Las memorias de Amanda Knox
miércoles 01 de mayo de 2013, 19:15h
Era sólo cuestión de tiempo que Amanda Knox, la norteamericana juzgada por el asesinato de la británica Meredith Kercher en 2009, ofreciera su propia versión, el relato personal de lo que vivió en Italia durante casi cinco años de su vida. Los hechos tuvieron lugar en Perugia, ciudad muy frecuentada por universitarios extranjeros donde ambas estudiantes compartían vivienda, y el juicio celebrado en primera instancia condenó a Knox por su participación material en el asesinato. Junto a ella, lo fue también su novio italiano, Raffaele Sollecito, así como un cómplice de nacionalidad marfileña, Rudy Guede, cuyo ADN apareció en la escena del crimen y que logró una condena reducida a cambio de delatar a la joven pareja. Sin embargo, después de cuatro años en prisión, los caros y eficaces abogados de Knox y de Sollecito consiguieron que la apelación sirviera para ir desmontando, una por una, la mayoría de las pruebas que habían servido para sus condenas con independencia de la confesión de Guede.
Excarcelada, ante la atónita opinión pública italiana y, sobre todo, británica, que consideraban culpable desde el principio a Knox, la joven de Seattle voló de inmediato a su país, donde, por el contrario, le aguardaban con un recibimiento más propio de héroe de guerra, después de haber cerrado filas a su favor durante todo el proceso, sin flaquear en ningún momento. Por eso, como decía, era cuestión de tiempo que la “asesina con cara de ángel”, uno de los apodos que recibió por parte de la prensa italiana y británica, diera su versión en un libro. También cuestión de dinero, por supuesto, porque su familia se volcó en la causa sin reparar en gastos - gracias asimismo a donaciones privadas - y era urgente sanear las arcas. Por otra parte, estaba claro que los proyectos de futuro que, quizás un día, trazó Amanda para su vida ya no tenían ningún sentido. Inocente o culpable, el carisma de Knox desdibujó desde el principio a los otros implicados e, incluso, a la propia víctima, de quien pronto se olvidó el nombre y, mucho antes, el rostro. De modo que el libro autobiográfico de la norteamericana estaba más que cantado. Al final, cuatro millones de dólares como adelanto para cerrar el acuerdo y una presentación en exclusiva con entrevista de sofá emitida en el canal ABC. Knox habló el pasado martes en televisión de su calvario durante los interrogatorios de la policía italiana, de la que asegura que llegó a amenazarla con no volver a ver a su familia o de los presuntos abusos que padeció en la cárcel, donde pensó en quitarse la vida.
Knox asegura que ahora sólo alberga la esperanza de ser escuchada o, más bien, leída, y así se titula, de hecho, su libro autobiográfico con el que batirá record de ventas en casa. Aunque donde, en teoría, debería volver a ser escuchada es en Italia, país al que parece más que improbable que regrese, por mucho que lo exija su Tribunal Supremo que ya ha ordenado repetir el juicio. Aún más improbable resulta pensar que, en caso de volver a ser condenada a prisión, Estados Unidos accediera a conceder su extradición al país transalpino porque es sabida la “manía” que tienen en Norteamérica a los tribunales de otros países cuando se trata de juzgar a sus conciudadanos, como si no se fiaran de los procedimientos judiciales en otras partes del mundo, a pesar de que, precisamente hoy, Obama haya vuelto a recordar lo mal que queda eso de no haber clausurado todavía Guantánamo, donde hay presos que llevan encerrados muchos años sin ser ni siquiera juzgados. Ni bien ni mal.
Por su parte, Amanda confiesa que los recuerdos de esa noche están distorsionados por los porros que fumó con Sollecito mientras ambos veían en la tele la película francesa “Amelie” – curiosa coartada, por cierto – pero que ello no le impide estar absolutamente convencida de que no salió del apartamento de su novio hasta la mañana siguiente, cuando regresó a la casa que compartía con la inglesa, a quien encontró ya sin vida. No es, en todo caso, la primera vez que la responsabilidad penal después de un brutal asesinato acaba quedando diluida, para desesperación de la familia de la víctima, entre diversos culpables que dan distintas versiones que luego vuelven a cambiar antes de iniciarse las apelaciones, durante las cuales cambiarán de nuevo el relato de los hechos. Sin ir más lejos, es lo que lleva ocurriendo desde el principio en el caso del asesinato de Marta del Castillo, donde todo resulta aún más oscuro y resbaladizo porque no se cuenta con la “ayuda” del cuerpo de la joven, único capaz de aportar más datos que sirvan para establecer la verdadera causa de la muerte y el modo en que la misma se produjo. Esta semana hemos conocido, de hecho, que Miguel Carcaño, asesino confeso de Marta, acusa ahora a su hermano mayor de ser el autor material de la muerte. Es su séptima versión personal de lo que ocurrió aquella noche, aunque puede que la definitiva – su definitiva, al menos – sólo podamos leerla cuando publique, igual que Amanda, sus memorias.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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