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10 años de la invasión a Irak

jueves 21 de marzo de 2013, 20:15h
Conmemorar el décimo aniversario de una patraña nunca está de más. Contra el olvido: hablemos.

Justamente estamos en ello al cumplirse diez años de la invasión perpetrada contra Irak iniciada entre el 19 y el 20 de marzo de 2003 y prolongada en la ocupación militar hasta 2011. Asistimos al dantesco episodio de ver como se arrollaba un país en pleno siglo XXI. Un país en manos de un impresentable como Sadam Hussein, ahorcado por otro impresentable y aun más cínico llamado George W. Bush, con un costosísimo y elevado número de víctimas iraquíes que sencillamente fueron arrolladas, sea que se cruzaron en el camino de los invasores o de quienes atentaron contra los colaboracionistas iraquíes con aquellos invasores que al final, se redujeron a los Estados Unidos, por mucha alianza que alardearan.

¿Qué trajo la guerra aquella? Muertos, la destrucción del ejército iraquí, la desmoralización del patriotismo de aquella nación, la intervención extranjera, el saqueo vergonzoso e impune de sus recursos, de sus museos y de su patrimonio, cuna de la Humanidad, palabra escrita con mayúscula y expuesta frente a tanta trapacería. Pero por sobre todas las cosas, lo más importante y es en donde pongo el acento, es que son dos los temas a no olvidar: uno: los intereses energéticos estadounidenses – y para más señas, de sus élites con la dupla Bush-Cheney– – apuntalados en otros rubros tales como asesoría, equipamiento, entrenamiento en diversos órdenes mezclados con empresas y contratos en Irak tras el conflicto, cuya consecuencia es que van quedándose con el petróleo iraquí de la mano de otras potencias. Ha de ser cosa de la democracia.

El segundo tema a considerar es que ante la segunda –acaso solo la tercera– reserva petrolera del planeta, nada más pero nada menos, solo se logró azuzar al terrorismo sin componer uno solo de los problemas de la región, aunque garantizando el suministro de crudo iraquí a mercados mundiales, recibiendo Irak adiestramiento estadounidense a cambio de ello, lo que es iguala recibir un pan por un costal de harina también hay que decirlo, ayuda que nadie les pidió; dicho esto por aquellos que digan que Estados Unidos solo lleva progreso, aunque nadie se los pida, recordando que nadie da nada por nada.

Aquella región es igual o más insegura que hace diez años y ahora las baterías apuntan hacia Irán, que sí posee lo que no tenía Hussein y es, geográficamente hablando, la continuación de los ricos yacimientos iraquíes. Allí sigue para mí la clave fundamental de lo que pueda venir: el petróleo.

La patraña de la guerra de Irak, mal justificada so pretexto de la existencia de armas de destrucción masiva en manos de Hussein y sus nexos con Al Qaeda, jamás localizadas ni identificados plenamente ni por cielo ni por mar ni por tierra, generaron una intervención que sacó a medio planeta a las calles oponiéndose contra los designios de muchos gobiernos. Diez años en que naturalmente la América Latina ha estado fuera del espectro estadounidense, que para mí explica la perduración de las bravuconadas chavistas tan del gusto de venderle petróleo sin recato alguno al “Imperio”. Y no promete ser un área prioritaria en la segunda administración de Obama.

Al tenor de lo expuesto, es nauseabundo leer declaraciones derivadas de esa doble moral puritana estadounidense, bien conocida en muchas partes del mundo, hechas por el recién asesinado francotirador Chris kyle, condoliéndose de sus compañeros de armas, pero despreciando abiertamente a los iraquíes jactándose de haber asesinado –cazado– a 160 mínimo, cual trofeos cual animales. Su vanagloria es deplorable al asumirse portador y defensor de una democracia. Y no se venga a decir aquí que todos los ejércitos cometen excesos. Que aun así, entonces también merecen ser denunciados si además aducen que representan democracia y civilización. 655 mil iraquíes muertos no valdrán menos que 4 mil estadounidenses invasores caídos, aunque para personas como este francotirador tal parece que sí. Deplorable, ya le digo.

La guerra de Irak nos ha dejado verdaderos conflictos secundarios. Me concentro en tres: el primero de ellos: Guantánamo y la demostración de la más asquerosa y descarada impunidad de una potencia que puede hacer a su antojo a organismos y resoluciones, acomodándolas a sus intereses, mientras juega a que la justicia de los Estados Unidos no es competente para juzgar sus torturas y conocer las miserables acciones de sus tropas cometidas en la prisión situada en Cuba, cedida como base militar a perpetuidad en el tratado leonino de 1903. No importa que la bandera estadounidense ondee en ese territorio “de nadie” y que los cubanos no puedan ingresar a ese espacio. A saber entonces quién sea responsable de cuánto allí sucede y que calla o tibiamente refiere Human Rights Watch por tratarse de los suyos. Merecen un calificativo: hipócritas. Es una vergüenza que deshora y desprestigia su bandera y que siempre debe denunciarse al existir impunemente tal crimen.

Lo segundo es preguntarnos ¿qué ganaron muchos gobiernos que secundaron aquella invasión? ¿prestigio o beneficios de unos cuantos a costillas de Irak? ¿contratos jugosos? ¿foto en portada? Si solo se quedó en sacar un ojo morado en sendos atentados terroristas, sería tristísimo. Atentados en que habrían muerto quizás personas que participaron en las marchas que se oponían a esa guerra.

Y tercero: evoco la postura firme, los pantalones bien puestos del embajador mexicano Adolfo Aguilar Zínser (+) que desde el Consejo de Seguridad se opuso a que México votara favorable la resolución de la ONU que permitiría la intervención en Irak, semanas antes de producirse, y ya sin que jamás sucediera tal votación. Se pasó sin ella a la invasión encabezándola Estados Unidos sin el aval de la ONU. Ello acrecentaba la ilegalidad de la agresión, condenable en toda forma. En aquellos días el embajador de España, Inocencio Arias expresó a un diario español que el mexicano en su postura innegociable era “hueso duro de roer”. Gracias al embajador Aguilar Zínser cupo la mesura en la mesa y México igual que muchos otros protagonistas de aquel Consejo de Seguridad al no tener facturas que le cobraran en Oriente Medio, ya fuera por gobiernos, grupos terroristas o similares salvó a México de atentados como los de Londres o Atocha, tan innecesarios y tan desgraciados pero sobre todo tan gratuitos para nosotros.

Diez años han pasado y como si nada. Eso es la peor lección que nos deja este aniversario.
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