RESEÑA
Austin Wright: Tres noches
domingo 14 de abril de 2013, 14:05h
Austin Wright: Tres noches. Traducción de Héctor Silva. Salamandra. Barcelona, 2012. 384 páginas. 20 €
Al comienzo de esta novela del escritor y profesor de Literatura de la Universidad de Cincinnati, el neoyorquino Austin Wright (1922-2003), nos dice el narrador sobre Susan Morrow, su protagonista, que, por las noches, “leía para dejar de pensar en sí misma”. Sin embargo, veremos cómo este propósito se trastoca por completo, pues será precisamente la lectura la que la conduzca a todo lo contrario. Susan lleva una vida tranquila como ama de casa, cuidando de su actual marido, un cardiólogo muy ocupado -y no solo con el trabajo- y de sus dos hijos. También, tres veces a la semana imparte clases en un instituto. En la superficie, todo está en orden y parece que la existencia de Susan es satisfactoria. Pero no resulta, claro está, tan idílica, máxime cuando se nos ha proporcionado desde el inicio ese dato, crucial, de que la lectura le servía para olvidarse de su propia realidad. Una realidad, presente, pasada, y, en cierta forma, también futura, que revelará sus numerosas grietas a raíz de que Susan de manera compulsiva –después de postergarlo, quizás intuyendo lo que iba a suponer- se sumerge en el manuscrito de Animales nocturnos, que le ha enviado su exmarido Edward Sheffield.
Hacia más de quince años que Susan no sabía nada de su exmarido y, ahora, sorpresivamente, le manda una novela que ha escrito, con la súplica de que le dé su opinión. Lo primero que el envío remueve en Susan es el recuerdo de que Edward quería ser escritor, y que “esa había sido la causa principal de los problemas entre ambos”, pues “él era un principiante y ella una crítica más severa de lo que pretendía ser. La situación era difícil de manejar: la vergüenza de ella, el resentimiento de él. Ahora, Edward aseguraba en su carta: esta novela sí que es buena. Había aprendido mucho sobre la vida y sobre el arte”.
Y, ciertamente, es así. La novela de Edward, Animales nocturnos, engancha a Susan, y a nosotros con ella, en un relato explosivo y sin tregua, centrado en la historia de Tony Hastings, quien emprende un viaje por carretera, junto a su mujer y su hija, camino de su casa de verano en Maine para pasar allí las vacaciones. Como salieron con retraso, deciden viajar toda la noche en vez de detenerse en un motel como tenían previsto. En el trayecto, de pronto, un coche empieza a perseguirles y embestirles sin motivo, obligándoles finalmente a parar. Los ocupantes del vehículo no son, precisamente, unas “buenas personas”, como se considera a sí mismo Tony Hastings, ni nos inclinan a pensar con Hastings, profesor de Matemáticas, que el orden, la sensatez y, en definitiva, la luz dominan el mundo. En ese fatídico encuentro, que cambiará su vida para siempre y le arrastra a complejas peripecias, Hastings chocará de bruces con lo más oscuro y horrible de la condición humana y descubrirá desconocidos aspectos e impulsos en sí mismo.
Como le ocurre a Susan, la lectora del manuscrito, aunque sin la tragedia que impregna lo sucedido a Hastings: “Compara el caso de él con el suyo. ¿Qué clase de novela producirían los problemas de Susan? Los de Tony son terribles. Son cuestiones de vida y de muerte, más simples, más directas y desnudas, en contraste con las suyas, que son ordinarias, confusas y menores, complicadas por la incertidumbre respecto a si alcanzan siquiera la categoría de problemas”.
Se ha publicitado Tres noches –titulada en el original Tony and Susan, emparejando al personaje “real”, Susan, y al de “ficción”, Tony- como un thriller psicológico. Sin duda, a quienes busquen una trama absorbente no les defraudará. Pero no es solo intriga. Fascinantes y eternos asuntos y dilemas morales y éticos, como la culpa, la inocencia, la responsabilidad de nuestras acciones, la violencia, los instrumentos en la lucha contra el mal o la delgada línea que separa la prudencia de la cobardía y la justicia de la venganza, se encarnan en un vigoroso argumento y en personajes creíbles. También se ha hecho hincapié en su singular estructura, dos novelas en una, lo que no es, naturalmente, exclusivo de Tres noches, ni tampoco el que plantee la relación y trasvase entre realidad y ficción y sus mutuas influencias, sobre todo de la segunda en la primera. Recientemente, dos autores españoles, Rafael Reig y Use Lahoz han empleado esta fórmula en, respectivamente, Lo que no está escrito, y El año en el que me enamoré de todas.
Pero, más allá de cualquier calificativo o etiqueta, esta novela de Austin Wright -que despertó el entusiasmo de autores como Saul Bellow, Ian McEwan o Paolo Giordano, entre otros-, y que ahora con acierto recupera Salamandra –en España la publicó Destino en 1994 con su título original de Tony y Susan- no debería pasar inadvertida.
Por Carmen R. Santos