¿Por qué Boston y no Siria?
domingo 21 de abril de 2013, 19:39h
Del atentado lo saben todo, incluso de la persecución. El tratamiento informativo ha tenido un punto demencial, porque en la noche del lunes no había manera humana de seguir los acontecimientos más que por un canal deportivo de televisión y desde entonces parece que nos han devuelto todos los intereses con la incesante repetición de vídeos, declaraciones, persecuciones y demás parafernalia mediática. Que la prensa escrita vaya por detrás de la noticia en estos tiempos es triste, pero que vaya la televisión es incomprensible: cuando teníamos necesidad de saber qué había pasado, cuántas víctimas había, quiénes eran y quién podía haberlo hecho teníamos a Falete tirándose en trampolín. Cuando todo eso estaba más o menos resuelto y solo quedaba la película de acción, todo el mundo a conectar en directo como loco.
Los que seguimos el atentado por Twitter, que fuimos unos cuantos, tuvimos que lidiar con los problemas típicos –los bulos, las exclusivas falsas, los listillos…- y con la molestia añadida del comentario de siempre: “¿Por qué os lamentáis por los muertos de Boston y no por los de Siria o los de África?” Como si lo que molestara a los que venían con ese argumento no fuera la indefensión de los sirios o su abandono periodístico sino que estuviéramos estremecidos por los muertos, mutilados y heridos estadounidenses. Intentando denunciar un trato desigual –muertos de primera y de segunda- lo que hacían en realidad era caer en el mismo error y considerar a las víctimas de Boston algo así como piscineros que se pasan demasiado tiempo en el suelo para ver si el árbitro saca tarjeta al contrario.
En cualquier caso, la propia petición de igualdad en el dolor y el interés ya es absurda. Nada nos duele a todos por igual ni nos interesa lo mismo. Hay que lidiar con ello. Por supuesto, el periodismo debería atender a aquello de “Nada humano me es ajeno” pero con matices inevitables. En la misma semana, y lo sabrán si leen esta columna con cierta asiduidad, murieron Margaret Thatcher, José Luis Sampedro, Bigas Luna, Sara Montiel y mi padre. Además, obviamente, murieron otras muchas personas a las que yo no conocía de nada, así que no puedo ni mencionar su nombre.
Sería estúpido por mi parte ir por la calle diciendo a la gente: “Sí, mucho os duele que se muera Sampedro, pero de mi padre no decís nada”. Tan estúpido como que me viniera alguien a mí y me dijera: “Ya está bien de escribir de tu padre cuando mi primo se murió el mismo día”. Nos guste o no, que eso sería ya una cuestión de psicoanálisis, Estados Unidos es de alguna manera una figura paterna. Sí, le miramos todo el rato. Sí, él nos mira a su vez con superioridad. A veces le copiamos lo que hace, a veces le criticamos por hacer lo que le da la gana sin contar con nosotros. Hemos compartido momentos maravillosos y otros más bien prescindibles. Le queremos y le odiamos. A veces solo una cosa y a menudo solo la otra.
Pedir a la gente común de Europa, de España, de Occidente… que sienta igual un atentado en Boston que un atentado en Damasco es absurdo. Por una cuestión de afectos, esa cosa llamada “opinión pública” va a mirar siempre al padre y se va a poner nervioso cuando ve que tiembla. Y si el atentado fuera en París, aún más, y si fuera en Madrid, obviamente, muchísimo más. No es cuestión de enfadarse con la gente porque sientan los muertos de Boston como suyos sino, si se quiere, señalar que hay otros problemas por solucionar y que también merecen nuestra atención. Una especie de “No te olvides de Haití” continuo y agotador que a mí me parece que no serviría de mucho, pero habrá quien lo considere necesario.
Por lo demás, aunque nos parezca exagerado el tratamiento, aunque desde el 11-S parece que los medios estén deseando poder recrear una tragedia en directo y aunque puede que haya a quien le parezca que tres muertos y algo más de cien heridos tampoco es para militarizar una ciudad, luchar contra la empatía es imposible. Y si usted puede entender que yo sienta más la muerte de mi padre que la de Sara Montiel cuando a usted le da igual o más bien le ocurre lo contrario, entenderá que la bomba de Boston me duela más que la de Mogadiscio sin que eso me convierta en un animal despiadado y sin sentimientos.
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Escritor, analista y profesor
GUILLERMO ORTIZ es licenciado en filosofía. Ha colaborado con revistas digitales como El Semanal Digital, Factual o JotDown Magazine así como en medios culturales como Neo2 o Cuadernos Hispanoamericanos.
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