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Desvertebrando

Manuel Ramírez Jiménez
jueves 02 de mayo de 2013, 19:42h
Como no ando con la absoluta seguridad de que el empleo del título usado conduzca sin duda alguna a la finalidad que estos párrafos persiguen, permítaseme el refugio en el inmediato pasado.

Cuando en las Cortes de la Segunda República Ortega describe la situación del país, llega a la calificación de “invertebrada”. Carencia de un sentimiento común de porte nacional, mera aglomeración de intereses particulares según regiones: particularismo. Especie de mero conjunto de compartimentos estancos a los que casi nada une. Era su España. La de comienzos y bien entrado el siglo XX. País carente de una sólida vertebración que uniera como gran nación. Y por aquellos lares se repetía la idea tanto de un espíritu colectivo y solidario, cuanto la más o menos demanda del cirujano llamado a vertebrar. La República fracasó en este propósito, posiblemente por la debilidad de un escenario con esta idea. Sabemos lo que vino después.

En 1978, tras el difícil juego de la transición, España logra la Constitución vigente; todo parecía semejante con pequeñas excepciones. Nuevo rumbo. Algunas nuevas ideas y hasta cierto “orgullo nacional” por el resultado, que se pregonaba como ejemplar y hasta imitable. Así comenzó la andadura de la actual democracia, sin que faltaran nostalgias y algún que otro aviso de lo peligroso del nuevo camino: había mucha más pasión democrática que auténticos ciudadanos socializados en los valores de tal ritual.

Ahora, unos años después y sin que se haya plasmado evento alguno de gran alcance, el camino parece torcerse. Y, sin reparo ni mucho pensar, vuelta al particularismo y la insolidaridad, a la España de retornos. Se ha manipulado antojadísimamente el pasado; se emplea como arma arrojadiza. Y vuelve la gran preocupación por “lo que va a pasar”, siendo esta la mayor cuando los senderos se cruzan y el panorama se diluye. Regiones que no quieren serlo. Hasta que renuncian a su españolidad. Autoridades y partidos, importantes en las decisiones, nada dicen e instancias superiores, monopolizadoras en la estructuración de la democracia, nadan en un océano de corrupción política, social y económica, con el silencio de los llamados a decir y los insultos a lo patrio comunitario. ¡Y tantos y tantos desafueros por doquier! Temor a una insólita llamada a la segunda transición.

Todo esto es volver a lo invertebrado. Solo que ahora lo único que falta no es ningún cirujano, sino algo más colectivo y fructífero: cultura cívica y un tanto de cariño a una de nuestras entrañas. No es posible el soslayo, ni la menor espera.

Manuel Ramírez Jiménez

Catedrático de Derecho Político

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