La casi total ausencia de pruebas sobre los atentados de Boston del pasado lunes ha provocado que todo tipo de sospechas sobrevuelen su posible autoría. Aunque muchos apuntan al terrorismo de corte islamista, empieza a cobrar forma la teoría de que haya sido un ciudadano estadounidense el que haya perpetrado los ataques. Es aquí cobra fuerza la vía de un 'white trash', ¿el otro foco terrorista en EEUU?
Lunes, 15 de abril. 14.50 hora local. Dos artefactos estallan con una diferencia entre ellos de 12 segundos y 200 metros en las inmediaciones de la línea de meta del mítico maratón de Boston, el más longevo del mundo con 117 ediciones.
Tras la conmoción inicial, las preguntas empiezan a aflorar buscando una única respuesta.
¿Quién ha podido ser? ¿Quién es capaz de semejante masacre? El recuerdo de los ataques del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas y el Pentágono siguen en la retina de millones de estadounidenses que, en un primer momento, apuntaron al islamismo radical como responsable del doble acto terrorista.
En sendas ruedas de prensa posteriores, ni el FBI ni el presidente Barack Obama lograron poner nombre al responsable o responsables. Ni siquiera pudieron identificar si el ataque había sido planeado por un individuo o por un grupo nacional o foráneo, aunque la percepción imperante es que Al Qaeda podría estar detrás.
Sin embargo, el historial de ataques en suelo norteamericano refleja una realidad paralela que dice que un número importante de atentados lo cometen ciudadanos con un perfil muy marcado y que dista mucho del de un yihadista. Es más, se podría decir que están en el polo opuesto. Además, el hecho de que nadie haya reivindicado la acción,
modus operandi habitual de las células islamistas, invita a pensar en otras vías.

Este mismo miércoles, la policía detenía a
Paul Kevin Curtis, presunto responsable del envío de cartas con ricino (una sustancia extremadamente tóxica) y originario de Tupelo (Misisipi), al presidente Barack Obama y a un senador republicano. Este imitador de Elvis, que en el pasado trabajó como limpiador y masajista en la América profunda, es el paradigma del hombre blanco enfadado con el sistema imperante en Estados Unidos y que culpa al Gobierno de todos sus males.
A modo despectivo y en contraposición a 'nigger' (negrata), durante décadas se ha ido acuñado el término
'white trash' (literalmente, 'basura blanca') para referirse a cierto sector demográfico estadounidense que responde a determinados criterios. La mayoría de los individuos enmarcados en este calificativo
suelen vivir en la zona centro o sur del país, de raza caucásica, están en paro o cuentan con empleos muy precarios, son de clase social media o baja, ultraconservadores y muy próximos a la Asociación Nacional del Rifle (NRA) o al Ejército.
Si bien no representan un grupo sociológico oficial y se enmarcan dentro del de blancos (el 80 por ciento de la población estadounidense), los servicios de seguridad norteamericanos llevan más de tres décadas identificando riesgos en base a este perfil, ya que algunas de las mayores masacres de la historia de EEUU son obra de estos 'white trash'.
La masacre de OklahomaQuizás el ejemplo más claro es el de
Timothy McVeigh, quien el 19 de abril de 1995 colocó una potente carga explosiva junto a la oficina local del FBI en la ciudad de Oklahoma. El dramático balance fue de 168 muertos, entre ellos 19 niños, y más de 700 heridos.

Nacido y crecido en una pequeña localidad rural del estado de Nueva York, McVeigh profesó el culto davidiano (acusado de sectario y que ya protagonizó una tragedia en el rancho de Waco, Texas, en 1993).
Reservado, inteligente sin ser brillante, eficaz y un soldado ejemplar, según los mandos que le instruyeron para combatir en la primera Guerra del Golfo, trabajó en varios empleos menores y mal pagados debido a la recesión económica de finales de los 80.
Durante años forjó su personalidad destructiva al calor de revistas de armas, que coleccionaba, y con libros como
'Los Diarios de Turner', una novela racista y antisemita. Además, simpatizaba con el
sistema de milicias, muy ligado a la NRA y popular en las regiones conservadoras, que promulga, en base a la segunda enmienda constitucional, la que permite llevar armas en EEUU, que son los ciudadanos los que deben defenderse ante un inminente ataque extranjero que el Estado no podrá contener.
Afectado por lo sucedido en Waco y por la muerte a manos del FBI de una activista miliciana y su hijo de 14 años en 1992, McVeigh empezó a planear su venganza junto con dos amigos. Tres años más tarde, el edificio Murrah de Oklahoma volaba por los aires.
En una carta escrita con posterioridad, esgrimía sus motivos además de eludir cualquier sentimiento de culpa: "Tomé la decisión de ir a la ofensiva para poner fin al abuso del poder por parte del gobierno (...) Imitando la política exterior de Estados Unidos, decidí enviarle un mensaje a un Gobierno que se hacía cada vez más hostil". McVeigh fue ejecutado el 11 de junio de 2001.
Atlanta '96Apenas unos meses después de lo sucedido en Oklahoma, de nuevo la sombra del terrorismo se cernía sobre Estados Unidos y esta vez en un acontecimiento de resonancia mundial. El 27 de julio de 1996 una bomba situada en los exteriores del estadio olímpico de la ciudad de Atlanta hacía explosión en plenos Juegos causando la muerte de dos personas, mientras que 111 personas resultaron heridas.

