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Crónica económica

El FMI pide que no temamos la inflación

martes 09 de abril de 2013, 22:30h
Si hubiera que hacer una historia del pensamiento monetario en una línea, sería algo así como inflacionistas contra anti inflacionistas. Los primeros ven en el dinero un bien innecesariamente escaso, y que con la técnicas adecuadas puede multiplicarse, y con él la riqueza. Los anti inflacionistas ven en el dinero un bien que cumple una importante función precisamente porque es escaso, y deja de cumplirla si se corrompe.

Esa tensión entre los dos lados se mantiene constantemente. El FMI tradicionalmente ha mantenido una posición anti inflacionista, al menos en el discurso. Pero desde la llegada a la dirección de la institución de Dominique Stauss-Kahn, el discurso ha cambiado mucho. Fue el FMI el que animó a los gobiernos del mundo a salir de la crisis con gasto público. No fue una idea de Zapatero.

Ahora, desde el FMI se nos dice que no debemos temer la inflación. Y, sobre todo, que no debemos actuar con temor a la inflación. Ha publicado un informe titulado El perro que no ladró: La inflación, ¿se le ha puesto un bozal o simplemente estaba durmiendo? La tesis es que “la inflación en los países desarrollados ha respondido menos a los cambios en la debilidad económica, y que las expectativas a largo plazo de la inflación están firmemente ancladas”, en ese lenguaje típico de los bancos centrales. Así las cosas, “nuestro análisis sugiere que la acomodación monetaria”, es decir, la inflación en el sentido de aumento de los medios de pago sin respaldo, “no es probable que tengan consecuencias inflacionistas significativas”.

Una de las razones es que el éxito de los bancos centrales de estabilizar la inflación en las últimas décadas hace que las expectativas de inflación por parte de los agentes estén ahora más bajas que en otras épocas históricas, y “las expectativas sobre el futuro afectan a la inflación de hoy”. También dice que ha contribuido el hecho de que los bancos centrales se hayan fijado bajos objetivos de inflación.

No hay más que mirar, nos dicen los autores, a las experiencias contrapuestas de los Estados Unidos y Alemania en los años 70’. Entonces, ambos países estaban afectados por una crisis global, y en los dos caía el empleo. Pero en los Estados Unidos la inflación subió y en Alemania no. La diferencia, nos dicen, es que, por un lado, la Fed no era un organismo independiente del gobierno. Y, por otro, que los EEUU se movían por el temor a la conjunción de deflación y desempleo que habría caracterizado a la Gran Depresión. De este modo, todo el mundo entendía que la respuesta a la situación sería con más inflación, y que ello haría que subiesen los precios.

El caso de Alemania es contrario. Su política está marcada por el temor a la hiperinflación de los años 20’. Y el Deutschebank tiene un estatuto de independencia. El sistema de tipos de cambio fijos hacía que Alemania importase la inflación de EEUU, pero cuando el sistema saltó por los aires, el Bundesbank se vio con las manos libres para atajarla.

Cuando nos encontramos en una posición como la de Alemania, y es en lo que estamos, los bancos centrales y los gobiernos no deben tener miedo a seguir políticas inflacionistas, porque el público en general va a seguir engañado, pensando que todo está bajo control.

El fallo del razonamiento del artículo es que la gente se creerá que la inflación está controlada… hasta que deje de estarlo. Y entonces ocurrirá lo que siempre ha ocurrido.