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La revolución de las buenas maneras

martes 19 de marzo de 2013, 20:25h
Me impresionó hace unos días que unas cuantas personas interrumpiesen el discurso del primer ministro portugués Pedro Passos Coelho entonando la canción “Grândola, Vila Morena”, que fue la contraseña para iniciar la Revolución de los Claveles en 1974. Coelho exponía en la tribuna de la Asamblea de la República los acuerdos adoptados en un pasado Consejo Europeo. No fue, evidentemente, una casualidad el momento elegido por el grupo del movimiento “Que se lixe a troika” (Que se joda la troika). Con su canto querían llamar la atención sobre las duras medidas que la Unión Europea está imponiendo, entre otros países, a Portugal para hacer frente a la crisis económica. En Grecia, en Portugal, en Irlanda, en España, ahora en Chipre, muchos ciudadanos no entienden que el peso de las políticas gubernamentales contra la crisis acabe recayendo sobre sus cada vez más débiles espaldas. La austeridad en las políticas del estado del bienestar que afectan a pilares básicos del modelo social construido después de la Segunda Guerra Mundial como la sanidad y la educación públicas, acompañadas de reducciones salariales y de pensiones junto a subidas de impuestos que repercuten especialmente en las clases medias no son entendidas porque no han ido aparejadas de otras que claramente –y no como mero maquillaje– vayan contra los verdaderos responsables de la crisis y contra los privilegios de los políticos que coadyuvaron a la mala gestión de los años de crecimiento; políticos que no supieron prever la crisis y no adoptaron medidas paliativas contra la misma y que, en no pocos casos, fueron responsables directos, como en España, de decisiones que empeoraron la situación, como, por ejemplo, el mal gobierno de las cajas de ahorro que controlaban los partidos políticos a través de las Comunidades Autónomas. ¡Y seguimos enterándonos a diario no sólo de los generosos privilegios de que gozaron los políticos y sus representados en dichas instituciones sino de los que siguen gozando y de las resistencias a desasirse de los mismos!

Es verdad que en los pasados tiempos de auge económico mucha gente se benefició del mismo, especialmente en países como Irlanda o España donde la burbuja inmobiliaria infló los precios del suelo y de las viviendas, o donde la especulación bursátil resultó exitosa, pero no es menos cierto que los beneficios de aquellos años se repartieron de forma muy desigual –ahí están las estadísticas– y ahora que el perfil de la situación económica ha virado totalmente se pretende una socialización de las pérdidas. Mientras que los grandes beneficiarios del crecimiento de la riqueza de aquellos años vivían rodeados de lujos y ocultaban buena parte de sus ingresos al erario, es decir, no declaraban impuestos por todos los beneficios obtenidos –eso quienes no se los llevaban a paraísos fiscales–, ahora se está produciendo una colectivización de las pérdidas por medio de aportaciones públicas que salen del bolsillo de todos los ciudadanos para tapar agujeros privados. De esto es de lo que la gente se está hartando, incluso aunque entienda los riesgos de que algún banco quiebre y que pueda arrastrar en su hundimiento a otros o a la economía en su conjunto. El mensaje que se transmite con esta ayuda a los bancos es subliminalmente peligroso porque dentro de poco tiempo la gente se dirá: si hemos colectivizado las pérdidas y asumido la mala gestión de lo privado, por qué no socializamos también la propiedad. De momento, esto sólo se ha producido con determinadas entidades, en general ya de titularidad pública, y para hacerse cargo de las deudas, pero no nos extrañemos si hay quienes empiezan a cuestionarse por qué sólo se colectivizan los bancos quebrados y no los que obtienen beneficios. Desde luego no es mi propuesta, pero entiendo que haya gente que se haga este planteamiento si los políticos imponen el otro.

Hace unos meses tuve la oportunidad de compartir mesa con el presidente Mário Soares, quien nos enseñó algunos de los tesoros que su Fundación conserva y nos habló de aquellos intensos momentos del derrocamiento de la dictadura. Resultó emocionante escuchar de primera mano la narración de aquellos hechos y las impresiones de los mismos que transmitía uno de los protagonistas de aquella revolución, entonces exiliado, pero que inmediatamente regresó a Portugal. Recuerdo que el profesor Soares insistía en la importancia de la movilización ciudadana. La capacidad de aguante del pueblo tiene un límite, y ese límite lo refleja bien la preciosa letra de ese símbolo revolucionario que es “Grândola, Vila Morena”. Hay dos versos que me emocionan cada vez que escucho esta canción y que, además, expresan bien lo que los ciudadanos querían en aquel momento, y pienso que quieren ahora: “O povo é quem mais ordena” y “Em cada rosto igualdade”. Reflejan profundamente lo que la Revolución de los Claveles quería, que no es otra cosa que lo que la Edad Contemporánea representa en Occidente: Estado de derecho, imperio de la ley, soberanía popular e igualdad ante la ley, que para que sea efectiva requiere de un mínimo de igualdad de oportunidades.

Una revolución de buenas maneras que evite toda violencia y todo radicalismo en su expresión, aunque no de fondo, tiene que volver a reivindicar estos principios y poner a los ciudadanos, que son el pueblo, en el centro de la vida política. Esto puede parecer una mera frase, pero llevada a su radicalidad supone que cualquier política tiene que partir del principio del bien común, del beneficio del conjunto y no del de una parte. ¡Qué lejos han quedado aquellas expresiones que al comienzo de la crisis en Estados Unidos planteaban una refundación del capitalismo! Y es necesaria, sobre todo para ir a una economía de libre mercado con rostro humano en la que el ciudadano no quede diluido entre las grandes cifras de la macroeconomía.

A pesar de la situación, trágica ya para mucha gente, numerosos políticos –no quiero hablar de ellos como clase o casta, pues entiendo que hay diferencias y actitudes personales muy distintas–, numerosos políticos, digo, siguen haciendo malabarismo con las palabras e intentando justificar lo injustificable. Es evidente que en un Estado de derecho hay que esperar a que la justicia, el tercer y a veces olvidado poder público, dictamine sobre la culpabilidad o no de determinadas actuaciones de personas concretas, pero resulta muy difícil ocultar lo evidente. Hace falta una revolución de buenas maneras que remueva los enfangados fondos de un sistema que está olvidándose de la gente concreta para poder mostrar unas cuentas cuadradas sobre el papel pero descuadradas en la calle: una revolución en la que los claveles no se pongan en los fusiles, que es mejor que sigan acuartelados, sino en los escaños parlamentarios, en las sillas del consejo de ministros y en los bancos de los tribunales de justicia, recordando que “o povo é quem mais ordena” y “em cada rosto igualdade”, una igualdad que no olvide nunca los derechos y libertades fundamentales.
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