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Déficit de Estado

Antonio Domínguez Rey
domingo 05 de mayo de 2013, 19:38h
Existe un desnivel claro de incompetencia entre la imagen civil de la cultura y la función correspondiente de Estado. Los logos públicos, nombres, obras premiadas que sirven de representación e índice de la fortaleza mental de una nación por parte de las instituciones es otro índice del escaso nivel creativo que atraviesa España. Los fastos que rodean a muchas de estas manifestaciones, sobran. Chirría demasiado el acomodo, por no decir otra cosa, de las declaraciones en actos públicos y de sus exigencias a las circunstancias. Declarar, por ejemplo, que tal o cual autor es “maestro de maestros”, compromete delicadamente a la institución cuyo representante repite el dictado de asesores y escritos redactados para la ocasión. Maestros del pensamiento, arte, política, ha habido muchos, hasta excepcionales. La comparación superlativa implicada en la expresión “maestro de maestros” suena, por ello, irónica, o desconcierta cuando no se corresponde con la realidad aludida. Sonrojo ante el relieve del acto y la descompensación del objeto o persona elogiada. Peor aún si se insiste en el convencimiento de lo que se afirma por imperativo de protocolo.

Hace poco tiempo, unas semanas, coincidían entre los fastos de un premio importante, no importa cuál, aunque muy coreado por el relieve de “maestría”, la aparición de un libro notable sobre el estado de la Universidad española, y la declaración de un representante de la economía sobre la cultura del país. Decía Antonio Garrigues ante un auditorio de notables reunido en el Centro Cultural de Chamberí que el nivel cultural de España es muy bajo. Y lo relacionaba con la crisis económica que vive Europa, crisis, dijo, “de cultura y de civilización”. Efectivamente, la remoción de la economía responde siempre al binomio citado: el nivel culto de la sociedad civil. Los valores implicados en la organización social, la cohesión de la convivencia en el estímulo de ideales. Las visiones comprehensivas de la realidad inmediata, futura, y la promesa de vida que abre horizonte.

Una de las funciones del Estado consiste en promover estos valores y crear esperanza de futuro. Las palabras, incentivos, proyectos, han de revelar y promover la energía que todo hombre, por el hecho de serlo, lleva dentro. Si la cita, obra, el acto, persona elogiada no está a la altura de la expectativa que remueve el fondo del ciudadano, se produce una frustración en quien sí sabe advertir el despropósito y espera un rostro nuevo de la realidad desvelada. El desnivel entre las instancias oficiales y el compadreo que, en tiempos de crisis, las circunda, provoca desinterés, desidia y alejamiento. La frustración de tales situaciones no tiene, sin embargo, evidencias concluyentes. Se da siempre un ligero equilibrio de resplandor oficial, significado reconocible de un mundo vigente, estándar, de la obra, ideología más o menos mediática del autor y un punto de convocatoria amanerada, suficiente para que se reconozca en ella un espectro amplio de la sociedad bursátil.

Cuando la medianía se arroga instancia de valor representativo, alcanzamos la mediocridad adecuada al momento. Todo es apariencia. Y al extenderse en el tiempo y difundirse por el tejido social, las instituciones naufragan. Tal es el subtítulo de “La Universidad Cercada”, un libro que reúne diferentes “Testimonios de un Naufragio”, el que sus autores advierten desde la sonada Transición política hasta el día de hoy en las aulas españolas. Ya es un tema recurrente. Donde más se prodiga este tipo de publicaciones es en Francia, donde también se quejan los profesores. No así, sin embargo, en Alemania, donde la economía aún se ajusta al nivel de competencia docente y el rigor intelectual del Estado. Quien entre, no obstante, un sábado en las principales librerías de las grandes ciudades francesas y vea el número y tipo de libros que adquieren los ciudadanos, se sorprende si compara el vacío de mediodía en las plantas comerciales de la cultura española. Aún hay diferencia. La gente europea lee, tal vez menos, u otro tipo de lecturas, pero lee. Piensa. Prueba de ello es la altura crítica de análisis y juicio. Como en España, pues observamos que, de tiempo en tiempo, aparece este tipo de denuncia, lo cual indica que aún quedan mentes capaces de alzar la voz y exponer la situación mediocre que acompaña a la crisis mental y económica.

¿Qué sucede, entonces, si, a pesar del estado decadente y penuria intelectual, existen ciudadanos capaces de analizar críticamente la situación e indicar la causa profunda del estado de colonización mercantil en que nos hallamos? Los testimonios de los profesores, ya jubilados, que denuncian el acotamiento de la enseñanza universitaria insisten en el sentimiento de impotencia generada ante la invasión mediocre de las instancias representativas del Estado, en concreto la Universidad. Cabe extenderlas a otros sectores. Merma del nivel de conocimientos. Reducción de exigencias para acceder a responsabilidades públicas. Injerencia de los sindicatos en funciones que no les competen, como las de gobierno, orientación de estudios, empleo cualificado, inversiones sociales, etc. Y como consecuencia de todo ello, endogamia, falso amiguismo en aras de una pretendida igualdad de mérito y competencia. Y algo más grave, fragmentación espuria del fondo común de la libertad científica, que es la de búsqueda desinteresada de la verdad de las cosas. Todo en aras de la autonomía universitaria y de la estatal, las Comunidades Autónomas. Y un flujo aberrante de justificaciones ideológicas. El resultado es la burocracia y la politización, no solo universitaria, sino de los centros o nudos de enlace laboral en las instituciones. Un ligero barniz de formación mediática, el apoyo de un sindicato, grupo político, empresa con roces de igual tinte, y ascenso cualificado. La función crea el órgano y, una y otro, el naufragio de los valores. Aún precisan estos, no obstante, del “maestro”. Necesitan el aval confirmado por la historia. Aunque solo sea el halo. Y ninguna institución se mantiene sin “maestro de maestros”. Lo grave sigue siendo la banalización de los símbolos. Nos quedamos con los nombres. No con sus significados. Y las palabras suenan huecas. Por eso la ironía. O el desconcierto.

Lo que sucede, y estalla por su resplandor, es que ha habido una involución y reversión de valores. Quienes ocupan los puestos de representación pública están solo a la altura del vacío. De sí y de aquello que los sostiene. Queda el consuelo de que no todos, evidentemente. Y hasta esta realidad manipulan, como amparo, quienes mercan su incompetencia con hábil medida de mercado. En beneficio propio.

He aquí el déficit sutil y profundo, hoy día, del Estado. Y a pesar de la oferta cultural existente. Se ha sobredimensionado la expectativa creada y han consumido el fuego de los valores reales. Las nuevas tecnologías proporcionan nuevas evasiones de calor psicológico más inmediato. Crece el autismo y cada vez sobra más el Estado, que se refugia en sustitutos banales. La institucionalización de la cultura acelera su muerte. Y el cohecho del arte con las fundaciones monetarias es un insulto a la memoria de quienes sufrieron en vida la inclemencia de los soberanos. Asisten las masas, sí. Y quedan más entontecidas. El nuevo yugo, hábilmente renovado, del icono y su liturgia asimilada. La impotencia de quienes asisten, conscientes, a la mercantilización del silencio necesario para que cunda la vida.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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