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Obama, de visita otra vez a Canosa (Israel)

Víctor Morales Lezcano
miércoles 20 de marzo de 2013, 21:24h
The Other Side of Despair: Jews and Arabs in the Promised Land, tal es el título de la considerable monografía que publicó Daniel Gavron, en 2003, sobre el tema inagotable de cuántos Estados caben en el territorio actual de Israel (circa 21.000 km2.).

El año que se editó el libro soplaban brisas favorables para la solución que propugnaba la coexistencia de dos Estados, israelí y palestino. La Conferencia de Madrid abrió el camino hacia Oslo. Oslo I propulsó, a su vez, un “máximo” de entendimiento entre Tel Aviv y Yaser Arafat, cabeza de la Autoridad Nacional Palestina por aquellos años.

Sin embargo, la intransigencia del Likud y de sus coaligados ultrarreligiosos (caso del partido integrista Shas) forzó el repliegue, incluso, del tibio Simón Peres y de sus fieles social-demócratas, hasta el punto de titubear sobre la conveniencia de apoyar la solución de dos Estados para un territorio codiciado donde lo haya.

Fue así, a grandes rasgos, como se conquistó el ideal de un precursor esperanzado, de nombre Judah L. Magnes (1877-1948). Magnes -recordemos- portó la antorchar de un ideal encaminado a diluir la tensión -creciente ya en 1948- entre israelíes y palestinos, entre sionistas y panarabistas.

El proceso de mediación activa, aunque a medio gas, por parte del cuarteto (Rusia, la Unión Europea, Estados Unidos y la ONU), la buena voluntad e impotencia de la Liga de Estados Árabes, y el wishful thinking de los presidentes demócratas de Estados Unidos (Clinton, primero, y ahora Obama), no han logrado que se abra paso franco la solución del establecimiento de dos Estados en Israel, basada en las fronteras palestino-israelíes reconocidas internacionalmente antes y después de 1967.

Sin saberlo, conscientemente al menos, millones de observadores del contencioso por excelencia en Oriente Próximo, han terminado por ir sepultando en el olvido el proceso de paz y el aliento que se insufló a la negociación en ciernes en Wye Plantation durante el otoño de 1998. Gradualmente, se ha ido imponiendo en los círculos adictos al pragmatismo estricto de la power politics la creencia de que, ante el peligro que representa el ascendiente de Hamas en la zona palestina de Gaza y la flaqueza política de la Palestina asentada en el flanco izquierdo del río Jordán, aparece como “menos mala” la solución de un Estado único para Israel, pero respetuoso al máximo (¿?) con los derechos de la población árabe que habita el “paraíso prometido” generación tras generación. Incluso Avi Shlaim, mente lúcida de la judería británica, ha terminado por aceptar recientemente esta opción; a sabiendas de que la política israelí de colonización del flanco occidental del Jordán por asentamientos judíos está muy avanzada y de que el nuevo gobierno israelí de Netanyahu no cejará en impulsarla más, si cabe. Y es que después de las elecciones del 22 de enero, no le faltan animadores irreductibles como Naftali Bennett desde la Knéset, o parlamento. Se trata de un líder que cuenta con doce diputados de signo ultranacionalista, y es partidario incondicional del alineamiento con el bloque de gobierno likudí y sus satélites integristas.

Varias voces previsoras vienen advirtiendo al presidente Obama que su próxima visita a Israel el miércoles 20 de marzo está cargada de responsabilidad histórica. El estado de opinión internacional proclama indefectiblemente -con el argumentarlo de la ONU a su favor- que la solución de dos Estados coexistentes en Israel, a partir de cómo estaban las cosas en 1967, es el menos injusto de todos los arreglos posibles. Si Obama pretende interpretar de nuevo el papel de amicabilis compositor entre las partes en litigio en Israel, pero no se hace respetar por Netanyahu, ¿de qué servirá al presidente emprender otra marcha hacia Canosa, si la razón de ser de la misma -la negociación- está preestablecida reciamente por Tel Aviv? Obama corre, en rigor, el riesgo de que su “buena voluntad” formal se estrelle públicamente contra el bloque compacto que gobierna Israel, férreamente opuesto en sus entrañas a los acuerdos de Oslo y Gaza-Jericó.

Cierto es que ha habido coyunturas internacionales más propicias para despejar equitativamente el contencioso palestino-israelí, aunque tampoco se podría haber desanudado, como ocurrió, en efecto, en 1998. Actualmente, las secuelas de la “Primavera Árabe”, la guerra entre sectas que asola Siria, y la incertidumbre que planea sobre Egipto, con predominio musulmán en el gobierno, contribuyen a que la cláusula rebus sic stantibus vuelva a imponerse en las conversaciones entre Obama y Netanyahu, previstas para el próximo miércoles.

Sin embargo, la “Primavera Árabe” tiene entre sus logros el haber despertado una conciencia vigilante del contencioso palestino-israelí por parte del gabinete de Erdogan en Turquía, mientras que ciertos cenáculos y lobbies europeos muy considerados, estiman que nos encontramos todos ante un encuentro que, o no debió de fijarse ante los augurios que preconizan su fracaso, o ha de significar, si tomado con responsabilidad, un acto político decisivo para reemprender en Israel el camino que conduzca hacia la solución de dos Estados en el ¿paraíso perdido? ¿o en el hogar reencontrado?

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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