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Lincoln, Capone y Picasso en Chicago

Pedro González-Trevijano
martes 02 de abril de 2013, 20:38h
Chicago es la gran ciudad de la Norteamérica central, mientras Nueva York lo es de la cosa Este, y Los Ángeles de la Oeste. Una ciudad conocida fundamentalmente por tres cosas. La primera, por ser la tierra, nos hallamos en el Estado de Illinois, del Presidente Abraham Lincoln. No en vano las matrículas de los coches llevan hoy grabada la leyenda: “Land of Lincoln”. Un político flemático, puntilloso, distraído y sumamente inteligente, que interviene, directamente y sin tapujos, en favor de la aprobación de la Decimotercera Enmienda en favor de la abolición en el Congreso de la esclavitud en 1865, al tiempo que negocia de forma paralela, y en esta ocasión de manera confidencial, los términos del final de una cruenta Guerra de Secesión. Lincoln es hoy el más sobresaliente de todos los Presidentes norteamericanos, habiendo superado al mítico general Washington, al eficaz Roosvelt y al hasta glamuroso Kennedy en el corazón de sus compatriotas. De máxima actualidad también con ocasión de la última película de Steven Spielberg y de la extraordinaria interpretación, que le ha hecho merecedor justísimo este año a un oscar de la Academia de Hollywood, de Daniel Day-Lewis. La prueba de lo que digo es la imponente estatua sedente del que fuera decoro tercer Presidente americano en el National Mall de Washington, obra del escultor Daniel Chester French.

La segunda, y no tan honorable, por haber sido, como ustedes conocen, la ciudad de Al Capone, omnipresente en los habituales tours turísticos. Aunque el más conocido de los gánsteres americanos había nacido en Brooklyn (Nueva York), y fallecido en Miami, después de estar en las prisiones de Atlanta y de Alcatraz, tras ser detenido y condenado a once años por evasión fiscal, es Chicago la ciudad con la que tradicionalmente se le identifica, y donde se hallan sus restos en el cementerio de Mount Olivet. En Chicago se encuentra el Hotel Lexington, su domicilio habitual, y sus pizzas del restaurante Giordano´s. De nuevo el cine, que para eso es una invención americana, y en particular la película de Brian de Palma, The Untouchables, nos retrotraé al ambiente de aquellos convulsos años en los que se constituía el “Sindicato del Crimen”, se fraguaba la sangrienta “Noche de San Valentín”, y Capone se enriquecía. Al ser detenido, Capone disfrutaba de una fortuna de cien millones de dólares agigantado durante la “Ley Seca”.

Pero Chicago, además de ser la tierra del Presidente Lincoln y la ciudad de fechorías de Scarface Capone, apodado así por sus cicatrices en la mejilla, lo es también por el desarrollo de la nueva arquitectura venida de la mítica Bahaus alemana tras el nacionalsocialismo alemán. Uno de ellos es hoy la sede del Art Institute, en cuyas salas puede verse estos días una completa exposición de Picasso. Picasso nunca estuvo en Chicago, tampoco en Nueva York, pero sus obras cuelgan de algunas de las colecciones privadas más importantes de la ciudad, mientras recibe hoy en el mentado museo más de doscientas cincuenta obras del artista malagueño. Con antelación, hablamos del año 1913, Chicago fue la primera ciudad americana en presentar las obras del malagueño.

La muestra, con el expresivo y sencillo título de Picasso and Chicago, la componen todo un variado conjunto de óleos, esculturas, dibujos, grabados y cerámicas, que permite seguir la estela de los más distintos desvelos y preocupaciones del artista: sus años de formación en Barcelona; el periodo azul con el soberbio lienzo The Old Guitarist, el icónico grabado The Frugal Meal y el lienzo Woman with Helmet of Hair; del periodo rosa, con distintos dibujos, pero especialmente con su Nude witch a Pitcher; el periodo cubista, donde sobresalen su complejo Man with Clarinet, el llamativo Man witch a Pipe y una colorista Still Life; los dibujos ingresianos de arlequines, y el excelente retrato a lápiz de Leónide Massine, tan cercano a los ballets de Sergei Diaghilev; sus arrebatadoras Tauromaquías, Toros y representaciones del Minotauro; el excelente Retrato House of a Woman with Straw, el The Red Armchair, ¡sólo él merece la pena!, o el Portrait of Sylvette David; el vitalismo de una policromática Villa in Vallauris. Y dejo para el final el impresionante, tanto por su tamaño como por su pesadez compositiva, de Nude under a Pine Tree, que estuvo durante años en la oficina del mismo Khanweiler, el gran marchante del cubismo, en la Galería Louise Leris,

Pero aquí no quedan las maravillas del taumatúrgico e insaciable Picasso. Delante de neustros ojos podemos ver la maciza escultura Flowers in a Vase, sus cerámicas de búhos y pájaros. Y la escultura realizada por Richard J. Daley para el Center Sculpture en 1965. En resumen, si hay alguien, dada la variedad y calidad de sus obras, del que puedan predicarse las palabras de Brancusi -“Crea como un Dios, manada como un rey y trabaja como un esclavo-, éste es Pablo Picasso, que vuelve a redescubrir America, digo Chicago, cien años después.

Pedro González-Trevijano

Catedrático de Derecho Constitucional

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