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CRÍTICA

Don DeLillo: El ángel Esmeralda

domingo 17 de marzo de 2013, 12:43h
Don DeLillo: El ángel Esmeralda. Traducción de Ramón Buenaventura. Seix Barral. Barcelona, 2012. 240 páginas. 20 €. Libro electrónico: 9,99 €
Comienza a darse cierta unanimidad entre la crítica más avisada en torno a que la obra narrativa de Don DeLillo, nacido en el Bronx de Manhattan en 1936, se adelanta sobre la de sus contemporáneos como capaz de establecer un hito en el desarrollo de la novela norteamericana, después de que autores como Vladimir Nabokov y Saul Bellow, curiosamente, ambos inmigrantes de origen ruso, dejaran el nivel muy alto. Autor de más de quince novelas, algunas de ellas monumentales, por su ambición narrativa y también por su tamaño, como Submundo o Libra, llega a las librerías españolas, en excelente traducción de Ramón Buenaventura, esta colección de cuentos. Habrá quien piense que nuestro autor está descansando a la espera de otra inspiración mayor. También que la edad pasa factura y que quizá no puede emprender ya operaciones narrativas que, como alguna de sus novelas, le lleven más de diez años.

Para cualquiera que conozca su obra, es evidente que DeLillo es, sobre todo, autor de novelas, aunque haya perpetrado el ensayo, la crítica, el drama teatral o el cuento. Pero creo que el lector de estas páginas no saldrá defraudado porque puede decirse que el mejor DeLillo está presente en el espíritu de estos relatos, perfectamente adecuados a la lógica interna del género, tan opuesto al de la novela, pero en los que alienta el mundo de preocupaciones, búsquedas, perplejidades, miradas, tonalidades y hasta sabores que caracterizan las obras mayores de nuestro autor.

Los cuentos recopilados en este volumen, escritos a lo largo de cuatro décadas -el primero es de 1979 y el último de 2011-, aparecen como retenciones, breves momentos congelados de la vida que pasa. No hay grandes historias ni personajes memorables, quizá con la excepción de la monja que protagoniza el relato que da nombre al libro, pero que, y no por casualidad, se trata de un fragmento de la novela ya mencionada, Submundo. ¡Claro que ocurren cosas!, pero, sobre todo, cuenta la descripción de una atmósfera moral colectiva en la que respiran los personajes. Le interesa al autor la situación que están viviendo y que parece observar desde fuera, aunque como un espectador implicado. En última instancia, se trata de comprender por qué siguen vivos, qué deseos les impulsan, por qué sufren...

DeLillo ha descrito en entrevistas sus grandes preocupaciones frente al país en el que le ha tocado nacer: la impresión del miedo ubicuo, la muerte y la inseguridad derivada de la sospecha, justificada o no, eso no importa, el poder anónimo pero efectivo que el terrorismo tiene, pura potencia sin objeto racional ni planificación predecible, sobre las vidas de los seres anónimos y que puede ser manipulado por las grandes agencias de protección estatales o privadas. Al igual que en los últimos años la especulación financiera que nadie parece entender pero que produce sobre el común de los mortales efectos entrópicos perfectamente nítidos. Todo ello hace que los personajes de DeLillo en estos cuentos sean sujetos descentrados que actúan motivados por unas metas que nunca terminan de estar claras ni para ellos mismos, ni para el narrador y, mucho menos, para el lector. Parecen saber lo que no quieren y con ello tienen que apañárselas en su cotidiano vivir, desconfiando, defendiéndose de las fuerzas que dirigen la Historia con mayúsculas.

Quizá la mejor descripción de los personajes que predominan en estos cuentos la dé el propio autor cuando en el último dice de uno de ellos: "Es un ser escaso que trata de encontrar un sitio donde ser", o cuando otro siente que está necesitado de definición, el mismo que en la adolescencia tropezó con la palabra “fantasma” y la encontró fascinante… como fantasmagórica habría de resultar la actividad a la que se dedicó de adulto, a la especulación financiera. Muchos de ellos se mueven como afectados por una especie de movimiento browniano que la ciudad induciría en sus habitantes: entrar, salir, caminar o correr, irse para volver... La cercanía de los otros parece plantear el interrogante de qué es lo que nos hace humanos.

