Semana Santa, el Papa Francisco y la vida del Espíritu
martes 26 de marzo de 2013, 17:29h
En breve viviremos la primera Semana Santa con el nuevo Papa Francisco, hombre que ha despertado bastante ilusión dentro y fuera del mundo cristiano. El Papa Francisco ya ha mandado algunos importantes gestos orientados a recuperar la sencillez y lo esencial del mensaje de Cristo. Ya el nombre elegido es todo un mensaje en recuerdo de San Francisco de Asís. Con el nuevo Papa Francisco podemos rememorar los momentos más decisivos de la vida y pasión de Cristo. El lavatorio de los píes fue la gran revolución de la historia de la humanidad, pero aún no nos hemos enterado. El Maestro no sólo se hizo esclavo a los ojos de sus discípulos, lo cual para un judío ya era un escándalo, sino que les indicó que quien no siguiera sus pasos no tendría entrada en el reino de los cielos.
Cristo cambió y reinterpretó dando pleno sentido a las Sagradas Escrituras. El sacramento de la última cena, la Eucaristía, es el mayor signo de amor de la historia del hombre. Cristo se hace cordero, esto es, asume los pecados pasados, presentes y futuros de toda la humanidad. Es el mensaje del perdón, de la redención y de la consecuente alegría. El sumo bien, asume el sumo mal, de ahí las angustiosas horas de anonadamiento en Getsemani. Si los hombres y mujeres entendiéramos algo o parte de lo que paso en esos días, hoy la humanidad sería más feliz y habría más paz, amor y justicia. Esta es la gran labor que tiene que encabezar en el siglo XXI el Papa Francisco, recuperar la esencia de Cristo en un mundo necesitado de su auténtico mensaje, transmitido con sencillez y claridad. La vida y el ejemplo de Cristo, deben despertar la segunda naturaleza que hay en todo ser humano, ese es el sentido de la conversión.
Nuestro tiempo está preocupantemente deshumanizado. La crisis económico-financiera del primer mundo se ha producido principalmente por la ausencia de límites éticos y morales. No todo vale y el hecho religioso es básico para dar al ser humano su verdadera dimensión. Tenemos que mirar más allá del materialismo y de nuestros propios intereses. Durante el caos que supuso para Occidente la Primera Guerra Mundial, Bertrand Russell escribía su libro Principios de Reconstrucción Social (1916), entre ellos destaca el valor positivo e imprescindible de la religión personal y de la necesaria vida espiritual connatural al ser humano, más allá de la vida del instinto y de la vida de la mente o intelectual. Respecto de la vida del espíritu señala que: “Da libertad, amplitud y belleza a los pensamientos y a los sentimientos del hombre y a todas sus relaciones con los demás. Restaura la armonía entre la mente y el instinto y hace volver a sus puestos a los que se habían separado de la unidad en la vida de la Humanidad”.
Medio siglo antes, en 1862, otro grande del pensamiento como Pasteur, nos hablaba igualmente de la necesidad que el ser humano tiene de trascender de sí mismo ante lo infinito y sobrenatural: “En todas partes encontramos expresiones del infinito que despiertan en nosotros el sentimiento de lo sobrenatural. La idea de Dios no es sino una forma de la noción de lo infinito, y mientras este misterio gravite sobre el espíritu humano, se erigirán templos destinados al culto al infinito, en los que Dios será invocado indistintamente con el nombre de Brahma, Alá o Jesús”. Tenemos un nuevo Papa, con el que vivimos su primera Semana Santa como tal. Es un buen tiempo para comenzar a dar los pasos necesarios para recuperar el mensaje más auténtico y verdadero de Cristo. El mundo está necesitado de valores, ejemplos y sentido en un tiempo ciertamente loco y absurdo. Demasiada cosificación para un ser netamente espiritual, este es el gran reto para nuestro querido Papa Francisco.
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Catedrático de Derecho de la URJC
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