Enseñar por quien no sabe
lunes 18 de marzo de 2013, 18:17h
Sobre los pueblos se desatan a veces tragedias espantosas. Por ejemplo, les invaden los hunos o se presentan de sopetón todas las plagas bíblicas. España ha sufrido catástrofes colectivas de similares efectos, pero entre las más recientes ninguna tan dañina en sí misma y por sus efectos en el tiempo como el estrago de las políticas socialistas en educación, y desde hace treinta años no ha habido de hecho otras. A su amparo se ha formado ésa que un eslogan tan jactancioso como infundado supone la generación mejor preparada de la historia. Nadie sabe cómo podría calibrarse esa diferencia de formación ni respecto a quién, pero sí es seguro que ésa es la generación más excluida del mercado de trabajo y de las responsabilidades de la vida adulta de que hay memoria, y bastará pensar un poco para ver que esa situación lacerante para tantos y vergonzosa para todos tendrá algo que ver con qué y cómo han aprendido sus integrantes en la etapa escolar, ésa sí la más larga en promedio de cuantas se puedan recordar.
Aunque todos los días hay motivos para meditar sobre ello a veces resulta obligado hacerlo. Por ejemplo, con lo que hemos sabido sobre el nivel de los opositores a maestro en las últimas convocatorias que ha dejado entrever la Comunidad de Madrid en el informe sobre los cambios que quiere introducir en el procedimiento de selección. Informe en el que hay perlas perfectamente engastables en las hilarantes “Antologías del disparate” compuestas hace años con respuestas de examinandos en las reválidas de aquel bachillerato que sin ser unificado ni polivalente servia para que el que se lo propusiese aprendiera. Algunos de esos opositores, que han construido su incultura en las LODES y las LOGSES, están lo suficientemente seguros de que la gallina es de la clase Mammalia como para escribirlo, desconocen por completo la geografía física y política de España o prodigan faltas de ortografía de las que en tiempo remotos le dejaban a uno, con nueve o diez años, sin posibilidad de presentarse (qué decir aprobar) al examen de ingreso. Admítase como hipótesis de trabajo que el informe destaca aviesamente casos excepcionales o extremos, según pretenden los sindicatos y quienes se dicen marea verde (parece que no por lo inmaduro de su capacitación profesional sino por algo cromático). Pero los porcentajes globales de aciertos en cuestiones simples de Matemáticas o Lengua son tan significativos como demoledores. Y además no hace falta este informe para saber que ésa es más o menos la media entre diplomados y licenciados españoles en ciencias sociales y humanidades; todo el que conoce de cerca la enseñanza media y superior lo sabe. Todo el que corrige un examen, donde todavía la intimidación ambiente y la apatía no los ha erradicado, sabe que los errores ortográficos elementales son masivos, que la capacidad de escribir una frase con sujeto verbo y predicado escasea y que el uso de subordinación es algo insólito. Es decir, cualquiera que no quiera engañarse sabe que el sistema escolar no da a la mayoría o al menos a una gran parte, el dominio de recursos instrumentales básicos de lectura y expresión escrita, de comprensión, ordenación y uso pertinente de la información, que lo aprendido es poco, disperso y confuso.
Las causas de la situación son muchas y de diferente naturaleza, desde el menosprecio por el conocimiento, la responsabilidad personal y el esfuerzo, a decisiones trascendentales tomadas en función de prejuicios ideológicos groseros, pasando por políticas de reclutamiento y promoción del profesorado partidistas y arbitrarias. Sin olvidar, por supuesto, la influencia de ciertos expertos de la pedagogía cuya más relevante capacidad parece ser envolver la nada en terminología pretenciosa. De ellos suele proceder, con sus efectos prácticos, esa acepción distorsionada del constructivismo que tiende a transformar las aulas escolares en verbenas y a cada escolar en una salvedad. Lo que a estas alturas es seguro es que no es un problema de medios, de dinero. Aunque siempre sea poco, lo invertido en el último medio siglo, y en especial en los decenios más recientes, lleva a la conclusión de que es más importante cómo y en qué se gasta. Tan desalentador es el panorama que lo asombroso resulta ver cuántos buenos profesores hay en todos los niveles educativos, cuánto es su esfuerzo, cuánta la generosidad con su tiempo, cuánta su resistencia a las enfermedades profesionales y la resignación, y cuántos los colegios e institutos que forman y preparan a sus alumnos.
Aunque sean la excepción no dejan de constituir una esperanza de que con otros planteamientos las cosas podrían ser muy diferentes. La otra esperanza es que los opositores que dicen que las gallinas amamantan en realidad no lo crean. Lo ponen porque, tal como está concebido, el sistema de acceso al profesorado público penaliza la cualificación frente a la antigüedad en esos puestos interinos cuyo acceso nadie sabe bien quién controla realmente pero a los que se llega sin demostrar preparación y en los que la continuidad está asegurada si se concurre a la oposición sacando unos cuantos puntos. No es nada seguro por eso que la Consejería madrileña acabe consiguiendo cambiar el sistema. Ya están en ello los sindicatos más dados a manejar listas de interinos que al reconocimiento del mérito, esa cosa tan poco igualitaria y tan facha.
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Catedrático de Historia del Pensamiento Político
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