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La vía muerta del populismo

lunes 01 de abril de 2013, 20:26h
Sería un error pensar que la crisis política italiana, que mantiene paralizado al país desde las elecciones del 24/25 de febrero, afecta sólo a los italianos, porque su resultado y las soluciones que se adopten en Roma van a influir en todos los europeos y, muy especialmente, en los que compartimos el euro. Después del experimento tecnocrático del gobierno Monti, que hizo las cosas bastante bien, que fue positivamente valorado en Europa y que fue apoyado por el Parlamento, hasta que le retiró su apoyo el partido de Berlusconi, Italia se ha sumido de nuevo, tras los complejos resultados de esas elecciones, en un callejón sin aparente salida. Una nueva demostración de que si bien es cierto que sin urnas no hay democracia, tampoco la hay si lo fiamos todo a los porcentajes electorales, que puede ser tan endiablados como los que ha producido esa última consulta en la vecina península.

Se olvida con frecuencia que si las elecciones sirven, evidentemente, para llevar al Parlamento la representación fiel de la opinión pública y de las diversas fuerzas políticas, es inseparable de ese obvio objetivo, no es menos importante, el de lograr una configuración del Parlamento suficientemente compacta, asentada en una mayoría absoluta o en una sólida coalición, que permita la existencia y la acción de un gobierno eficaz. Esa es la lógica del sistema parlamentario y ahí reside su gran paradoja: cuanto más “representativo” es un Parlamento porque se contienen en él hasta las fuerzas políticas menores, más fragmentada resulta su composición y más difícil, por lo tanto, de alcanzar los necesarios acuerdos que hagan posible un gobierno que funcione adecuadamente.

Los italianos sufrieron de ese mal del multipartidismo extremo durante lo que ellos llaman la I República (que no se diferencia apenas de la actual II) y durante muchos años tuvieron gobiernos basados en el “pentapartito”, caracterizados por su permanente inestabilidad, porque, a la menor, uno de los cinco componentes retiraba su apoyo…y vuelta a empezar. Los anglosajones, que saben algo más de democracia, aunque sólo sea porque llevan más tiempo practicándola, han optado sin rebozo por el bipartidismo y, previamente, por un sistema electoral mayoritario de distritos uninominales, que aquí ha sido considerado siempre como algo inadmisible. Para ellos el dualismo fundamental es gobierno-oposición (nosotros y los de enfrente) y por eso hasta las Cámaras de Westminster están conformadas rectangularmente, como el viejo Salón de Sesiones del Senado español, huyendo del clásico hemiciclo continental.

En el Reino Unido, los nacionalismos regionales, el viejo tercer partido liberal-socialdemócrata y, últimamente, el partido antieuropeo de la “independencia” (se entiende frente a la UE), han roto un tanto el antiguo esquema, pero, no hace tanto, los británicos votaron en referéndum por el mantenimiento del sistema electoral mayoritario, huyendo de las tentaciones del proporcional y sus consecuencias, casi siempre contrarias a la estabilidad y la eficacia. En Francia, de Gaulle, fundador de la V República, en respuesta a la escasa brillantez de la IV y la V Repúblicas, optó por un sistema electoral mayoritario a dos vueltas. Se respetaba el pluripartidismo y si bien no había, por lo tanto, bipartidismo, la segunda vuelta cuaja por lo general en una obligada bipolaridad. Los alemanes han conseguido un exitoso encaje de bolillos con su sistema mixto, que da a los electores un doble voto, en distrito uninominal y en lista de Land, que algunos piensan que podía ser una solución para países como Italia o España, insatisfechos de sus actuales sistemas electorales.

En el embrollo italiano sólo se salva de momento la figura del presidente Giorgio Napolitano, que, desde su larga experiencia de octogenario, se enfrenta con una tarea ingente y contrarreloj, pues su mandato concluye el próximo 15 de mayo (tomó posesión el 15 de mayo de 2006).Ha reiterado que no dimitirá antes de esa fecha, ha subrayado que en Italia hay un Gobierno en funciones, el del “tecnócrata” Monti, que si bien no ha obtenido un buen resultado en las elecciones, tampoco fue objeto de un voto de censura. Las dos comisiones restringidas de “sabios” que ha creado Napolitano le huelen a muchos a tecnocracia a lo Monti y eso explica que tras un inicial apoyo, se esté multiplicando el rechazo y hasta se critica que entre las diez personas seleccionadas no haya ninguna mujer, craso error sin duda en estos tiempos que vivimos.

Bersani, líder del partido de izquierda o centro-izquierda que tiene mayoría en la Cámara de Diputados, pero no en el Senado –que allí tiene que conferir también su confianza a un nuevo Gobierno- desea intentar de nuevo (ya ha fracasado una primera vez) la formación de un Gobierno. Pero, hoy por hoy, no son viables ninguno de los dos pactos que, alternativamente, necesitaría, bien con el PdL de Berlusconi o bien con el Movimiento 5 Estrellas del populista y cómico Beppe Grillo.Éste, convencido, al parecer, de la centralidad del Parlamento (toda una novedad porque antes de las elecciones despotricaba contra todo el sistema institucional) quiere que empiecen a funcionar las comisiones parlamentarias, aunque no haya Gobierno, curiosa propuesta que suena bastante al asamblearismo que tanto gusta a estos grupos populistas.

A todo esto, lo lógico sería que se eligiera un nuevo Presidente de la República antes del 15 de mayo, pero dadas las fortísimas discrepancias entre los grupos políticos, ¿cómo se va a lograr la necesaria mayoría para elegir a quien vaya a ocupar la más alta magistratura del país?El Presidente es elegido por una Asamblea formada por senadores, diputados y tres representantes de cada región y se necesita una mayoría de dos tercios. A partir del tercer escrutinio basta la mayoría absoluta. Pero, entretanto, Napolitano tiene las manos atadas, pues en este tramo final de su mandato no tiene potestad para convocar nuevas elecciones, que no tendrían sentido sin un nuevo sistema electoral.

Pero lo más grave de la presente situación italiana es la presencia en el Parlamento del populista Movimiento 5 Estrellas (del que ya nos hemos ocupado en esta columna, en otra ocasión) que con sus 108 diputados y sus 54 senadores es el típico perro del hortelano que ni hace ni va a dejar hacer. Ricardo Muti, el famoso director de orquesta, ha dicho que el tal Grillo le parece a un hipotético colega que critique a la orquesta porque no le gusta cómo suena, pero que no es capaz de enseñarles cómo tiene que sonar. Y es que estos movimientos que empiezan con la “legitimidad de la calle”, critican globalmente a los que despectivamente llaman “la casta”, al “sistema”, que acosan domiciliariamente a los políticos y que disparan contra todo lo que se mueve en el escenario político, indefectiblemente terminan en vía muerta. Por ahí no hay salida razonable. Y hace ochenta o noventa años fueron los ujieres que dieron paso a los totalitarismos. Porque estos movimientos con o sin estrellas, acaban siempre estrellados. Y lo peor es que, a veces, el país se estrella con ellos.
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