www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La transparencia y la obesidad

martes 09 de abril de 2013, 21:01h
Lentamente, el mundo camina hacia dos estados que no pueden ser más contrapuestos: el de la transparencia y el de la obesidad. La transparencia es la cualidad de dejar pasar la luz. Lo contrario es la opacidad, la cualidad de bloquearla. Hay cuerpos transparentes y cuerpos opacos, de la misma forma que hay cuerpos obesos y cuerpos delgados. Lo delgado tiende a lo transparente, mientras que lo grueso tiende a la opacidad. Incluso un vidrio muy grueso tiende a esta última, mientras que una placa de carbón muy fina tiende a la transparencia.

La transparencia como metáfora aplicable a los cuerpos sociales comenzó a usarse en la década de los 90 en las sociedades anglosajonas. David Brin, en “The Transparent Society”, imaginó en el año 1994 una sociedad totalmente transparente, una especie de utopía ambivalente. Desde entonces, han sido bastantes los que han defendido la transparencia en la sociedad, la “transparencia radical” en palabras de Chris Anderson. Según sus defensores, la transparencia en los cuerpos sociales y económicos aumentará la responsabilidad hacia los hechos propios, eliminando así gran parte de la corrupción, ya que los errores se conocerán antes y por más personas, lo que desencadenará una más pronta exigencia de responsabilidades.

Sin embargo, no todos los países ni las sociedades abrazan la transparencia de la misma forma. Algunos, hace décadas que tienen grados altos de ella, como los Estados Unidos. Otros, la tienen en algunos aspectos, pero no en otros, como Suiza. Los hay que la tienen bastante restringida, como España, o casi nula, como una larga lista de países con claros problemas en cuanto a los derechos humanos.

Lo cierto es que, lo queramos o no, creamos en ella o no, el curso de los acontecimientos nos va haciendo cada vez más transparentes. Internet, las redes sociales, los miles de blogs, hacen que la información campe bastante libre, y que se mueva rápida, muy rápidamente, cruzando fronteras, franjas horarias y hemisferios. Cualquiera puede saber una cantidad nada deleznable de nuestras vidas aunque no salgamos en ningún programa de cotilleo, y esa información la puede obtener desde la misma ciudad en la que vivimos o desde Nueva Zelanda. La transparencia elimina distancias espaciales y temporales. La información la medimos ahora en milisegundos de Google.

En tiempos no tan remotos, los únicos seres transparentes que había eran algunas medusas y fantasmas. También las almas. Seres invisibles. Porque lo paradójico es que el extremo de la transparencia es la invisibilidad. Este efecto es muy raro. Si uno se hace muy transparente, deja de ser visible. Sospecho de la existencia de seres actuales así, invisibilizados a base de transparencia –Frankensteins de la era digital-- aunque como no los veo no lo puedo probar. Pero todo esto nos lleva a la lucha contra la transparencia.

La primera estrategia contra la transparencia es la opacidad. Frente al cristal transparente, el esmerilado o ahumado. Frente a estos, el pintado o cubierto con un papel. Los grupos que abominan contra la transparencia, que ven su estatus agredido por ella, tienden a esta primera estrategia. A la opacidad. Pero muchas veces la simple ocultación despierta más curiosidad en el espectador. Y eso no lo desea el opaco. La segunda estrategia, por tanto, es la ocultación con engaño, el trampantojo. Se tapa algo y a la vez se pinta un paisaje diferente en la superficie cubierta. Es por ejemplo, cubrir la caja fuerte con la obra de arte, meter la pistola en el libro, la metralleta en la funda del violín. O la arruga bajo la crema o la cirugía estética. Esta estrategia es bastante efectiva, pero en época de google no tiene mucho futuro. El camaleón puede cambiar de color de piel, pero la mayoría de los que lo ven saben a estas alturas que un camaleón puede cambiar de color, y van a estar al tanto. Podrá engañarles algunas veces. Pero caerá.

Esto nos lleva a la relación de la transparencia con la invisibilidad. Si me hago parcialmente invisible, me seguirán viendo. En cambio, si obtengo la transparencia total, me dejarán de ver. Ya lo decía Bruce Lee, “be water, my friend”, remedando al Tao. Pero el problema es, ¿quieren las sociedades o los grupos de poder ser tan transparentes como para gozar de la invisibilidad? ¿Lo quieren los individuos?
Desde antiguo, los poderosos han querido ser visibles. Salvo en Japón, donde el poder se esconde como una anguila silenciosa bajo la piedra más recóndita del río, en todas las sociedades el poder gusta de mostrarse, de demostrar a los otros que es poder. Y para ello, una de las estrategias más comunes es crecer de tamaño, en otras palabras, engordar. El mundo está engordando a pasos agigantados. Han engordado los estados y sus individuos. Estados Unidos es un bastión de obesos, la América ibérica va en camino, en Europa las nuevas generaciones dan síntomas, y hasta en Oriente se notan cambios en ese sentido. Mientras la sociedad de la comunicación digital hace nuestros yos más transparentes, esa misma sociedad nos hace más obesos, favorece nuestro volumen. Extraña combinación.

Es interesante analizar esta tendencia socialmente. En general, las clases más altas de los países desarrollados tienden a la dieta, mientras que las más bajas, a la obesidad. Se podría decir que la dieta es un trampantojo de las clases altas que fingen transparencia (corporal) donde en realidad hay opacidad (financiera). También las mujeres tienden más a la dieta que los hombres, aunque parece extraño pensar que lo hagan buscando la invisibilidad. Quizá su semi-transparencia sea un trampantojo reproductivo. Todo esto no siempre ha sido así. En las sociedades polinésicas, las clases altas eran obesas, en tanto que las bajas seguían dieta (digámoslo así). Mujeres incluidas.
¿Qué puede hacer un individuo, o un organismo político, pongamos una casa real o un partido, para ganar transparencia? Seguramente, y siguiendo la relación entre la transparencia y la obesidad, lo primero sería perder peso. Ponerse a dieta y olvidar que la obesidad es una muestra de poder. Quizá funcione para polinesios o luchadores de sumo, pero hoy en día, el poder se está haciendo japonés, y prefiere la dieta a la comilona, el trampantojo al cristal ahumado; o mejor, el cristal transparente. Tiene que parecer que se desea tanto la transparencia como para aspirar a la invisibilidad. Porque Internet y Google están ahí. Y si uno no quiere hacerse transparente, esas dos fuerzas le obligarán a ello. A veces, hasta la invisibilidad.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+

0 comentarios