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La ilusión republicana

martes 29 de abril de 2008, 22:21h
Se dice con frecuencia que el republicanismo es sinónimo de participación política, de virtud cívica, de igualdad y de libertad, y tal supuesto se usa como ariete contra la democracia liberal. Como he tratado de demostrar en mi libro La ilusión republicana. Ideales y mitos, el pensamiento republicano clásico (Aristóteles, Maquiavelo, Harrington, Rousseau, etc) fue, por el contrario, elitista e intolerante desde el punto de vista religioso, en ocasiones excluyente, y no reconoció los derechos individuales. No estaba vertebrado sobre la libertad individual ni era una ideología de emancipación como la liberal. Es más, en sus inicios defendió la desigualdad natural del género humano, la esclavitud y la dominación de la mujer, justificó que un pequeño grupo de poseedores decidiera por toda la colectividad, y negó la ciudadanía a mujeres y no propietarios. Legitimó asimismo la guerra (en especial, Maquiavelo), frente al liberalismo que se autoproclamó un discurso de paz que buscaba por medios no agresivos (el comercio) el logro de la riqueza y el bienestar material. Pero no solamente el discurso republicano era elitista, también lo fueron las formas políticas republicanas. Las ciudades italianas, que los neo-republicanos Pettit, Viroli, Pocock y Skinner mitifican como faro y guía de nuestras democracias modernas, eran unas aristocracias que solo concedían la ciudadanía a un porcentaje ínfimo de la población. De ahí mi crítica a estos pensadores que, en su empeño por revalorizar el republicanismo y presentarlo como alternativa a la democracia liberal, reinventan e idealizan la tradición republicana, rayando en la tergiversación histórica.

Mientras los republicanos más coherentes como Sunstein tiran por la borda el legado clásico e incorporan valores liberales, la corriente neo-aristotélica (que encarnó en su día Hannah Arendt e integran hoy comunitaristas como MacIntyre y republicanos fuertes como Taylor o Sandel e incluso Skinner), sigue fiel al ideal del zoon politikon, a la concepción de la política como forma de estar en el mundo, y a la idea de que la comunidad dota al individuo de identidad y de brújula moral, y le permite trascender la mera existencia individual marcada por la futilidad. Pero a esta forma de entender la política, que se solapa con el nacionalismo y requiere la vuelta a comunidades cerradas y homogéneas como la polis, se le ha tachado de conservadora y reaccionaria, de alimentar los rasgos étnico-culturales particularistas y excluyentes, y de auspiciar el desinterés por lo que ocurre tras los muros de la comunidad. Y se le ha criticado su carácter intolerante, obsoleto e incompatible con la diversidad de valores de nuestras sociedades modernas. Pues su creencia en que la auténtica condición humana es la ciudadana y en que solo existe una única concepción del bien, convierte al disidente en culpable.

Entre ambas tendencias, Pettit y sus seguidores reivindican la herencia republicana pero liman tanto sus aristas obsoletas e inservibles que su republicanismo de agua y gas, vaciado en gran medida del molde clásico, asume en la práctica principios liberales como los derechos individuales, la división de poderes, etc. Y su fórmula mágica, la deliberación, olvida que a los individuos les guía menos la racionalidad que las pasiones o los afectos, y que pueden ser leales hasta la muerte a posiciones políticas por motivos muy poco racionales. Y esa esfera no racional es difícilmente domesticable.

Al otorgar la primacía a la comunidad y elevarla a máximo intérprete del bien común, por encima del marco de los derechos individuales y de consideraciones éticas generales, los neo-republicanos rechazan la existencia de valores morales universales o cualquier idea del bien que trascienda la voluntad de la propia colectividad. A esta faceta del neo-republicanismo Habermas la ha denominado “deriva neo-absolutista”. El liberalismo militante, por el contrario, el que ha renunciado a toda pretensión de neutralidad moral, asume una teoría del bien que permite evaluar las instituciones políticas y sociales de cualquier sociedad.

Esta oposición entre el individualismo liberal y la tradición aristotélica es el problema político de fondo que se dirime en nuestros días. Pero su matriz se remonta a Grecia, donde el ideal del zoon politikon coexistió con la visión socrática que situaba la búsqueda de la perfección en el mundo de la privacidad, y requería horizontes más vastos que los que ofrece el ámbito de lo público. Así lo entiende también hoy la teoría liberal, heredera de esta segunda tradición.

María José Villaverde

Profesora de Ciencias Políticas

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