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Cristina Kirchner y la ciencia bolivariana

José María Herrera
sábado 13 de abril de 2013, 18:21h
Podría decirse que soy seguidor de Cristina Kirchner (en adelante KK, su apodo en las redes sociales). Mi pasión no es política o erótica, sino ontológica. ¿Conocen ustedes a alguien que encarne mejor esa cosa de nuestra época que es tener firmes creencias y, sin embargo, no creer en ellas? La admiración que siento se remonta a su visita a Vietnam y más exactamente al momento en que, tras conocer un refugio subterráneo camuflado en la selva, se introdujo en él y sacó llena de felicidad su cabecita y sus manitas exigiendo a la comitiva que echaran la tapa con ella dentro. ¡Formidable! Desde entonces no me pierdo ninguna de sus actuaciones. Da mucha vergüenza ajena, en particular si uno es argentino, que no lo soy (ya me llevo lo mío siendo español), pero es para morirse de la risa. Figúrense ustedes lo nervios cuando supe que en medio de las lluvias torrenciales que han devastado su país ella había salido a la calle para hablar de la gotera que amenazaba con estropear los muebles de su mamá. Lamentablemente no he podido dar con el video, aunque he encontrado otro anterior, la presentación del plan “Argentina innovadora 2020”, que los aficionados a la comedia política no deberían perderse bajo ningún concepto.

Aguanten un momento sin tirar de la cadena y traten de imaginar la escena. Un salón anodino consagrado a la mujer argentina lleno hasta la bandera. Un atril con diversos rótulos, reales o televisivos, entre los cuales uno maravilloso que dice: “ciencia para la inclusión”. La presidenta perorando con la confianza de quien acostumbra a llamar “verdadero” a lo que a ella sabe. De pronto interrumpe el discurso, toma un tarro de cristal y muestra al público su contenido: un tubérculo, el yacón. Lo enseña como si fuera la piedra filosofal, aunque parece un zurullo, la deposición subversiva de un enemigo del peronismo. El yacón es el futuro de la Argentina. Sus propiedades son increíbles, combate sobre todo la diabetes, una enfermedad “de gente de alto poder adquisitivo porque son sedentarios y comen mucho”. Estupefacción. ¿Qué es lo que no ha entendido KK cuando sus asesores le explicaron el asunto? No importa, a estas alturas del discurso lo cierto y seguro es que millones de gorditos boludos tendrán que comprar a los laboratorios argentinos el yacón y que la plata va a fluir de aquí al 2020 que ríete, negrito, de las lluvias torrenciales.

Ustedes saben que KK lleva tiempo apostando por el tercermundismo bolivariano y que el nivel de inteligibilidad de lo que dice y hace es cada vez más bajo. Ha llegado a tal punto de inconsciencia que ya no distingue unos contextos de otros. El tono que usa para agitar a un grupo de pelotudos que creen en la divinidad del Pelusa apenas se diferencia del que emplea para privatizar una compañía extranjera o dirigirse a una asamblea de científicos. Siempre da la impresión de estar parodiando a alguien. Al igual que otros caudillos de su entorno, parece convencida de que se le ha conferido un don divino que le permite abordar cualquier asunto sin necesidad de padecer las cargantes restricciones que sufren los expertos para entenderlas. Recuerden lo que dijo el difunto Chavez antes de levantar el vuelo sobre los canales de Marte (restos de una civilización muy desarrollada que se había autodestruido a causa de un feroz capitalismo) o las reflexiones de Morales ligando homosexualidad y alopecia con el consumo de pollos transgénicos. ¿Por qué se iba a privar KK de entrar en la historia de la ciencia si hasta Maduro, que todavía no es un caudillo bolivariano, aunque ya tiene chándal, está haciéndose un hueco en el campo de la ornitología?

La política es hoy espectáculo. En una sociedad de masas, dominada por los medios de comunicación, el respaldo democrático se alcanza delante de las cámaras. Particularmente es así en los países donde el número de electores poco instruidos es alto. Llamo “electores poco instruidos” a los que ven la televisión. Por poco democrático que les parezca lo que voy a decir, el populismo no es fruto de la estrategia demagógica del político, sino, al revés, una posibilidad sustentada en la naturaleza de los pueblos. De ahí que sea más fácil ser caudillo bolivariano en Venezuela que en Argentina y no digamos que en Dinamarca. Maduro, por ejemplo, hubiera seguido el discurso sobre el yacón hasta sus últimas consecuencias, apelando si era necesario a los extraterrestres o a Dios. KK, en cambio, todavía se reprime y opta por ametrallar al público con ocurrencias insustanciales a fin de evitar silencios pensantes. Es el típico recurso retórico revolucionario. Evoquemos otra vez a Chavez –el primer caudillo que ha hablado después de muerto- y Castro, oradores infatigables capaces de reducir al público a un estado catatónico. Ustedes se preguntarán quizá cómo es posible que, en ese estado, siga yo interesándome por sus intervenciones. La respuesta es sencilla: albergo la esperanza de ver un día cómo dos tipos corpulentos vestidos de blanco entran en la sala donde habla KK y se la llevan cogiéndola de los brazos mientras ella agita sus piernecitas al aire.
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