La disminución de la natalidad en Occidente
Simon Royo Hernandez
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siroyorocketmailcom/6/6/17
viernes 12 de abril de 2013, 21:03h
Los hombres nacen por un procedimiento natural que está al alcance de todos. No hay que saber muchas matemáticas para producir seres humanos. Es algo que obedece al instinto de supervivencia de las especies, pero en el caso humano tiene muchas más connotaciones, acaso culturales más que naturales. Los hombres nacen, crecen, maduran, entonces se encuentran con que no saben qué hacer ni para qué vivir y para romper ese vacío insoportable, engendran otros seres humanos de los que ocuparse, bien o mal, mejor o peor. Hasta que los primeros mueren y los segundos se encuentran en las mismas condiciones y se lanzan, al paliativo de la procreación como forma de vida, y así sucesivamente, de manera que el reemplazo generacional queda garantizado. Conforme los humanos van sabiendo qué hacer con sus vidas, el instinto de parir disminuye, la natalidad baja. Luego el día en que todos los hombres sean dueños de su existencia y vivan para sí mismos en lugar de para otros, se acabará el hombre.
Se podría contar una fábula como la antecedente, y sin embargo no se darían con las claves de la producción de hombres en el mundo. En los países del Tercer Mundo se engendran hijos como conejos, en los del Primero no. Y esto no es porque los tercermundistas no sepan para qué ni cómo vivir y los primermundistas sí. Esto se debe a que bajo condiciones precarias de existencia se estimulan las ganas de vivir y producir vida, mientras que en la confortable y segura vida occidental la fuerza de la naturaleza disminuye. No hay más que ver a la selva amazónica destrozar el pavimento de una autopista y comparar esa fuerza con las briznas de yerba seca de los parques de las ciudades de Occidente. Por tanto, la disminución de la natalidad occidental no surge de la emancipación humana, sino, desgraciadamente, de su sujeción esclava del trabajo.
El capitalismo se enfrenta al problema de que los hijos no salgan rentables en una sociedad en la que la rentabilidad es el único criterio de actuación. Lo quiere solucionar con una importación de mano de obra esclava y barata, pero al mismo tiempo quiere que esa importación sea controlada, de acuerdo con las necesidades del mercado. De ahí el gran problema de la inmigración, que no es que quite puestos de trabajo sino que crea una nueva clase social, la de los esclavos, que unidos bajo algún Espartaco bien podrían dar problemas al Imperio y a los pocos que dominan sobre muchos.
A los bárbaros se los quiere fuera, no dentro del Imperio exigiendo tierra y libertad. Dentro, unos pocos esclavos son controlables, pero su aumento hace temblar a los pocos que dominan toda la riqueza y que ya tienen adiestrados a sus ciudadanos en el respeto de la desigualdad, es decir, de la propiedad privada.
La máquina de producir hijos es algo ambigua. Se niega a los ciudadanos la libertad de adopción (lo que equivale ha hacer de un esclavo, ciudadano con todos sus derechos), la adopción debe ser controlada, al igual que la inmigración. Se fomenta el naturalismo y la familia clásica patriarcal, los hijos deben ser biológicos, nos consideramos tan estupendos que tenemos que pasarle todas nuestras taras a un nuevo ser que las perpetúe por el mundo. Mientras nuestro vástago se deprime (pues la depresión es el lujo burgués del siglo XXI), millones de niños enérgicos y con ganas de vivir se preparan para el sacrificio: la muerte por hambre.
Y sin embargo ¡qué fácil! Si se tienen menos de 30 años y un pensamiento ácrata resulta demasiado fácil preparar un texto anti-todo. ¿Eso será lo que más guste? Podemos quedarnos en la interrogación y declarar que si se tiene un hijo y más de 40 años las cosas se ven de otra manera. ¿Qué cómo lo sé? También muy fácil. No hay más que recordar la juventud, primero, y preparar un libelo tal y como los solíamos realizar en otro tiempo y luego, al último párrafo, como padre de la criatura, desdecirnos de lo pronunciado. ¡Ah! Oigo esas voces que nos están llamando sofistas.
De cualquier manera ya adoptemos el punto de vista anti-sistema o el más moderado de la balanza de pesos y medidas, que quede claro que los únicos que logran la conciliación laboral y familiar son la Mafia (porque trabajan en Familia)...
¿Y nosotros? ¿Qué podemos alegar a favor nuestro? Quizá sólo una cosa: que cuando Jesús de Nazaret indica que el que esté libre de culpa que tire la primera piedra, curiosamente, él no la tira.
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Profesor en la UNED y Doctor en Filosofía
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