En busca del fuego
Simon Royo Hernandez
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siroyorocketmailcom/6/6/17
sábado 16 de marzo de 2013, 19:25h
La Humanidad se ha visto sometida a serios dilemas con respecto a la ciencia y la técnica desde el principio de la civilización: ¿será beneficioso el fuego que quema o dañino aunque ahuyente a las bestias salvajes? y ¿será perjudicial de algún modo esa antorcha que proporciona luz en la caverna y lumbre para comer cocido en lugar de crudo? Prometeo, el dios-titán pagano crucificado en el Cáucaso por su filantropía, debió considerarlo un bien al donárselo a los hombres generando el que recayese sobre su espalda el castigo de Zeus. El buitre que le roía el hígado por haber robado el fuego a los Olímpicos también quedó saciado y satisfecho. Por eso la palabra fármaco en griego significa tanto remedio como veneno, bálsamo curativo y potente destructor al mismo tiempo. La ciencia y la técnica es el pharmakón de la era moderna.
Aquello que iluminó las cavernas de nuestros antepasados hace unos cien mil años, que luego desde Platón hasta la Aufklärung sirvió de metáfora de la razón frente a las tinieblas, en el siglo XIX adoptó una imagen especial, la de la electricidad. Así, cuando Mary Shelley contaba con apenas 19 años pudo dar vida en su imaginación a la figura de Frankestein, preguntándose si se podría dotar de vida a lo muerto a través de ese nuevo fuego que se acababa de descubrir y que estaba destinado a iluminar nuestras ciudades y nuestras vidas. El monstruo del doctor Frankestein quedaba así como un ser intermedio entre lo vivo y lo muerto, guardando una ambivalencia interna, pues, aunque inocente, no consciente de su fuerza destructiva, bien pudiera haber aplastado la flor de una niña por el simple deseo de abrazarla y estrecharla entre sus brazos.
Las luces, la Ilustración, el movimiento iluminista, creyéndose en continuidad con el humanismo renacentista tuvo que enfrentarse a las tinieblas y mirar la noche oscura de miedo y terror que el benigno monstruo fabricado por ellos podía desatar. El horror de los gases de la primera guerra mundial, el final de toda épica con el desarrollo de las armas de destrucción masiva, las trincheras en las que la guerra se convertía en un enfrentamiento de máquinas contra máquinas donde los hombres quedaban comprendidos como material de deshecho. Añadiéndolo esto a la locura de la segunda guerra mundial, la eficacia de un Estado civilizado y organizado por vías ferroviarias puesto al servicio del exterminio, dejaba ya poco espacio para el optimismo positivista que había impregnado a los siglos XVIII y XIX. Con todo, aun los que se denominaban a sí mismos como seres humanos, guardaban para sí un poco de ese viejo y gastado optimismo, hasta que, urgidos por no ser adelantados por el enemigo, genios como Oppenheimer y Einstein, dos de los hombres más sabios del mundo, se vieron comprometidos con la construcción del horror de Hiroshima y Nagasaki.
Con la energía atómica, la luz de la ciencia y de la técnica, demostraba que el lema de que las luces sólo se curan con más luces podría resultar fatal y dejarnos a todos ciegos y muertos bajo la más absoluta oscuridad. Las más oscuras tinieblas medievales parecían poco frente a lo que, además en el bando de “los buenos”, se llegó a efectuar y además, la posterior guerra fría amenazó sin tregua al mundo entero con la posibilidad real de su aniquilación completa.
Desde entonces sufrimos el complejo del Dr. Frankestein ya que la criatura parece tornarse con vida propia y enfrentarse a su propio creador. Así, a la pregunta de si podemos beneficiarnos de la ciencia y la técnica sin sufrir sus efectos perversos o consecuencias indeseables habremos de responder negativamente. La radioterapia y la quimioterapia matan los virus tanto buenos como malos y lo positivo de la aplicación civil de los inventos se mueve paralelamente a lo negativo de su aplicación militar.
Por eso, frente a la mayoría de los científicos, que ven sus disciplinas como neutrales, pero no así sus aplicaciones, desentendiéndose de toda responsabilidad con respecto a las consecuencias y efectos de sus hallazgos, frente a esos teóricos de oficio que no aceptan responsabilidades en el terreno práctico, se nos plantea una constatación desde la más reciente sociología de la ciencia; la que encuentra en toda actividad teórica unas implicaciones prácticas, esto es, políticas y económicas. Al mismo tiempo, desde el principio de incertidumbre de Heisenberg a la teoría del caos o la teoría de sistemas, los estudiosos nos advierten de la imposibilidad de tener ningún control sobre los efectos perversos. Algo que a los gobiernos y las multinacionales les conviene mucho olvidar. A los primeros por el electorado, por los grandes beneficios a los segundos.
