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Globalización y desinflamiento

José María Herrera
sábado 16 de marzo de 2013, 19:22h

Dentro de un siglo, cuando ni usted ni yo estemos para discutirlo, la globalización será vista probablemente como un momento decisivo y necesario de la historia, algo parecido a la revolución industrial, tan dolorosa en sus fases iniciales, gracias al cual fue posible llegar a la civilización planetaria, el frustrado sueño de los constructores de la torre de Babel. Quizás se celebren entonces con entusiasmo los beneficios de todo esto, beneficios que hoy, la mayoría, no ve por ninguna parte. Tras varios años de regocijo, simbolizados por la desregularización del mercado financiero y la proliferación de compañías aéreas de bajo coste, la crisis ha revelado que en la nueva situación, la del desinflado mundo global, sólo prosperarán aquellos que sean capaces de endurecer sus condiciones de vida. La maravillosa interconexión de los hombres y las naciones tal vez no fuera el formidable avance que hace un lustro se decía, sino una trampa de la que no hay forma de escapar.

Como Ruskin, que presumía de conocer el secreto de extraer la tristeza de todas las cosas, aunque no la alegría, la globalización parece serlo sobre todo de lo peor. ¿Cuáles son las incontestables ventajas de la libre circulación de capitales?, ¿qué se ha ganado con que los factores de producción se hayan vuelto móviles y transferibles? Económicamente parece que esto sólo ha beneficiado a las grandes corporaciones; desde el punto de vista espiritual lo único que se ha ganado, contra lo que sostuvieron los adalides del multiculturalismo, es una homogeneidad ramplona. La globalización ha servido para reducir las viejas diferencias entre los pueblos al denominador común tecnocrático y demostrar que los orientales tenían razón al valorar más a quien ayuna que a quien come. Usos y tradiciones milenarias se han convertido en pocos años en algo folclórico, sin sustancia, un mero decorado turístico del que sólo sacan provecho los políticos que institucionalizan su defensa. Vayamos a donde vayamos hallamos a nuestro alrededor las mismas cosas: la botella de coca cola, la cajetilla de Marlboro, el mueble Ikea, el procesador Windows, la sucursal de Zara, el puente de Calatrava. Todo igual en todas partes, sin otra diferencia que el más y el menos, riqueza o pobreza. Con la globalización ha ocurrido incluso lo nunca visto en la historia, que alguien defeque en China y las bacterias de sus excrementos viajen hasta la otra punta del planeta en una patera de chocolate distribuida por una empresa escandinava famosa por su desatornillada pulcritud. ¿Se puede pedir más?, ¿existe un símbolo mejor y más claro de qué globaliza la globalización?

No pretendo exagerar la importancia de lo que ha ocurrido con la pequeña partida de tartas de Ikea en la que se han descubierto niveles excesivos de bacterias coliformes, indicio de contaminación fecal. Los controles han funcionado y el material contaminado ha sido retirado rápidamente de la circulación. Hay que tener muy mal gusto para insinuar a estas alturas que la popularidad del producto se debiera a la presencia de otros ingredientes aparte la crema de mantequilla y el caramelo de almendras. Quienes hemos comido carne humana no acabamos de entender el ruido que se ha hecho con todo esto. También aquí hemos sufrido nuestros problemas. Acuérdense de la colza o de los pepinos. Si hay algo llamativo en todo este asunto es que las crujientes tartas de chocolate se hagan en China. ¿Se figuran que los mazapanes de Toledo fueran elaborados en Birmania, tal vez sobre la misma mesa sobre la que se sirven los sesos palpitantes del mono boreal? Y, sin embargo, esto es lo que está sucediendo con cientos de productos alimenticios, incluso pescados atrapados a pocas millas de nuestras costas (¿será esto, por cierto, lo que hay detrás del extraño desplome financiero de la otrora potentísima Pescanova?). Consulten los códigos de barras y verán las sorprendentes vueltas que dan las cosas que comemos para llegar hasta nuestra mesa, los enormes esfuerzos que hace el capital para que ni usted ni yo, ciudadanos de derecho, tengamos ya que preocuparnos de nuestra felicidad. Tal vez demasiados.
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