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Marcos Bontempo, pintor

José María Herrera
sábado 04 de mayo de 2013, 18:21h
Las dificultades para saber cuándo estamos ante una obra de arte excelente no son de ahora. Si hubiera un criterio seguro con que juzgar, un canon al estilo del que propuso Vasari en el Renacimiento (canon que dejó fuera a artistas de primer nivel), la cosa sería fácil. Pero el arte no se deja atrapar en un canon. Ni siquiera vale el conocimiento. Se puede ser un experto y carecer de sensibilidad artística. Orson Welles hizo una estupenda película con esto, Fraude. Pero, si no podemos confiar en los expertos: ¿en quién hacerlo? Apelar al gusto es arriesgado, máxime en los tiempos que corren. Se empieza confundiendo lo que comprendo y me gusta con lo bueno y se acaba hablando de arte gay o de Baracaldo. Los ilustrados pensaban que hay una relación entre buen gusto e instrucción y que cuando ésta se consigue el acuerdo termina imponiéndose, pero: ¿cómo juzgar un arte como el contemporáneo que ha trabajado adrede contra el buen gusto?

El arte ha satisfecho a lo largo de la historia necesidades diversas: el deseo de belleza, el conocimiento de la realidad, la simbolización de lo trascendente, el espíritu crítico, el anhelo de expresión. Tales necesidades han cambiado de lugar en la jerarquía de nuestros intereses dando pie a diversas concepciones de la labor artística. La belleza fue durante siglos objetivo prioritario, hoy ya no lo es. El arte contemporáneo presume de haber dejado atrás el mundo de las apariencias, el mundo del hombre común. Si antes los artistas ofrecían un discurso cuyas claves eran conocidas de antemano por la mayoría, el discurso actual es que no hay discurso. La diferencia entre una obra auténtica y lúcida y otra confusa y fraudulenta se ha vuelto tan difícil de ver que el arte se ha convertido en uno de los negocios predilectos de especuladores y charlatanes. Raza, sexo o política son ahora elementos tan decisivos a la hora de juzgar las obras como el talento. Se denuestan productos geniales debido a las posiciones del autor y se ensalzan creaciones mediocres por lo contrario.

A nadie puede asombrarle que en este contexto se diga que el arte ha muerto. Yo no lo creo. Lo que quizá haya muerto es la historia del arte, la posibilidad de integrar la producción artística en una narración coherente. Tal imposibilidad es la causa de la presente situación, el amorfo todo vale que tanto desconcierta. ¿Qué límite hemos rebasado para que se llame arte a dejar morir de hambre a un perro encadenado en la sala de exposiciones, exhibir la cama del artista o sus excrementos, correr en grupo desnudos delante de las obras maestras del pasado, etc.? Espero que sepan disculparme si evito inmiscuirme en la discusión de estas majaderías. Un artista de verdad nunca toma las cosas de la realidad y las presenta tal cual, sino que las representa de algún modo, no necesariamente realista. En el arte no cuenta la intención, como en el orden moral, sino la obra. El realismo extremo, ese contemporáneo colocar lo real en el lugar donde antes se exhibía la obra artística, no es nada, retórica barata, esnobismo.

Yo tengo la sospecha de que en el modo en el que han evolucionado las cosas en el orden artístico los más perjudicados son los verdaderos artistas. Así Bontempo, pintor afincado desde niño en Andalucía al que apenas nadie ha hecho caso en veinte años. ¿Cómo es posible, sin embargo, que su obra vaya a exhibirse ahora en una de las galerías más antiguas de Nueva York?, ¿nadie se percató aquí de su talento?, ¿se despistaron los expertos al no percibir en sus cuadros ninguna de esas cosas que hoy cotizan: la insulsez, la autocomplacencia, la repetición, la presencia de un yo?, ¿acaso su mensaje, el mensaje de un hombre que absorbe como un pararrayos las descargas de una realidad enmascarada por la estupidez, resultaba incorrecto? Y es que Bontempo es de esos pintores que, a pesar de no existir hoy lenguaje común, siempre transmite algo: la falta de aire, el dolor que no encuentra compasión, la pérdida del sentido … Sus temas predilectos –el minotauro que husmea la entraña de la víctima horrorizado de su bestialidad, el pensador que escarba con las manos su cabeza hasta hacerse sangre en el cerebro, el hombre que es un muñón expresivo que se retuerce sin encontrar destinatario a su discurso, la muerte que rodea a las criaturas y va engulléndolas como una madre invertida, los cuerpos que se precipitan en el vacío- revelan una experiencia de la vida en la que predomina el rechazo y la refracción, como si el hombre, esa obra maestra que decía Shakespeare, se hubiera convertido para la naturaleza que lo acoge en un cuerpo extraño y empezara a darse cuenta de ello.

Pocos lectores podrán permitirse el lujo de visitar la sala Ricco Maresca de Nueva York entre el dieciséis de Mayo y el quince de Junio para contemplar Dancing in the void, (en la web de la galería se ven los cuadros), pero si fuera el caso les recomiendo que vayan allí como el que va a ver una exposición del Bosco. No digo que los galeristas tengan pensado ambientar la sala con el Apocalysis cum figuris de Adrian Leverkühn, una música sombría e irónica que le iría de maravilla, pero la danza en el vacío a la que se alude en el título es la de un artista que en vez de asfixiarse en su torre de marfil se ha lanzado al abismo a fin de contarnos lo que somos y lo que nos acecha.
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