los mejores analistas católicos de Marx son jesuitas), y el Papa no puede con todo a la vez. Él tiene 76 años, una edad que es un límite. Pero tiene una palanca que sirvió a Juan XXIII para superar los inconvenientes de su edad y de los de los contrarios a sus reformas: convocar con un “motu proprio” un Concilio Ecuménico.
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