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Secesionismo en Europa

Sadio Garavini di Turno
jueves 02 de mayo de 2013, 19:41h
La renovada presión para un referéndum sobre la independencia de Cataluña, solicitado por los partidos que tienen la mayoría parlamentaria en la Generalitat: Convergència i Unió (CiU) y Esquerra Republicana de Catalunya, así como el anunciado referéndum en Escocia, las continuas tensiones entre flamencos y valones en Bélgica y la relativa fortaleza de la Liga Norte en las regiones septentrionales de Italia ha puesto de nuevo sobre el escenario político europeo el tema del secesionismo.

El fin de la Guerra Fría desató una serie de cambios en la estructura del sistema internacional, particularmente en Europa: la reunificación de Alemania, el colapso del Imperio Soviético y el desmembramiento de la propia Unión Soviética , incluyendo su “corazón eslavo”(Rusia, Ucrania y Bielorusia) y la desintegración de Yugoslavia y Checoeslovaquia. Una de los rasgos característicos de nuestro tiempo es la contradicción. Por un lado, la impresionante revolución tecnológica, particularmente en materia de comunicaciones, fortalece las fuerzas centrípetas de la transnacionalización y la globalización, que tienden hacia la integración o fusión del orbe en macroregiones. Por el otro, las fuerzas centrífugas del nacionalismo, del tribalismo, del etnicismo y del localismo incentivan la desintegración o fisión en microregiones. La paradoja de la Europa contemporánea es que el fin de la amenaza soviética creó las condiciones para que la ampliación y fortalecimiento de la Unión Europea hiciera relativamente más factibles y creíbles las secesiones. Es muy probable que la población de la minúscula Eslovenia no hubiese apoyado la secesión, que activó la implosión de Yugoslavia, sin tener la esperanza cierta de acceder a la Unión Europea. Quizás muchos catalanes, escoceses, vascos y flamencos piensen lo mismo. También hay que subrayar que el más reciente fomento del fenómeno secesionista tiene que ver con la dura crisis socioeconómica que vive una parte de Europa. En efecto, no hay secesionismo en los países nórdicos, ni en Alemania, aun cuando hay diferencias de intereses entre los “ricos” Wessies (occidentales) y los “pobres” Ossies (orientales).

La economía condiciona fuertemente el tema secesionista. No es lo mismo el separatismo de la rica Cataluña que el de la relativamente pobre Escocia. En ésta sólo una minoría precaria habla de independencia, la mayoría se divide entre el “status quo” y una mayor autonomía regional. Probablemente, algo tienen que ver los subsidios que provienen de la rica Inglaterra. En cambio, muchos catalanes pueden pensar que estarían mejor si sus impuestos fueran utilizados sólo en su región, olvidando quizás que buena parte de su industria le debe su fortaleza a que el Estado español le mantuvo un mercado seguro, cautivo y protegido. Lo triste del caso catalán y en mayor medida en el caso del secesionismo poco serio de los mal llamados “padanos”, seguidores del folklórico Umberto Bossi, que junto a Berlusconi y al reciente caso del comediante Grillo, parecen tres chiflados en una película cómica de Alberto Sordi, es que a la base de su separatismo hay un aprovechamiento del codicioso y obtuso egoísmo que la sociedad consumista postmoderna está tele-fomentando en el marco de un materialismo reduccionista y aberrante: “consumo ergo sum”. El imperativo de consumir siempre más, con la insana obsesión de distinguirse y contraponerse a los otros mortales y la búsqueda incesante del “poseer”, que sólo adquiere placer y valor con exclusión de los demás, noten la recurrente utilización de la palabra “exclusivo” en la publicidad. Esta verdadera “civilización afrodisiaca”, como diría Bergson, explica, en buena parte, el deseo de algunos habitantes de las regiones más privilegiadas del planeta de separarse del resto del país.

Ahora bien, el derecho de una población a la secesión se basa en uno de los principios fundamentales del actual sistema internacional: la autodeterminación de los pueblos. Sin embargo, los Estados Unidos son una superpotencia, en buena parte, porque evitaron, a sangre y fuego, la secesión del Sur. En la actualidad, Rusia y China hacen lo mismo en Chechenia y en Xinjiang, respectivamente. Pero ¿Cuán pequeña puede ser la población con derecho a la autodeterminación? Una buena parte de los francófonos en Quebec desean la secesión del resto de Canadá, sin embargo no creo que estarían dispuestos a concederles el mismo derecho a las minorías indígenas y anglófonas, en un posible Quebec independiente. En fin, el tema es evidentemente complejo y escaparía a la economía de estas breves líneas, pero quizás una solución sensata al dilema: “unión o secesión” habría que buscarla, “inter alia”, en un democrático y solidario tejido de autonomías regionales intraestatales, en el marco de una fortalecida integración regional interestatal.
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