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Escrache y democracia

lunes 08 de abril de 2013, 21:28h
De igual manera que hace unos años nos acostumbramos a la palabra “chapapote”, nos llega ahora otro término también proveniente del español de América –“escrache”– para apoderarse de titulares, informativos y comentarios en las redes sociales.

Algunos ejemplos recientes de esta práctica en nuestro país deben hacernos reflexionar acerca de algunas cuestiones elementales. No es lo mismo protestar ante la sede de una institución pública que ante el domicilio particular de un cargo público. En el tránsito del Antiguo Régimen al Estado de Derecho jugó un papel principal el entonces novedoso concepto de “opinión pública”: los asuntos del poder dejaban de constituir un arcano para pasar a discutirse en los periódicos, los clubes y las tertulias. El Parlamento, como núcleo del nuevo sistema, era la traslación a la esfera política de este esquema social. Pero, a la vez que se perfeccionaba este concepto de “lo público” –y en lógica correspondencia–, cobraba importancia la noción de privacidad y el respeto a la intimidad. El artículo 18 de la Constitución Española recoge hoy el derecho fundamental a la intimidad personal y familiar.

Cuando hablamos de los representantes de los ciudadanos como los objetivos de los escraches, el asunto presenta todavía mayores posibilidades de reflexión. En primer lugar, se hace necesario incidir en la necesidad de separar las esferas pública y privada. El carácter de ficción implícito en la idea de representación política, lejos de verse como un perjuicio, puede ayudar aquí a establecer esta frontera clara entre dos ámbitos distintos. En segundo lugar, debe considerarse cuál es el alcance de la prohibición constitucional del mandato imperativo. En este sentido, es evidente que lo que nuestra Constitución prohíbe es la vuelta a la imperatividad de los mandatos al modo en el que se organizaban las asambleas previas al nacimiento del Estado constitucional, pero no se prohíbe en absoluto que existan canales de comunicación entre representados y representantes. Al contrario, sería muy beneficioso para la mejora democrática del sistema que estos se incrementasen y se perfeccionasen. Por ello es del todo legítimo hacer llegar a los representantes la opinión de los ciudadanos a través de medios tan diversos como debates, manifestaciones, correos, concentraciones, huelgas, etc. Es más, hablar del ejercicio de estas acciones es hablar del ejercicio de múltiples y variados derechos fundamentales. Lo prohibido son las instrucciones expresas, las órdenes y, por supuesto, la voluntad no ya de tratar de convencer a los representantes de la bondad de una solución determinada –algo completamente lícito–, sino la de coaccionarlos. Cuando se producen concentraciones ante el domicilio (esfera privada) de un parlamentario y se le persigue para que vote en una determinada dirección, se conculcan el derecho fundamental a la intimidad personal y familiar y los derechos de sufragio del artículo 23 de la Constitución, entendidos desde la perspectiva del ejercicio de la función representativa, tal y como los ha concebido en reiteradas ocasiones la jurisprudencia de nuestro Tribunal Constitucional. Traspasar la barrera de la intimidad hace que se pierdan las razones, porque en democracia la forma y el fondo no son realidades escindibles. Determinadas prácticas de acoso responden a los usos del totalitarismo y no de la democracia. Debe decirse claro. Coincido en la legitimidad y la necesidad de defender algunas de las medidas que se están exigiendo a través de escraches, pero el fin, una vez más, no justifica los medios. Los encendidos defensores de estos procedimientos suelen aducir que hay una violencia mayor en las prácticas que combaten que en las que ellos llevan a cabo. Puede ser cierto, pero no se trata, desde luego, de un argumento válido; no es ni siquiera un argumento. Es tan solo la justificación de un estado de lucha sin reglas: justamente la situación contraria al supuestamente defendido Estado democrático y de Derecho. Además, no es descabellado pedir a quien es capaz de identificar la violencia sutil y estructural de ciertos usos que se fije también en la violencia palmaria y evidente de otras prácticas. Es como percibir un larvado acoso psicológico pero no saber ver una bofetada.
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