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Pluralismo y polarización

miércoles 24 de abril de 2013, 07:48h
Hay dos conceptos que se usan con frecuencia en el análisis político como si fueran afines o, al menos, vecinos, y que sin embargo apuntan a dos horizontes contrapuestos, uno de ellas compatible con la democracia y, el otro, su enemigo mortal. Nos estamos refiriendo al “pluralismo” y la “polarización”. Después de las traumáticas experiencias de los regímenes “monopartidistas”, de “partido único”, en los cuales un solo partido, fuera de derecha como el partido nazi o de izquierda como el partido comunista, monopolizaba la vida política de un país, existe un arraigado consenso entre las naciones sobre la necesidad de que la democracia, si quiere ser de veras tal, admita en su seno dos o más partidos que compitan entre ellos por el poder.

Pero esto es más fácil de decir que de precisar. En México, por ejemplo, el legendario Partido Revolucionario Institucional (PRI) monopolizó por varias décadas la vida política a un punto tal que ni siquiera era concebible su derrota. ¿Era entonces México una verdadera “democracia”? Quizás empezó a serlo sólo hace doce años, cuando el PRI perdió por primera vez a manos del PAN y pese a que pudo reconquistar el poder ahora, pero ya en medio de una competencia, esta vez sí, pluralista.

La palabra “competencia” pasa aquí del ámbito económico donde nació al ámbito político porque agrega un elemento decisivo para entender la democracia: que ella, para existir, no necesita “una” sino “dos” condiciones esenciales. De un lado, que coexistan dos o más partidos en condiciones de competir para ganar y ejercer el poder. Llamemos “pluralismo” a esta primera condición. ¿Pero cuál es la segunda condición de la democracia? Llamémosla “tolerancia”. Una democracia es “tolerante” cuando, si dos o más partidos compiten por el poder, ninguno de ellos tomaría su propia derrota a manos del rival como una catástrofe, como el fin del mundo. Cuando la lucha política se desarrolla en cambio en condiciones de “polarización”, de modo tal que un país termina por dividirse en dos bandos irreconciliables, cuando la victoria sobre el rival sería vivida como el mayor de los bienes y la victoria del rival como el mayor de los males, desaparece de la escena política el bálsamo de la tolerancia y lo que hay en su lugar es, apenas, una encubierta guerra civil.

A esta altura del análisis cabría preguntarse por dos naciones latinoamericanas que hoy viven peligrosamente al borde de esta confrontación. Una de ellas, Venezuela, está tratando de procesar el “poschavismo” a través de la polarización entre Maduro y Capriles. La otra, la Argentina, no termina de saber si la presidenta Cristina Kirchner pretenderá ejercer la “presidencia eterna” que reclaman sus partidarios o se resignará a convertirse al fin en una presidenta “normal”, esto es, republicana, cuando venza su plazo constitucional de aquí a dos años, tal como lo han hecho los presidentes de las democracias republicanas de Brasil, Uruguay, Chile, Colombia, Perú y Paraguay que la rodean.

Si Venezuela y la Argentina se inclinaran al fin por la alternativa democrática y republicana que exhiben, de norte al sur, de Estados Unidos a Chile, casi todos los países del continente con las solitarias excepciones de Cuba, Nicaragua y Ecuador, la larga batalla por la libertad americana estaría a punto de culminar. Si el venezolano Maduro y la argentina Kirchner consiguieran persistir un poco más, en cambio, podrían estirar el plazo de su anacrónica resistencia a la inexorable marcha de la historia.

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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