Estado, teología y televisión
Simon Royo Hernandez
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siroyorocketmailcom/6/6/17
viernes 22 de marzo de 2013, 20:43h
En el siglo V a.C. ya enseñaba Crítias en su Sísifo que los gobernantes habían inventado a los dioses con la intención de gobernar mejor a los ciudadanos, haciéndoles creer en un policía interior (Freud lo llamará "Super-yo") ante el cual no podrían ocultar sus delitos ni pensamientos. Poco después, hacia el 400 a.C., Platón escribirá La República, donde nos contará lo que son las "mentiras necesarias" (414b-d): el hombre de Estado tiene que inventar "mentiras nobles" para persuadir a los ciudadanos y que sean buenos. Inmediatamente pasa a narrar el Mito de las Edades (415a-d) y termina su libro sobre cómo fundar y dirigir el Estado perfecto con el Mito de Er (614b ss), en el que tal personaje muere, permaneciendo su cuerpo incorrupto, resucita y nos cuenta cómo es el más allá, la manera en que las almas inmortales de los buenos van hacia arriba a recibir dichas y las de los malos hacia abajo a recibir castigos. Por algo dijo Nietzsche que "el cristianismo es platonismo para el pueblo".
Sin embargo hoy por hoy, el poder del estadista ya no necesita del omnisciente ojo divino para someter a los ciudadanos, sino que le basta con la televisión. Ese aparato sustentado por la nada eléctrica de unos rayos catódicos es el Superego actual. Aborrega mucho mejor que las Iglesias y las sectas, manipula, más bien crea la opinión pública, a la que hace balar como les place a los políticos de turno. De ahí el eterno bipartidismo único, donde lo haya, o monopartidismo, donde lo hay.
Quien desenchufa la televisión y se pone a leer comete un pecado de desmesura -hybris, la llamaban los griegos- y comienza la difícil andadura del héroe trágico. La buena literatura universal, la primera democracia en la Atenas ilustrada, desde cuyo repensamiento podrá quizá salvarse la democracia actual algún día, me ha protegido de la psicosis del televidente.
Ya no veo la televisión, ni la pública ni la privada. Después de estar casi lobotomizado por los partidos de fútbol, los programas concurso y los reality shows, intenté mirar sólo los telediarios, pero las imágenes contradictorias se sucedían con pasmosa celeridad: "¡Feliz desenlace!, todos muertos, los monstruos que se han atrevido a exigir tierra y libertad exterminados"; "Un oso hormiguero nace en el zoo de Berlín"; "Desnutrición en Zaire, se calcula que el dictador Mobutu llegó a poseer 35 millones de euros, una ciudad francesa lo acogió como benefactor de la humanidad"; "Pase de modelos"; "Más millones de parados". Anuncios: "Compre un coche, una casa, pida créditos; Pulcrilim lava mejor"; "Beber no es vivir"; "Whisky de los triunfadores, la copa que te hace irresistible"...
¡Apagadlo!, ¡Apagadlo!, mi hermana me dice que no les de ordenes contradictorias a sus perros porque se vuelven psicóticos, pero a nosotros nos bombardean con mensajes contradictorios sin descanso.
Dejemos la televisión pasiva y volquémonos sobre los medios participativos y verdaderamente democráticos como ciudadanos responsables en la construcción de una ciudad. Platón mentía en sus mitos, pretendía también realizar teología a través de la política, pero dejó maravillosas partes de su obra, como ejemplos de la participación ciudadana, hace unos dos mil quinientos años, que no se han superado todavía. Así que, amigos, hagamos el esfuerzo: menos televisión y más lectura responsable.
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Profesor en la UNED y Doctor en Filosofía
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