El espejismo de los sondeos
lunes 06 de mayo de 2013, 20:02h
Comparar los porcentajes de los sondeos con los resultados de las elecciones pasadas o basarse en ellos para prever los de las futuras es un ejercicio que puede ser divertido, pero que casi siempre es inútil y falaz, sobre todo cuando faltan meses o años para una nueva consulta electoral. Los llamados sondeos de intención de voto suelen iniciase con esta pregunta dirigida al entrevistado-sondeado: “¿Si hoy hubiera elecciones, a qué partido votaría usted?” Y como “hoy” no hay elecciones, el ciudadano requerido contesta a impulso de sus sentimientos y de sus emociones que –como sucede ahora en España como en otros países europeos- reflejan el malestar, el desconcierto e incluso la indignación ante una crisis que se alarga y ante unas duras medidas impopulares, que hacen sufrir incluso a los que estiman que son necesarias y que no hay alternativas. Los descensos, las caídas, en los porcentajes de voto del partido gobernante, como me decía hace años Worcester, son mensajes dirigidos al Gobierno; si se quiere, incluso serias advertencias. Pero sólo minoritariamente testimonian el “divorcio” del elector con el partido en que puso su confianza en el momento electoral.
Ese mismo ciudadano que, ante el entrevistador ha dejado hablar a su corazón, cuando se sitúe ante la urna calibrará perfectamente la diferencia entre su opinión de entrevistado y su voto de elector y, muy probable y responsablemente, ejercerá su derecho de elector con la cabeza, sin entregar su voto a opciones muy expertas en la protesta demagógica y la crítica sistemática, pero que no ofrecen soluciones creíbles o factibles. En el extremo, ese ciudadano puede actuar, aplicando aquello que se decía antes en Italia: “Tappati il naso, e vota”. Porque una buena parte de los ciudadanos puede que no encuentre ninguna oferta política que les convenza la cien por cien, y en ese caso la solución –en una democracia asentada- no será nunca dar el voto a cualquier extremismo irresponsable, como los que está apareciendo ahora en algunos países europeos, sino a la oferta menos mala de las posibles y realistas. Llamando así al partido o partidos que, aun estando lejos de la deseada perfección, ofrezcan más garantías de un ejercicio responsable del poder y de servicio al interés general.
Los sondeos señalan tendencias y cualquier gobernante debe seguirlos con atención, pero sin caer en ningún tipo de “encuestocracia”, que sería todo lo contrario de una democracia auténtica, que es, sí, un régimen de opinión –que formalmente se expresa en las urnas- pero no de encuestas. Siempre es mejor, por supuesto, gobernar con la opinión a favor, pero un gobierno responsable a veces tiene el penoso deber de llevar la contraria, durante un tiempo, a opiniones más o menos predominantes, precisamente porque el interés general lo impone. No es fiable el gobierno que busca el aplauso cotidiano, sacando cada día de la chistera el consabido conejo de la subvención o del subsidio para ganar voluntades y buscar titulares, aunque el país se vaya hundiendo poco a poco.
El actual Gobierno de España, se encontró con un país en la ruina y, para evitar el rescate – que habría significado la ruina total y duradera- tuvo que ponerlo en manos de los cirujanos que están en Bruselas y en Francfort y que impusieron sus condiciones. Hay listillos que afirman que todos sabíamos que el anterior Gobierno nos engañaba. Se sabía, efectivamente, pero se ignoraba la dimensión exacta del agujero zapateril. Y a la vista del descomunal tamaño del mismo hubo que llevar el país al quirófano. Nunca es agradable entrar en el quirófano pero a veces es necesario para salvar la vida. Y eso es lo que tuvo que hacer este Gobierno, con impuestos inesperados y siempre irritantes y con recortes indispensables y siempre dolorosos. La alternativa era quedarnos fuera de los mercados, sin capacidad para financiar los servicios sociales y el funcionamiento ordinario del Estado. Ahora todo indica que el enfermo ha salvado la vida, pero sigue todavía en la unidad de cuidados intensivos. No ha llegado, aun, el momento de trasladarlo a la planta de la normalidad, que significa crecimiento y creación de puestos de trabajo. Pero el propio comportamiento de los mercados indica que ese momento se vislumbra en lontananza.
Rajoy ha pedido paciencia y Rubalcaba, irresponsablemente, ha exigido urgencia. El buen político no confunde nunca lo urgente con lo importante, pero esa lección parece que la aprenderá nunca el líder socialista ni alguno de sus vociferantes prosélitos. Como su portavoz en el Congreso que no tiene más argumento que repetir una y otra vez, a gritos y braceando, que Rajoy es un mentiroso. ¿Nadie la ha mostrado un video de cualquiera de sus lamentables actuaciones? También debería aprender Rubalcaba y su gente la diferencia entre lo posible y lo deseable. No tienen ellos el monopolio de la preocupación por los humildes, ni por los que sufren. Todos deseamos que quienes peor lo están pasando salgan cuanto antes de su personal infierno. Como le dijo una vez Giscard a Mitterand, “vous n’avez pas le monopole du coeur”. Aunque en su soberbia creen tener ese y otros muchos monopolios.
Volviendo a las encuestas recientemente publicadas, lo más notable no es tanto el lógico desgaste del Gobierno que paga en pérdida adhesiones sus necesarias medidas. Lo más notable es que el PSOE, sigue en caída libre, sin alcanzar siquiera la psicológica barrera del 30%, incapaz de aprovechar aquel desgaste y sin estar a la altura de su condición de primer partido de la oposición, que en una situación como la presente no es ni el grito ni la ocurrencia, sino el apoyo crítico, no para salvar al Gobierno, sino para salvar al país. No es sorprendente la constatada tendencia al retroceso de los separatistas porque los montajes soberanistas, articulados en torno a la manipulación histórica, la descarada patraña estadística y el irresponsable salto en el vacío tienen siempre las patas cortas y la cabeza en las nubes. Tampoco sorprende que los pequeños partidos crezcan porque son los lógicos y provisionales beneficiarios de una situación como la actual, aunque carecen de la condición de ser alternativas posibles y fiables de poder. Como los nacionalistas, no tienen más porvenir que, llegado el caso, negociar su apoyo a los más grandes, a cambio de alguna ventaja.
Deducir de todo lo anterior que hay un vuelco en el sistema o que se acabaron los parámetros en que no hemos movido en estos años, me parece apresurado. Sucede, sin embargo, que como las próximas elecciones son para el Parlamento Europeo, que muchos ciudadanos no saben todavía para qué sirve y cómo influye en nuestra propia vida política, puede que una parte de los electores vaya a las urnas como si fuera una entrevista “de intención de voto”, de esas a que nos referíamos al principio. Esa actitud y el hecho de que sean unas elecciones con distrito único nacional, puede dar una ventaja a esos pequeños partidos. Falta tiempo, pero, hoy por hoy, no nos parece probable que rompan ningún techo, por encima de las magnitudes que les atribuyen los últimos sondeos.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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