La criatura frankesteniana tiene vida propia y autonomía, tanto con respecto a sus creadores como con respecto a sus destinatarios, anhelando, como los androides del mítico film de ciencia ficción Blade Runner, basado en el magnífico relato de Philip K. Dick, titulado: “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, algo que sólo era propio de lo viviente, anhelando, con el ansia y la angustia existencialistas, perseverar en el ser.
Por otra parte, no cabe duda que en la medicina es en la especialidad en la que más se aprecian los beneficios y menos se padecen los perjuicios, ya que al menos no parece tener efectos perversos la erradicación del virus de la viruela del planeta, ni la implantación del órgano de un donante fallecido a un vivo que lo necesita, como tampoco el que pueda intervenirse de modo que un niño por nacer no herede la ceguera de sus padres o la leucemia de la madre. Es en la genética y no sólo en la cibernética como creyera Heidegger y acertase el Dr. Mengele, donde residen las mayores posibilidades y los mayores temores. La posibilidad de la eugenesia es ya una realidad pero sobre la que se cierne una ceguera absoluta con respecto a lo que pudiera ser mejor. En su texto Normas para el parque humano de 1999 el filósofo Peter Sloterdijk se atrevió a plantear que puesto que el progreso técnico no ha conllevado un progreso moral de la humanidad, cosa que ya anticipase Rousseau en su Discurso sobre las ciencias y las artes a finales del siglo XVIII, teniendo que aceptar que el compromiso europeo con la educación o ilustración de la humanidad había fracasado; permanecía abierta la puerta de la eugenesia con la finalidad de mejorar al hombre y convertirlo en posthumano. La respuesta por parte de la sociedad alemana fue la de llamarle nazi, pero en realidad, la respuesta es que no se conocerán quizás nunca los genes de la moralidad mientras que sí puede seleccionarse el que un nasciturus, un concebido pero no nacido, acabe con los ojos azules en lugar de marrones.
También se dijo al principio que los alimentos transgénicos iban a erradicar el hambre del planeta cuando en lugar de eso, lo que han conseguido, es que buena parte de la India y del campesinado del planeta, compre semillas que si bien son resistentes a las plagas, no proporcionan nuevas semillas que plantar, quedando presos los agricultores para siempre del precio que la multinacional Monsanto ponga a sus semillas genéticamente modificadas.
Volviendo sobre una de las tecnologías más controvertidas, la energía atómica que alumbra buena parte del mundo occidental, es obvio que no se sabe aún cómo lograr que los residuos radiactivos sean inocuos, con lo cual, o se entierran o se lanzan a los fondos abisales marinos sin atender a las consecuencias a largo plazo de tales hechos. ¿No se deberían suprimir las centrales nucleares y apostar por las energías renovables (eólica, hidráulica y solar) mientras no se supiese descontaminar los residuos radiactivos? Quizás se debería pero el mercado es quien determina las aplicaciones y la gestión de la energía sucia, sea la atómica, la del gas o la petrolífera, mientras que son los políticos quienes determinan las aplicaciones y gestión de los ejércitos, destinatarios de la mayoría de los fondos de I+D, esto es, Investigación y Desarrollo, del planeta.
El que la Web haya sido inicialmente un invento concebido para el uso militar en caso de una guerra nuclear que ha pasado a beneficiar a la sociedad civil no implica que la ciencia y la tecnología no mantengan su carácter ambivalente de fármaco al que aludíamos al principio. Donde está el peligro está también lo que salva. No hay vuelta atrás y no se puede retornar a un mundo pre-tecnológico y acienífico, en el cual, la adaptación al ecosistema fuese el paraíso del buen salvaje de Rousseau o la guerra de todos contra todos de Hobbes. Ni siquiera los dioses pueden contrariar al destino, la Moira, que llevó al titán Prometeo a darnos lo que tanto calienta como destruye. Lo único que se puede hacer ante la ambivalencia de la ciencia y de la tecnología es forzar a los gobiernos a ejercer un control bioético sobre la técnica. En nuestro tiempo es urgente y necesaria una biopolítica con leyes estrictas de regulación bioética. ¿Será capaz la sociedad civil de lograr la implantación de tal exigencia? ¿Serán capaces los políticos y los Estados de imponérselas a las multinacionales? o ¿deberemos seguir padeciendo el complejo de Frankestein hasta que el monstruo, quizás el pobre, sin querer, nos acabe devorando?
De las respuestas a estas preguntas depende tanto el futuro del mundo como el destino de la humanidad, y esta vez, sí, de la Humanidad en su conjunto, no sólo de una parte de la misma.
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Profesor en la UNED y Doctor en Filosofía
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