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RESEÑA

Miguel Espigado: La ciudad y los cerdos

domingo 17 de marzo de 2013, 13:06h
Miguel Espigado: La ciudad y los cerdos. Lengua de Trapo. Madrid, 2013. 208 páginas. 17,50 €
Separar las joyas de la pacotilla, es sabido, requiere una distancia de criba cultural que la velocidad de estos tiempos modernos y la cantidad de material por examinar no facilitan. Sin embargo, en la última hornada de nóveles escritores disponemos de varias plumas que algarazan a las juventudes y levantan aplausos pero también alguna censura de afianzados o puristas. De entre los varones, caben destacar varios nombres propios: Jesús Carrasco y su inmácula y cruda novela Intemperie o la alegórica apuesta cargada de lirismo cavernícola de Iván Repila, El niño que robó el caballo de Atila, hasta la purga desmitificadora de Rubén Martín Giráldez con su buen libroMenos joven. Con voluntad de sumarse a estos nombres aparece La ciudad y los cerdos, segunda novela de Miguel Espigado.

Estructurado a modo de guía turística en seis capítulos con títulos convencionales del subgénero (“Cómo llegar”, “Visita rápida”, “Gentes y lugares”, “Fiestas de guardar”…), el texto nos adentra en Helmantic City, trasunto deforme de Salamanca, ciudad orgullosa de su pasado al que rinde pleitesía en modo tortuoso puesto que presente y futuro “se funden y se confunden” en una viscosa masa víctimas de aquel tiempo añejo. Nuestro protagonista es Max Francia, director de cine de fama menguante contratado para grabar una guía documental sobre la vetusta ciudad por Quinto Martín, empresario jamonero y patriarca de una Fundación deseosa de amañar con facilidad su contabilidad. Con el traqueteo del rodaje descubriremos las sombras de Helmantic City y las miserias de sus habitantes pero también los dislates cada vez más pretenciosos del equipo de rodaje. De entre lo mejor del texto se encuentra alguna parte del rodaje del documental en el que se presenta el poder hipnótico de la ciudad que “parecía mover todas esas bocas para narrarse a sí misma y atraer toda la atención”.

Nuestro autor parece estudiar el lado más oscuro y vidrioso de aquel lema charro que todo universitario debiera conocer “Quod natura non da Salmantica non praestat”. La monotonía, la pobreza, la vulgaridad de la vida sencilla que se presupone a esta ciudad de provincia queda devorada por la avaricia, la gula, la sordidez o el hedonismo desenfrenado. El tono irreverente de la narración y el modo de componer de Espigado convierten el tipismo enervante en espejo de miseria a partir de un volteo satírico o como gusta decir un personaje “la humanidad es como una de esas pinturas 3D: hasta que no la miras desenfocada y turbia, no ves su verdadera forma”. La verdad, o al menos su espejo, está en el fondo del vaso, como decía ese gran personaje dramático de Valle Inclán al que apunta la homonimia del director Max y su radical ataraxia final. Miguel Espigado nos ofrece a vuelta de frase toda la cochambrosa ordinariez de la mundana vida, sin aspavientos ni aparente crueldad, con simulada asepsia.

Hay hallazgos notables como la descripción a través del recorrido de un barrendero de los arrabales conformados por chalés adosados donde las banderas nacionales “ondean en palos de fregona” o el discurso sagaz y suicida de Max Francia en la Universidad. Aparte queda la incisiva mirada del autor para abordar las cuestiones sociales más actuales poniendo en sana y desmitificadora solfa algunos aspectos de los movimientos asamblearios, la disquisición sobre el nuevo tipo de parado o los desternillantes consejos para manifestarse.

Otro particular de la novela es el atrevido experimento de ofrecer una extensión musical, una audio lectura de ciertos pasajes en clave de hip hop ( http://elespigado.wordpress.com/2013/01/28/literatura-para-escuchar).

En resumen, hay un brillo amargo que trasluce una realidad demasiado cercana vista a través de un foco chirriante o por decirlo con palabras de la novela “–La luz de Castilla… Su nitidez. Su limpieza. Qué transparencia tan cruda, lo perfila todo… la hostia…”

Por Francisco Estévez
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