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Las recetas de la izquierda

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 29 de abril de 2013, 20:11h
Cuando el Gobierno, animado por ciertos síntomas de bonanza, se ha dejado llevar por un optimismo a medio plazo, se le ha acusado de mentir por todas las izquierdas, incluidas las mediáticas, y por esa derecha de la derecha que, una vez más, hace gala de su incultura política. Cuando –como hizo el viernes pasado- pinta un panorama inmediato menos esperanzador, esos mismos lanzan sobre él una rociada de insultos y descalificaciones. Para todas estas oposiciones, haga lo que haga el Gobierno, no existe otra actitud que la crítica global y total. Como si la izquierda fuera nueva en la plaza, acabara de llegar y no tuviera nada que ver con esta penosa situación. Paradójicamente, la nota divertida la pone Rubalcaba, que parece aspirar al puesto de humorista oficial, cuando se muestra dispuesto, con todo el rostro, a que se le pida ayuda. Como si el PSOE tuviera algo que ofrecer y como si las solicitudes de ayuda no estuvieran planteadas desde el primer momento, con el resultado de un socialismo que, aparte de buscarse a sí mismo sin lograr encontrarse, no tiene más obsesión que derribar al Gobierno, sin esperar a que haya elecciones, aliándose con quien haga falta, incluidos la menguada legión de vándalos y descerebrados que ahora pululan por nuestras calles.

Las soluciones que propone Rubalcaba son, efectivamente, de broma, como suprimir los billetes de 500 euros o denunciar el Concordato, que no existe, pues sólo hay determinados acuerdos con la Santa Sede, que es un sujeto de Derecho internacional, aunque él todavía no se haya enterado. Puesto a suprimir ahora pide la supresión del Senado, dando un susto, suponemos, a sus representantes en la comisión que estudia la reforma de la Cámara Alta. Por cierto, la fórmula que propone el discutido líder del PSOE es una mala imitación del Bundesrat alemán, institución muy debatida allí, ya parcialmente reformada y que es una herencia del II Reich de la época de Bismarck cuando, sin desaparecer, se unieron los diversos reinos, principados, ducados y ciudades libres que constituían Alemania hasta 1870. Sólo le ha faltado proponer la creación de la figura del Kaiser.

Cegados como están por el populismo demagógico, en el PSOE no saben o no se quieren enterar de que el Senado de los Estados Unidos, la primera Cámara de representación territorial del mundo occidental, (sí señores, que aquí no se ha inventado nada), que inicialmente estaba formada por senadores elegidos por las legislaturas (parlamentos) de los estados de la Unión, desde 1913 (enmienda 17ª) de su Constitución, son elegidos por los electores de los respectivos estados. El argumento básico era muy simple y muy democrático: Tiene mucha más legitimidad una Cámara elegida por el sufragio directo de los ciudadanos. Rubalcaba quiere ir (en eso como en casi todo) marcha atrás dejando en manos de los gobiernos la designación de los senadores y haciendo del Senado, como ya hemos dicho en otras ocasiones, “la Cámara del guirigay autonómico”. Al final, una manera de socavar el bicameralismo y de parecerse un poco más a su añorada II República.

Esta profunda desorientación del PSOE no es una exclusiva de la izquierda española ya que, en grados diversos y en situaciones muy distintas es compartida por todos o casi todos los partidos socialistas del continente. Acabamos de ver el desastre de la izquierda italiana, a pesar de sus buenos resultados electorales. En Alemania, una parte de los “Verdes” estima que si Merkel no obtiene la mayoría absoluta en septiembre, quizás sería mejor coaligarse con su CDU/CSU, que intentar formar gobierno con los socialdemócratas del SPD, como era tradicional en el plano federal. En Islandia ha ganado de nuevo la derecha liberal porque no se fían de la izquierda que ha gobernado hasta ahora mismo. Allí como en todo el continente no creen que la izquierda tenga recetas para afrontar la crisis, aun cuando les duelan, como es natural, las duras recetas de la ortodoxia fiscal que aplica el centro-derecha.

En Francia, Hollande en menos de un año se ha convertido en el presidente más impopular de la V República. En vez de hacer frente a la crisis ha tenido durante meses entretenidos a los franceses con la ley del matrimonio homosexual, que se ha aprobado la semana pasada. Por cierto que el lema elegido para hacer campaña a favor de esta medida, que ha dividido profundamente a la opinión pública, ha sido “matrimonio para todos”, como si se tratara de repartir caramelos. Los izquierdistas españoles habrían añadido, seguro, “y para todas”. Un comentarista de Le Figaro ridiculizaba el viernes la posición del PS francés que ha calificado el voto de “progreso inmenso de la igualdad de derechos y derrota de la intolerancia y el extremismo”, en una línea que recuerda mucho al socialismo zapateril obsesionado con “la ampliación de derechos”. El citado columnista, Ivan Rioufol, hacía este comentario: “Sólo los dignatarios nor-coreanos deben hablar así todavía”. En el mismo artículo se hacía una referencia a “la manifestación para todos”, titulada así, irónicamente, por los opuestos al matrimonio homosexual, que reunió a 270.000 personas según los organizadores (45.000 según la policía). A la misma hora en la mítica plaza de la Bastilla, la contra-manifestación de los partidarios del “matrimonio para todos” (“y todas”) reunía a 15.000 manifestantes según ellos (3.500 según la policía).

Se extiende por Europa la sensación de que está pasando definitivamente la época del monopolio cultural de la izquierda, de su falsa idea de progresismo, de su arrogancia que se siente en posesión del bien, de la verdad y de las fórmulas “científicas” para lograr la felicidad, también “para todos y todas”. Otro comentarista francés, Éric Zemmour, ha escrito que “La izquierda de arroga en Francia el derecho (divino) a delimitar el recinto en el que la derecha tiene el derecho a pacer, bajo pena (si se sale de ese recinto) de quitarle la patente de republicanismo”. Totalmente de acuerdo, con la salvedad de que eso no pasa sólo en Francia, como aquí sabemos con la experiencia de “cordones sanitarios” y otras operaciones similares. Por no hablar de la facilidad con que estos izquierdistas etiquetan de “fascistas” a cualquiera que no comparte sus puntos de vista. Hace poco, comentando con un socialista inteligente este hecho, me decía que no todos los socialistas llamaban fascistas a quienes no participaban de sus enfoques. Mi respuesta fue: “Muchos no lo dicen, pero lo piensan”. Y este honrado socialista me contestó: “Eso sí es verdad”. Paladina confesión que demuestra la permanente tentación totalitaria de los socialismos, por usar la expresión de François Revel, lo que, paradójicamente, quiere decir que son ellos quienes están más cerca del fascismo que quienes “pacen” en la zona del centro derecha. Zemmour añadía que “la izquierda ya no inventa nada pero quiere seguir siendo el árbitro de las elegancias”. Y terminaba de una manera inquietante: “La izquierda está paralítica y la derecha ciega”.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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