Boston
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 20 de abril de 2013, 19:54h
Esta vez es personal. Bueno, de alguna manera siempre lo es porque los terroristas pretenden destruir todo aquello en lo que yo creo: la libertad, la democracia, los derechos humanos, el Estado de Derecho, los límites al poder y la prevalencia de la razón frente al fanatismo. Sin embargo, los asesinos que eligieron Boston para cometer los atentados del pasado lunes escogieron uno de los lugares más importantes de mi vida, uno de los sitios donde más feliz he sido. Por eso es personal, es decir, más personal que otras veces. El lunes pasado fue como aquella mañana terrible del 11 de septiembre de 2001, como aquel 7 de julio de 2005, como tantos días de espanto en Jerusalén, en Tel Aviv y otros tantos lugares de Israel. Me sentí desgarrado como aquel 11 de marzo de 2004 en que unos desalmados sembraron de muerte y dolor nuestra memoria colectiva y nos sumieron a todos –y a las víctimas más que a nadie- en una profundísima pesadilla.
Boston significa para mí mucho más de lo que puedo resumir en una columna y lo importante ahora son las víctimas y el pueblo de esa ciudad fabulosa de intelectuales, empresarios, escritores, profesores y libreros que acoge en sus alrededores al MIT y a Harvard. Esa ciudad corre cada tercer lunes de abril- el Día de los Patriotas- la maratón de Boston. De todo el mundo llegan corredores a participar en esa celebración de alegría, vitalidad y esfuerzo. Muchas más animan a los corredores porque, de algún modo, allí corre todo el mundo. Me gusta ese espíritu de participación, de sonrisa colectiva, de vida desatada porque sí, porque estamos vivos y de eso va la historia. Las familias llevan a sus hijos. Los novios corren juntos y el que no corre jalea al otro y a los demás porque aquí ganamos todos. Los abuelos que ya no están para esos trotes acuden a ver el espectáculo de color, sudor y algunas lágrimas de los corredores.
Este año todos han llorado. Todos hemos llorado porque nos han hecho daño; pero a nadie han hecho más daño que a las víctimas del atentado, que ha dejado tres muertos y casi doscientos heridos.
Los terroristas han matado a dos jóvenes y un niño. Krystle Campbell era de Bedford, no lejos de la ciudad, trabajaba en un restaurante y tenía 29 años. Iba casi todos los años a la línea de meta y este año estaba allí. También había ido Martin Richard, bostoniano de 8 años, de sonrisa contagiosa que solía hacer deporte con sus hermanos. La joven Lu Lingzi tenía 23 años, era china de Shenyang, y estudiaba en la Universidad de Boston. Le gustaba Nirvana y era optimista y trabajadora. El dolor de su muerte cruzó el Pacífico y a las pocas horas más de diez mil mensajes de condolencia lamentaban su muerte en internet. Ni Krystle, ni Martin, ni Lingzi ni los casi doscientos heridos –entre ellos la madre y la hermana de Martin- habían hecho nada que mereciese lo que les ha ocurrido. No hay nada que justifique esto en ningún lugar del mundo y la misma condición humana se estremece al pensar que algunos ven en estos atentados un acto de liberación o una forma de reivindicación. Las palabras se quedan cortas para expresar el horror y la rabia cuando escribo estas líneas. Supongo que el decoro de una columna no me impide llamar canallas a los canallas, ni miserables a los miserables ni asesinos a los asesinos.
Sin embargo, sé que Boston se recuperará de esta tragedia. Los estadounidenses ya han demostrado que las bombas no funcionan con ellos y que saben estar unidos frente a la adversidad. A este pueblo lo anima el espíritu de aquellos que se alzaron contra el Rey Jorge porque creían que era un tirano. Ellos afirmaron que todos los hombres nacemos iguales y libres y que nuestro Creador nos ha dotado de ciertos derechos inalienables entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Estas palabras están hoy más vivas y son más necesarias que nunca. Quienes han sufrido este golpe del lunes pasado –ellos, sus padres, sus abuelos- enviaron a sus hijos a luchar a Europa contra los nazis o a Afganistán a combatir contra Al Qaeda y los talibán. Este pueblo, que ha sufrido de nuevo el terror, ha sabido discernir las luces y las sombras de su propia Historia y seguir avanzando hacia una sociedad mejor, más justa y más humana.
Los Estados Unidos distan mucho de ser perfectos. Hay muchas cosas que no me gustan de ellos pero bastantes me las han enseñado precisamente quienes están tratando de cambiarlas. He aquí la grandeza de este pueblo. Si algo no funciona, van y lo cambian como hicieron con el Rey Jorge, con la segregación y con tantas otras cosas. Además de lamentarse de sus errores, los corrigen.
Este lunes he sentido esa tristeza profunda que me embarga cuando el terrorismo golpea aquellos lugares en los que viven los que amo, los sitios donde he sido feliz, donde he crecido o aprendido las cosas que de verdad valen la pena. Uno siempre se conmueve por el dolor y el sufrimiento humano, pero, en algunas ocasiones, siente como si las noticias le sajaran el vientre.
Boston se levantará y recordará a las víctimas honrando su memoria. Habrá ocasión para escribir sobre los autores del atentado, sobre el terrorismo y las amenazas que afrontan hoy las democracias. Habrá tiempo para hacer eso, pero no es éste.
Hoy esta columna pide justicia para las víctimas del atentado de Boston y eleva una oración por ellos y sus familias.
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Analista político
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