Las autoridades señalaron a
Eric Robert Rudolph, autor también de tres ataques con explosivos contra clínicas abortistas y un centro cívico gay, como autor del atentado. Su motivación, al igual que en el caso de McVeigh, era hacer daño al Gobierno de su país, al que consideraba un traidor a los principios fundacionales de la nación.
Además, su ferviente fe, su precariedad laboral con empleos de bajo perfil, su paso por el Ejército, del que fue expulsado por fumar marihuana, y la falta de la figura paterna (en el caso de McVeigh fue la muerte de su madre) son otros de los paralelismos con el terrorista de Oklahoma.
Tras años entre los más buscados por el FBI, fue arrestado en 2003 mientras rebuscaba entre los cubos de basura de una tienda de comestibles en la ciudad de Murphy, en Carolina del Norte. En la actualidad, Rudolph se encuentra recluido en la prisión de máxima seguridad de Florida cumpliendo
cuatro condenas perpetuas.
Ántrax y cartas-bombaPero los investigadores del FBI también tienen muy presente el perfil de un 'white trash' mucho más inteligente y minucioso en la preparación de sus actos terroristas. Es el caso, por ejemplo, de
Bruce Edwards Ivins, un químico con formación militar de 62 años que en las semanas posteriores a los ataques del 11S envió varias cartas con ántrax o carbunco, un agente mortal, a una docena de medios de comunicación y representantes políticos.
Aunque nunca llegó a pisar la cárcel ya que se suicidó con una sobredosis en 2008, Ivins infectó a 22 personas y sus misivas costaron la vida a otras cinco. Su motivación fue la de atacar a todo aquel que se hubiera mostrado en contra de la
Ley Patriótica que redactó la Administración de George W. Bush para adoptar medidas extraordinarias en caso de amenaza terrorista.

A diferencia de los casos de Curtis, McVeigh y Rudolph, Ivins estuvo casado durante más de tres décadas, tenía hijos, participaba de manera activa en la comunidad, sobre todo a través de la iglesia local, y tenía una importante formación educativa a sus espaldas. Sin embargo, estudios posteriores señalaron que pudo sufrir algún tipo de desequilibrio psicológico a tenor de varios escritos personales en los que admitía sufrir periodos de
depresión, paranoia e ira.
Más mediático es el caso del terrorista apodado
'Unabomber' (acrónimo en inglés de Terrorista de Universidades y Aerolíneas), aunque su verdadero nombre es Theodore Kaczynski. Este filósofo y matemático educado en Harvard puso en jaque al FBI durante más de dos décadas en las que no dejó de enviar sobres y paquetes explosivos causando una veintena de heridos y tres muertos.
Kaczynski podría considerarse un
paso intermedio entre el terrorista de bajo perfil educacional y diestro en armas de fuego y el del intelectual experto, puesto que, aunque apuntaba a una gran carrera docente, decidió, con 25 años, mudarse a una remota cabaña en el estado de Montana donde urdió sus planes siendo autosuficiente.
'Unabomber' decidió detener su espiral explosiva en 1995, cuando envió un manifiesto en el que explicaba que su principal motivación era provocar
una revolución mundial en contra de la sociedad tecnológica de la que el Gobierno de Estados Unidos era uno de los grandes impulsores. Actualmente cumple condena perpetua en un centro penitenciario de Colorado.
Eric Harris y Dylan Klebold, en plena masacre de Columbine donde asesinaron a 13 personas.De Columbine a NewtownSin embargo, el mayor temor de Estados Unidos no reside en estos llamados 'lobos solitarios', sino en aquellos individuos que periódicamente causan masacres en zonas y recintos públicos con armas de fuego.
En los últimos años, tragedias como la del instituto de
Columbine en 1999 (15 muertos), la de
Virginia Tech en 2007 (53),
Alabama en 2009 (11),
Binghamton, también en 2009 (13), la escuela de
Chardon en 2012 (3),
Newtown (28) y el cine de
Aurora el mismo año (12), han abierto una herida en el corazón de la sociedad estadounidense difícil de cerrar.
Todos estos actos fueron perpetrados, salvo en dos, llevados a cabo por hombres asiáticos, por individuos con perfiles que recuerdan mucho a los de los 'white trash', varones blancos introvertidos, dicotómicos (estás conmigo o contra mi, sin término medio, repletos de ira y con un
profundo resentimiento hacia la sociedad, por lo que los investigadores creen que estos actos son una mera variante del problema.
La NRA y su lobbie en Washington lograban frenar este miércoles la nueva legislación promulgada por Barack Obama para hacer más restrictivo el acceso a las armas, a pesar de que el 80 por ciento de la población está a favor de esta nueva normativa.
El presidente admitió la derrota, aunque la calificó como una
"vergüenza del país", ya que las esperanzas de muchas víctimas y familiares estaban depositadas en este texto, y prometió seguir luchando para que la ley salga adelante.
Así, la amenaza terrorista que se cierne sobre Estados Unidos trasciende mucho más allá del islamismo radical o las recurrentes matanzas de civiles inocentes. La sociedad norteamericana puede tener a otro enemigo justo en la puerta de al lado, un peligro que puede estar detrás de los atentados de Boston.
María Paz García-Vera, profesora titular de Psicología de la Salud y directora de la Clínica de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid. +34 91 394 2614