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CRÍTICA

José Varela Ortega: Los señores del poder y la democracia en España

domingo 24 de marzo de 2013, 15:02h
José Varela Ortega: Los señores del poder y la democracia en España. Prólogo de Shlomo Ben-Ami. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Madrid, 2013. 560 páginas. 24,90 €
Los amigos políticos: partidos, elecciones y caciquismo en la Restauración (1875-1900), en su origen una tesis doctoral, dirigida en la Universidad de Oxford por Raymond Carr, fue la primera gran obra –hoy clásica- de Varela Ortega. La Restauración, más allá de su condena lapidaria, “oligarquía y caciquismo”, que, por supuesto, los hubo, se nos mostraba en su real complejidad, como un régimen liberal estable, aunque no democrático, semejante a otros de la Europa de entonces, en el que “el fraude electoral se combinaba sabiamente para integrar intereses e influencias locales”. Se trató de poner fin a la intervención del ejército en la política y sus principales beneficiarios – empresarios del poder –serían un conjunto de políticos liberales. Al final, este esfuerzo por civilizar la vida pública española concluirá con el golpe de Estado de Primo de Rivera, que pondría también fin a cualquier posibilidad de que el régimen evolucionara –y no era improbable-, hacia una solución democrática. El éxito del libro, en el que se incluía una excelente descripción de la vida rural castellana, se basó en la capacidad de su autor, sin la que un historiador, nos dice Isaiah Berlin, no puede realizar su tarea, de pensar, sí, en términos generales, mas también de asociar, de percibir, la relación de las partes con el todo, “de sonidos o colores particulares con las múltiples melodías o cuadros posibles de los que podrían formar parte”. En términos hegelianos, la “razón sintetizadora, con su lógica propia, predominando sobre el “entendimiento analítico”. Años después, en el 2001, completando Los amigos políticos, Varela dirige El poder de la influencia .Geografía del caciquismo en España (1875-1923). La Restauración, mediante un conjunto de estudios regionales, adquiere así profundidad al incorporar “las variantes de un tiempo y las complejidades de un espacio”.

Los señores del poder y la democracia en España: entre la exclusión y la integración (2013), culmina, ampliándola, la continuada meditación de Varela, sobre la política y los políticos, mediante una descripción comprensiva de la historia contemporánea española, desde la guerra de la Independencia hasta nuestros días. La mirada del autor es realista, atenta a lo que “realmente” ocurrió. Un realismo democrático, con la política en primer término, como ámbito de gestión de la sociedad global, que contempla la capacidad o incapacidad de un régimen para integrar a sus ciudadanos y la medida en que los políticos –los señores del poder- contribuyen a una u otra. La posición del historiador es irreductible a la cómoda definición “de izquierdas o de derechas”, pues el realismo como ha escrito Sartori, es un ingrediente de cualquier posición política en cuanto es su presupuesto informativo: “cualquier propuesta descriptiva (si es exacta) es de hecho una proposición realista”.

Desde esta actitud –compresión, más que juicio, de los hechos- de Varela, Los señores del poder, escrito en un lenguaje brillante, atento al detalle significativo y, permanentemente, a la comparación con países diferentes en épocas distintas, resulta un libro altamente original, expresión de un pensamiento libre de lo que venimos llamando “corrección política”. Nos fijaremos en dos momentos especialmente controvertidos de nuestra historia reciente. Se nos presenta una visión descarnada de la II República. Radical, incapaz de “centrarse”; con una Constitución, no consensuada, de izquierdas; con gobiernos débiles, inseguros, erráticos. Y unos políticos, cuyas figuras excepcionales son escasamente representativas al predominar personas “carentes de una formación y actividad profesional ordenada, normalizada y exigente”. Honestas y bien intencionadas, de moralidad rigurosa, “casi tan implacables con el descuido económico como relajadas con el principio de legalidad y comprensivas con la violencia política”. La “fiesta republicana” concluirá con el estallido de la Guerra Civil: si “los padres putativos […] fueron Franco y los oficiales rebeldes, Largo Caballero fue su comadrona, al precipitar con el fórceps de las armas, el alumbramiento de la diabólica criatura”. El conflicto bélico sumergió España en una “orgía de sangre” que continuará hasta los años cincuenta: “el exterminio como versión patológica del exclusivismo político” titulará el historiador.

Tras los largos años de dictadura, llegó la democracia, fundada en una transacción, en un pacto, como casi todos los regímenes democráticos estables desde sus orígenes, en el que “las cesiones no se tradujeron en claudicaciones”. Gestionada desde la moderación –en realidad, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial todas las democratizaciones han sido realizadas por partidos moderados- se intentó en nuestra Transición rectificar los errores de un pasado inmediato en el que, fruto de una doble alucinación, como dijo Américo Castro, se impuso el sectarismo. Varela concluye su libro desazonado por la deriva reciente de nuestro sistema político, consecuencia de una “memoria histórica”, entendida como “instrumento del presente”, fundada en una “idea anacrónica de la II República”.

Parece retornar la “filosofía de la exclusión”, representada por el presidente Rodríguez Zapatero, con la expulsión del adversario del marco político, al pactar con unos nacionalismos periféricos, localistas, arcaicos, orientados a recuperar identidades preexistentes, más o menos inventadas. Al concluir el trayecto descrito por el profesor Varela, volvemos, nos parece, y retomando expresiones acuñadas por Américo Castro, a algo que creíamos superado, a la permanente sensación de “inseguridad” sobre nuestro pasado y nuestro futuro, al “vivir desviviéndonos”, desde el momento en que rechazamos, o no queremos ver, nuestro pasado en su integridad. Y una vez más, solo la vuelta a los acuerdos, a los pactos, a la concordia, se nos ofrece como ideal, como único horizonte de salida.

Algunas consideraciones más para cerrar este breve comentario a un libro tan lleno de contenidos y sugerencias, polémico sin duda, provocador si se quiere. En primer lugar, junto a la concepción empírica y pragmática de la democracia, indispensable, parece necesario dotarla de una dimensión valorativa y normativa que mantenga los ideales frente a la presión, ineludible, de lo real. Admitido lo imprescindible de una concepción realista de la política, cabría escribir nuestra historia desde los esfuerzos por alcanzar la libertad, la igualdad, la justicia, en suma, los valores característicos de la democracia liberal. En gran medida –y menos mal- todavía seguimos viviendo de lo mejor de nuestro liberalismo histórico: derechos del hombre, libertades públicas, tradiciones administrativas, constitucionales y parlamentarias… En segundo término, el concepto de civilización, formulado por Jover, en la huella de Altamira, creemos que tiene una dimensión prescriptiva y moral, capaz de dar sentido a una historia abierta al futuro. Y, para concluir, ante la incertidumbre del presente no cabe -y éste es el gran riesgo para la democracia- intentar destruir el presente desde un afán de perfeccionismo insensato, por mucho que haya de perseguirse el primado del Derecho y el imperio de la Ley. Volvamos a Hölderlin “Lo que ha hecho siempre del Estado un infierno en la tierra es precisamente la tentativa del hombre de convertirlo en su paraíso”.


Por Antonio Morales Moya
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