La mayoría de los personajes adolece de una cierta incomunicación pero parecen necesitar su contrario más que comer. Algunos la resuelven especulando sobre la vida de los otros, como aprendices de novelista que querrían transmigrar de la propia. Este patrón de actores desorientados que se mueven en un escenario sin razón suficiente se da en el primero, "Creación", en "El corredor", en "Baader Meinhof", en "Medianoche en Dostoievski" y en "La hambrienta". Estos héroes confusos y semiderruidos son lo contrario de la protagonista de "La acróbata de marfil", una muchacha solitaria que enseña música en Atenas y lucha para dominar el miedo que la atenaza desde que se produjo el primer seísmo. Lo conseguirá con ayuda de una estatuilla que reproduce la famosa escultura de la muchacha cretense saltando por encima del toro bravo que la embiste. El amigo que se la regaló le sugiere que es su yo oculto, "delgada, ágil y joven. Rebosante de vida interior". La muchacha del cuento ateniense tiene mucho en común con la vieja monja que protagoniza el largo relato que da título al libro, "El ángel Esmeralda". Es una mujer que ha dominado sus miedos a fuerza de voluntad. Y no se trata, como verá el lector, de miedos cualesquiera, sino de uno de los que DeLillo se ha tomado más en serio en sus novelas: el miedo al holocausto nuclear. Una estampa del Bronx de los años sesenta, incendios interminables, solares llenos de desperdicios, violencia gratuita, como si se tratara de un escenario de guerra civil, le sirve de telón de fondo para construir una inquietante alegoría sobre la soledad, la incomunicación, y la necesidad de creer no importa qué de las masas urbanas, sobre el contrapunto de la vieja hermana que da la impresión de haber superado el dilema sobre la fe y la acción.

Quedan por comentar los dos cuentos que, a falta de mejor caracterización, llamaremos de "ciencia ficción". "Momentos humanos de la tercera guerra mundial" es una extraña fábula, cuyo tono minimalista y distendido no se corresponde con el dramatismo de la situación en que se encuentran los personajes, vigías de una especie de guerra electrónica que acontece en el espacio. Se trata de una excusa para reflexionar sobre nuestro planeta como patria, de lo excepcional y milagroso de la vida. Detrás de toda nuestra tecnología, que, como capas sucesivas aíslan al humano, su cuerpo, sus sentidos, de la naturaleza, ella sigue estando ahí como una realidad última e insoslayable, aunque ahora con la posibilidad de ser destruida por una decisión del así llamado homo sapiens.

Pero quizá el cuento más inquietante es el de fecha más reciente "La hoz y el martillo" (2011). DeLillo recrea otro de los miedos que acaba de hacer su aparición en el horizonte del ciudadano medio del mundo occidental: el miedo a que una crisis económica arrase su pequeño mundo de autonomía y bienestar, miedo inseparable del asombro que le produce la corrupción, así como la incapacidad para entender qué es delito y qué no en el mundo financiero. Renuncio a describir los elementos del relato para que el lector lo disfrute en toda su extrañeza, en toda su proximidad a lo que estamos padeciendo en esta interminable crisis europea. Hace unos años, DeLillo se preocupó ya por el mundo de las finanzas en su novela Cosmópolis recientemente llevada a la pantalla por el director canadiense David Cronemberg.

Dice DeLillo que no le gusta escribir en clave de ensayo. Supongo que referido a estos cuentos eso quiere decir que no propone tesis alguna ni aspira a mostrar o demostrar nada. Afirma en la misma entrevista concedida a Eduardo Lago el 1 de septiembre de 2012 y publicada en El País, que escribe los cuentos sin plan previo, dejándose llevar en ocasiones de "cosas" o personas que ve por la calle y sobre las que algo en lo percibido le obliga a fabular: "Mi escritura surge de una experiencia visual", afirma. Y añade que los personajes se le presentan y le hablan y que el cuento termina pero no acaba, dice, esto es, se interrumpe. Creo que el lector encontrará en los cuentos pruebas de la veracidad de estas confidencias, esos magníficos artificios narrativos que, a pesar del tiempo que separa al primero del último, revelan una unidad de estilo que no dejará de sorprender a los lectores habituales del maestro neoyorquino.

Por José Lasaga
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